Alfa y Omega > Nº 022 / 4-V-1996 > Iglesia en Madrid
Hoy, diez nuevos sacerdotes se ordenan en Madrid
A las 6.00 de esta tarde, el arzobispo de Madrid ordenará presbíteros, en la catedral de la Almudena, a diez diáconos de la diócesis. Uno de ellos testimonia así sus sentimientos en un momento tan importante de su vida: «Ésta es la certeza de mi vida; Él me ama»
Te pedimos, Padre todopoderoso,
que confieras a estos siervos tuyos
la dignidad del presbiterado;
renueva en sus corazones
el Espíritu de santidad;
reciban de ti el sacerdocio
de segundo grado y sean,
con su conducta, ejemplo de vida.
Sean sinceros colaboradores
del Orden Episcopal,
para que la palabra del Evangelio
llegue a toda la tierra,
y todos los pueblos,
congregados en Cristo,
formen el pueblo santo de Dios.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios por los siglos
de los siglos.
Amén.
Dios se ha hecho familiar al hombre. Que Dios se haya hecho hombre, Jesucristo, quiere decir que Dios se ha hecho familiar a mí; su modo de relacionarse con mi vida, y de colmar aquel deseo de felicidad que, creándome, me ha dado, se expresa en una familiaridad que se puede experimentar: yo soy conducido, iluminado, sostenido, perdonado, soy objeto de misericordia, soy abrazado como por un padre y una madre, como por una esposa o por un esposo, como quien abraza al amigo de corazón.
Esta verdad se ha hecho evidente por Su intervención en mi vida, porque Él se ha manifestado en mi vida. Primero, a través del cuidado y del afecto de mis padres, que han sido un signo de Su ternura por mí, de Su cuidado amoroso para que yo le reconociera; cuando Él les llamó a su presencia hace ocho años, me «forzó» a reconocer de forma cruda y apasionada cuál es la ley de la vida: «Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos. En la vida y en la muerte somos del Señor; para esto murió y resucitó Cristo, para ser Señor de vivos y muertos». Este señorío de Cristo y su presencia hoy -aquí y ahora, dentro de la gran familia en la que mis padres me insertaron, la Iglesia, el Cuerpo de Cristo- es la compañía que me permite caminar sin miedo en mi camino hacia el Destino, con esta tarea (misión) que hoy he recibido al haber sido elegido para este ministerio.
Hoy, por pura misericordia, he sido elegido y consagrado por Cristo a través de la elección y consagración por mi Obispo, para que Él pueda seguir actuando como actuaba hace dos mil años; para que la gente pueda reconocerlo presente y activo en el tiempo y en el espacio, como lo que es: la misericordia de Dios hecho hombre, el único que sacia el deseo de felicidad con el que hemos sido creados.
Hoy, mi corazón es la celda de la gratitud y la alegría.
Emilio Pérez
Hoy ordenan a mi hermano
Por fin, tras largos años de trabajo, de esperanzas, de ilusión, ha llegado el día. Todos nosotros lo sabíamos, lo esperábamos, lo temíamos.
A mi mente llegan tantos momentos vividos en familia que, sin poderlo remediar, la añoranza me invade. Recuerdo aquel niñito que jugaba, siempre nervioso, revoloteando entre nosotros y agarrado a los mimos de mamá. Ese niño hoy ya no existe, aunque en el fondo de ti perdura un poco, a Dios gracias. Me asalta una inquietud al verte acercarte a Dios, con tus nervios y tu calma, con toda esa alegría, con tan grande ilusión; ahora es cuando te nos marchas.
En realidad tu vida, tu auténtica vida, empieza ahora. Ahora es cuando empieza el peso de vivirla, es hoy cuando el milagro, el gran milagro que hizo Dios al hacer que oyeras su llamada, comienza a hacerse realidad en ti. La alegría, la satisfacción que irradias nos invade a todos, y todos, al mirarte, nos sentimos un poco más cerca de Dios.
¡Que seas feliz, muy feliz, en ese camino tan precioso que has elegido!
Beatriz Hernández Arcediano
Recordatorio de la primera Misa de uno
de los nuevos sacerdotes
Una madre, ante la ordenación de su hijo
Soy la madre de Roberto Rey, uno de los diáconos que serán ordenados sacerdotes este sábado, en la catedral de la Almudena.
Con este testimonio, intento animar a todos aquellos padres que no dan excesivas facilidades para que sus hijos libremente puedan escoger el camino de entrega que supone el sacerdocio.
Ciertamente, cuando un hijo te dice que quiere ser sacerdote, al principio da miedo, no por que tu hijo elija ese camino, sino que ese miedo surge por la incertidumbre de si va a ser feliz. Esa primera frase se pasa en pocos días, en cuanto ves que tu hijo está más contento que nadie, y el miedo que tú tienes no lo tiene él. Aquí llega el momento de ayudarle, para que esa felicidad que él tiene la conserve. Además es una felicidad contagiosa, que invade a toda la familia, y que abre una nueva visión de entrega a Cristo que últimamente estaba en desuso.
Con esto quiero decir que tener un hijo sacerdote es un regalo de Dios. Por lo tanto, nosotros, los padres, no debemos poner barreras a nuestros hijos cuando nos expresen -si se tiene esa suerte- su vocación, sino hacerle ver que lo que él elige es una gracia que le ha dado Dios.
Pepita Juárez
Habla el padre de un nuevo sacerdote
«Mi ejemplo ha sido san José»
La familia numerosa de un nuevo sacerdote
En los casos transcendentes, el padre, para cumplir su misión familiar, siempre puede aprender de la que desempeñó san José dentro de la familia ejemplar, la Sagrada Familia.
Podemos esforzarnos en imitar su actitud humana para cumplir los designios de Dios sobre su Familia. Especialmente, podemos considerar su obediencia, su silencio, su entrega activa y eficaz a ese cumplimiento; virtudes, todas ellas, humanas que hablan de la solidez con que se ejercitó en las cuatro grandes virtudes cardinales.
Los padres de familia debiéramos quizá meditar y profundizar más en el ejemplo de tan glorioso santo, y adquirir esos hábitos virtuosos fundamentales que, llegada la ocasión, podemos necesitar. Y hay pocas ocasiones como el momento en que se presenta un hijo ante sus padres para manifestarles la decisión que ha tomado de seguir la vocación de Dios al sacerdocio.
Si siempre son inquietantes para el padre las manifestaciones del hijo sobre la elección de su estado de vida, en el caso del sacerdocio la sensación de acercamiento del Todopoderoso a nuestra familia y, más aún, el paso del Señor por en medio de ella, son todavía más inquietantes. Se derrumba y rompe cualquier esquema, previo o no, de afrontamiento de ese suceso. Y al mismo tiempo, una humilde confusión recorre la cabeza, y un gran escalofrío todo el cuerpo. Es, efectivamente, el Señor que pasa.
Y no hay más que, a ejemplo de san José, obediencia, silencio y la colaboración que corresponda...
En adelante, nada será ya de la misma manera para el padre; aunque «las cosas sigan siendo iguales». Y si cae en la trampa de esas cosas de todos los días, esas caídas las sentirá con una responsabilidad añadida; cualquier cosa la verá ahora también bajo el aspecto de su condición de padre del sacerdote. Necesitará, pues, en todos los casos más ayuda de Dios. Pero sabe que la podrá tener porque sabe que Dios, el Todopoderoso, el Señor que pasa, es Padre.
Juan-Lorenzo de Navascués y de Palacio