Heridas que sanan al tocar el Cuerpo de Cristo - Alfa y Omega

Heridas que sanan al tocar el Cuerpo de Cristo

«¿Van a pensar de mí que soy un puritano, un santurrón, por haber encontrado algo realmente significativo en mi vida? Que piensen lo que quieran, yo no puedo controlar eso»: así habla Dan en el video Deseo de Los Collados Eternos (Desire of the Everlasting Hills), de la plataforma Courage, un apostolado con origen en Estados Unidos para ayudar a personas que manifiestan atracción hacia el mismo sexo (AMS). «Todos tenemos una profunda necesidad de amor y la encontramos donde podemos»

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo

No se trata un video triunfalista de conversión al uso, sino un testimonio que permite a quien lo ve comprender las heridas que arrastran muchas personas, y comprobar cómo estas heridas sanan al contacto con el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

La historia de Paul

Paul fue modelo internacional, y vivió el estilo de vida de sexo, drogas y música disco en los años 70 en Nueva York. Llevaba una vida abiertamente gay y le gustaba practicar cruising: buscar hombres desconocidos en lugares públicos para tener sexo. Un día quiso practicarlo en Roma, donde se encontraba de viaje de negocios, y en su guía gay de Roma le recomendaban los alrededores del Coliseo para poder conocer hombres. «Llegué allí con la intención de pasar una hermosa noche en Roma y me encontré con un montón de gente –dice Paul–. De repente, delante de mí me encontré con una imagen que me cuesta describir: ahí estaba Juan Pablo II con una cruz enorme. Me había olvidado de que era Viernes Santo. Cuando vi a ese hombre llevando la cruz, desapareció mi libido y dejé de intentar hacer lo que estaba buscando. Sin embargo, horas después me puse a buscar a mi italiano perfecto para esa noche…».

Llegaron los tiempos del sida, y Paul recuerda que «el 90 % de las personas con las que me relacionaba en aquellos años contrajeron sida y murieron». Hasta que un día apareció haciendo zapping en la tele la Madre Angélica, «la monja pirata, me reí, porque tenía un parche en el ojo y la cara distorsionada por un derrame cerebral». Pero escucharla día tras día le cambió la vida, hasta que un día decidió ir a una iglesia. Y volvió otro día. Y volvió a ir. Hasta que un día decidió entrar en el confesionario: «“Padre he roto los Diez Mandamientos”, le dije al sacerdote, pero ni siquiera recordaba cuáles eran. Me sentía mal no por mi sexualidad o por mi homosexualidad, sino por la cantidad de décadas en las que había estado viviendo para mí, solo para mí, a expensas de los demás. El sacerdote no me dijo nada negativo, sino que me animó y me dijo que solo Dios pudo hacerme volver».

Hoy Paul reconoce que «toda la euforia que sentía en las fiestas en los rascacielos de Nueva York palidece ante la alegría que me da el recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Comunión».

La historia de Rilene

«Vengo de una familia católica. Era muy religiosa de pequeña. En mi adolescencia quería ser amada por un hombre, pero con el tiempo me sentía muy frustrada. No podía entenderlo, no sabía lo que estaba mal, pero nadie me invitaba a salir. En una fiesta una chica se me acercó, y al principio la alejé. Pero al cabo de un tiempo empecé a pensar: «Quizá es esto lo que soy. Tal vez ella ve algo en mí que yo no reconozco. A lo mejor es por esto por lo que nadie me invita a salir. Quizá soy lesbiana». Más tarde conocí a otra mujer y estuvimos juntas 25 años. Ella me deseaba, y yo necesitaba que alguien me deseara», reconoce Rilene en el video.

Un cambio de trabajo, una mala racha y una conversación con un terapeuta católico le animaron a colarse en una iglesia un domingo. Al ver a la gente ir a comulgar sintió «la urgencia de ir a recibir la Comunión», lo que fue «el deseo más fuerte que probablemente he tenido en mi vida». Y poco más tarde, 35 años después de hacerlo por última vez, se confesó.

Hoy dice que «todos tenemos una profunda necesidad de amor y la encontramos donde podemos». Y tras volver de nuevo a la Iglesia, reconoce: «Hoy estoy a salvo, estoy en casa».

La historia de Dan

Cuando era joven, para Dan la homosexualidad «era un tema intocable, era mejor ser un leproso que sentir atracción por los hombres». Pero él tenía «una gran necesidad de conectar con alguien», y debido a esta necesidad pasó «por momentos en los que morir no me parecía tan malo».

Dan recuerda: «Empecé a rezar con urgencia y sin cesar para que esas atracciones desaparecieran… pero no lo hicieron. Y pensé: “Si este es el amor de Dios por mí, yo no quiero saber nada de Él”. Elegí darle la espalda a Dios. Al cabo de un tiempo, cada vez que pasaba al lado de una iglesia le hacía una “peineta”. Dios era un mentiroso, y quería que muriera. Fui tan lejos como pude: busqué un hombre para tener relaciones con Él, y las tuve. Fue poco memorable, y después solo sentí mucha culpa y vergüenza. Yo solo quería alguien a quien llamar cuando algo iba mal. Alguien a quien cuidar y que cuidara también de mí».

Tras pasar por varias relaciones y por un camino de vuelta a la Iglesia, Dan dice: «No quiero volver atrás, pero tampoco quiero reescribir mi pasado. Hoy me maravillo de lo bueno que es Dios».

Para ver el video pulse AQUÍ