Alfa y Omega > Nº 022 / 4-V-1996 > En portada
9 de mayo: la hora de Europa

El tiempo, ese gran escultor -como bellamente enuncia Marguerite Yourcenar-, parece haberse puesto a trabajar en el taller de la historia para modelar una efigie de Europa que responda de forma adecuada a los apremios de la época. La Europa año cero de 1945 marca un hito temporal a partir del cual es posible comenzar a sumar valores (en sentido material, sobre todo, moral), de tal forma que esta suma, pasado un tiempo, pudiese convertir la división de Europa en su multiplicación.
El 9 de mayo de 1950 se ajustó la hora de Europa. El relojero fue Robert Schumann, uno de sus padres fundadores, quien, en la Sala de Relojes del Ministerio de Asuntos Exteriores francés, puso en marcha la maquinaria que hoy conocemos como Unión Europea. Su gesto hizo posible que los europeos, en lugar de restar y dividir, se acostumbrasen a sumar y a multiplicar.
La primera cifra de la Europa unida fue el dos inicial, suma del par enfrentado que fueron Alemania y Francia. Este luxemburgués excepcional que fue Robert Schumann, había realizado estudios superiores en Berlín, Munich, Bonn y Estrasburgo. Ciudadano francés desde el fin de la Primera Guerra Mundial -siendo diputado conservador, primero, y demócrata cristiano, después, en la Asamblea Nacional francesa en representación de Lorena-, era un típico frontalier, hombre de frontera: es decir, encarnación de un espíritu de concordia y fraternidad; hombre capaz de situarse siempre en el lugar del otro y abrirle su corazón y su entendimiento. La Europa unida que él puso en hora era cristiana en su dimensión más genuina: solidaria, laboriosa, siempre dispuesta al entendimiento y al perdón. Empleó su creatividad y su energía en sentar las bases más sólidas de la construcción europea sobre el primer peldaño que suponía la reconciliación franco-alemana.
Un dos casi mágico
Ese dos casi mágico que marcó el nacimiento de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), que unía el mineral de hierro de la Lorena con el carbón del Ruhr, pasó en cinco años a sumar los seis Estados del Mercado Común mediante los Tratados de Roma, signados el 25 de marzo de 1957, festividad de la Anunciación. En sí, el simbolismo de tal fecha parece insistir en el «acento puesto sobre el misterio de la Encarnación» que representa, como señala Luis Díez del Corral, una «clave para comprender el dinamismo de la cultura europa, su afán de realización, así como su propensión caritativa de entrega al prójimo».
La Europa de los Diez y de los Doce ha dado paso a la actual, formada por quince Estados, una constelación coherente que simboliza las doce estrellas de gules sobre fondo azul: la enseña de Europa es un compendio de armonía cromática y de sabiduría espiritual. «Para el cristiano -afirma Henri Brugmans- toda barrera que separe a los seres humanos de sus semejantes, barrera que no les "distingue" sino que les "opone" entre sí, debe ser derribada».
Schumann apostaba -el 9 de mayo de 1950- por una Europa organizada y viva, construida mediante realizaciones concretas, fundadas en la solidez que sólo proporciona una solidaridad de hecho. De igual modo cooperan, cuarenta y seis años más tarde, dos europeos de corazón, Marcelino Oreja Aguirre y Alberto Ruiz Gallardón, al firmar, el próximo 9 de mayo, día de Europa, el acuerdo que une a las dos Comunidades Europeas que ambos representan: la Comisión europea y la Comunidad de Madrid. La Europa comunitaria abraza con este gesto a una de las regiones de Europa. Los círculos concéntricos de Europa se estrechan mediante lazos comunes. Así, las dos banderas -europea y madrileña- ondean recortadas contra el cielo de Madrid: estrellas de plata y oro, sobre campos rojos como las amapolas y azules como el propio cielo de mayo. En plena Puerta del Sol, en las praderas de San Isidro, ante las puertas de la Moncloa, suena la hora de Europa, que, un 9 de mayo, es también la hora de Madrid. Que repiquen las campanas.
Isabel de la Mora