El mensaje espiritual de Teresa de Lisieux - Alfa y Omega

El mensaje espiritual de Teresa de Lisieux

Colaborador
Teresa con sus hermanas del carmelo, en 1894

Teresa siempre quiso ser una gran santa. Desde bien niña. A la edad de 15 años entra en el Carmelo, perdidamente enamorada de Jesús y con una sola ilusión, casi casi una pesadilla: llegar a ser una gran santa. Dos meses más tarde, escribe a su padre: «Trataré de labrar tu gloria haciéndome una gran santa». Es como un estribillo que se repite insistentemente en las cartas de estos primeros años de su vida religiosa. Y pone manos a la obra con toda el alma. Quiere serlo a fuerza de brazos. Quiere subir, cueste lo que cueste, hasta la cumbre de la montaña de la perfección evangélica. La santidad es una conquista. «Hay que conquistarla a punta de espada», le dice a su hermana Celina. «Mira cómo trabajan los comerciantes para ganar dinero —le recuerda a su hermana María, monja como ella—. Y nosotras podemos acumular tesoros para el cielo a cada instante». Y se entrega en cuerpo y alma a hacerse santa.

Mas, poco a poco, la realidad se va abriendo camino. Pasan los años, y se da cuenta de que no lo consigue. Cuanto más se compara con los grandes santos, más pequeña se ve a sí misma. Por ese camino —por el de sus solas fuerzas— nunca lo conseguirá. Ella es demasiado pequeña, demasiado poca cosa. ¿Cederá al desaliento? ¿Interrumpirá la escalada? De ninguna manera. Seguirá buscando…

Y un día de finales de 1894 —a las puertas de cumplir 22 años, menos de tres años antes de su muerte—, se hace de pronto la luz. Poco antes, su hermana Celina había entrado en el carmelo de Lisieux y había traído con ella un cuaderno en el que había copiado una serie de textos del Antiguo Testamento. Y Teresa los devora con auténtica pasión. Y dos de esos textos la hacen estremecerse de emoción. Uno de ellos es del libro de los Proverbios: «El que sea pequeñito —pequeñito: así lo lee Teresa—, que venga a mí» (Prov. 9, 4). El otro, de Isaías 66, 12-13: «Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo; os llevaré en mis brazos y sobre mis rodillas os acariciaré».

¡Ya no necesita buscar más! «Nunca palabras más tiernas ni más melodiosas alegraron mi alma». Para ser una gran santa, no tiene que dejar de ser pequeña. El Reino de los cielos ¡es de los pequeños! María de Nazaret será grande porque Dios se ha fijado en su pequeñez… ¡¡¡Evangelio puro!!! Hacerse pequeña, cada vez más pequeña, cada vez más poca cosa. «Lo que a Dios le agrada es verme amar mi pequeñez, es la esperanza ciega que tengo en su misericordia. Éste es mi único tesoro».

Ya no se trata de amar ella a Dios con locura, sino de dejarse amar por la locura de Jesús. Todo seguirá igual, pero todo ha cambiado, la perspectiva se ha invertido: si antes era un YO-a-ti, ahora es un TÚ-a-mí; si antes era un MI-amor-me-hará-santa, ahora es TU-amor-me-hará-santa. Teresa seguirá haciendo las cosas normales y corrientes de cada día, seguirá amando con exquisitez a sus hermanas, seguirá abrazada al sufrimiento, seguirá demostrándole a Jesús que está loca de amor por él. Pero ya todo es distinto: ni siquiera pensará en demostrarle a Jesús que lo ama: simplemente amará. «Si, por un imposible, ni el mismo Dios viese mis buenas acciones -dirá en su lecho de enferma terminal-, no me afligiría por ello lo más mínimo. Le amo tanto, que quisiera darle gusto sin que Él mismo supiese que soy yo».

¡Cómo ha cambiado todo! Se acabó la visión mercantilista, y reina la gratuidad. Si antes predominaba la tensión, ahora todo es ya confianza. Dios es ya todo corazón. Ya ni el mismo pecado podrá alejarla de Sus brazos ni ser obstáculo para la santidad: aunque cometiese los mayores crímenes que puedan cometerse, seguiría teniendo la misma confianza: Sé que serían como una gota de agua arrojada en una hoguera encendida. El Dios de Teresa, para el pecador, se llama ya Misericordia.

Teresa ha encontrado, al fin, un camino seguro para ser santa. El camino de la infancia espiritual. «Un caminito muy recto, muy corto y totalmente nuevo. Ese camino es el del abandono de niñito que se duerme confiado en los brazos de su Padre; es volar hacia el Sol del Amor con las propias alas del Águila divina». Es subir a la montaña de la santidad en ese ascensor que son los brazos de Jesús.

Manuel Ordóñez Villarroel, carmelita