Alfa y Omega > Nº 022 / 4-V-1996 > Raíces
El más europeo de los caminos
«Y mirando Carlos al cielo vio un camino de estrellas que comenzaba sobre el mar de Frisia e iba sobre Alemania e Italia, y Francia, y Aquitania, y derechamente por medio de Gascuña y de Navarra, y por España adelante, y a finar en aquel lugar de Galicia donde el cuerpo del Apóstol Jacobo yacía escondido» (Códice Calixtino)
Antigua calzada romana del Camino primero; la misma estrella en el cielo de Aquisgrán que en Iria Flavia
Gentes de Londres y Maguncia, del Rhin y de Varsovia, venecianos y croatas, mercaderes flamencos y príncipes de Aquitania han hecho el camino, a pie, el más europeo de los caminos: Roncesvalles, Puente la Reina, Estella, Nájera, Santo Domingo de la Calzada, Silos, Burgos, Frómista, Sahagún, León, Astorga, Ponferrada, Lugo, Santiago... son otras tantas estrellas de cultura, de románico, de leyenda, de religión, de historia y de humanidad.
Desde Somport (Summo Portu) hasta el Cebreiro, desde los cruceiros y hospitales castellanos hasta los humilladeiros de la Galicia eterna y viva, una corriente fabulosa de vida sigue siendo -¡loada sea santa María!- este Camino con mayúscula, cuya puerta mayor no habría sido tallada en piedra viva si un pescador de Galilea, hace 2.000 años, no hubiera seguido a Jesús de Nazaret dejando barca y redes.
Todos los caminos llevan a Santiago, como a Roma. Muchos hicieron el viaje por mar, desembarcando en los puertos cantábricos o gallegos. Otros por tierra. Una vez franqueado el Pirineo, el peregrino iba hacia el oeste siguiendo la dirección que le marcaba la Vía Láctea -no había más autopista señalada que aquella- llamada en España, precisamente, Camino de Santiago. Hay que haber hecho a pie el camino para entender lo que significó. Para muchos, su vida fue el Camino de Santiago. El Códice Calixtino refiere así el fin del trayecto: «Coros de peregrinos, agrupados por nacionalidades, unidos para una mejor ayuda y defensa, en caso de peligro, avistan, desde el Monte del Gozo, Compostela. Entonan cánticos al son de los tímpanos, las flautas, violas y chirimías. Unos lloran sus pecados, otros leen salmos, otros dan limosna a los necesiatados. Llegan a la catedral. Entran, salen, lloran, presentan sus dones. Quien se acerca triste, se retira alegre. Las puertas de la basílica están constantemente abiertas. Por allí pasan los pobres y los felices, caballeros y peones, ciegos y mancos, nobles y próceres, prelados y abades. El incienso del botafumeiro llena las naves de la catedral. Los hay que llegan con grillos y cadenas, que fueron librados por la virtud del Apóstol. Todos albergan la llama de fe en sus pechos y una plegaria ferviente sale de sus labios».
Miguel Ángel Velasco
«No se entiende por peregrino sino aquel que va o vuelve a pie, a la tumba de Santiago» (Dante Alighieri)