Alfa y Omega > Nº 158 / 25-III-1999 > Día del Señor
Domingo de Ramos
Ocurre ahora


Jesús condenado por el Sanedrín.
Evangelio de Gladzor (a.1300-1307)
Quedan atrás tantos recodos del camino en los que Jesús pasó haciendo el bien. Sus encuentros con la gente, brindando sus gozos como en Caná, llorando sus sufrimientos como en Betania: curando dolencias, iluminando oscuridades, saciando hambres; airándose contra los comerciantes del templo y contra los fariseos de siempre. Jesús que bendice, que enseña, que reza, que cura, que libera... Ahora es el momento último y final de este drama humano y divino. A él nos asomamos en el domingo de Ramos con el relato de la Pasión que escucharemos en el Evangelio. Es muy importante ver en este drama de la Pasión de Jesús no tanto lo que ocurrió hace veinte siglos, sino lo que ha ocurrido siempre, entonces y ahora, con aquellos y con todos los que hemos ido viniendo después al escenario de la Historia.
Ahí estamos nosotros. Una veces gritando hosanas al Señor, y otras crucificándolo de mil maneras; unas veces cortaremos hasta la oreja del que ose tocar a nuestro Señor, y otras le ignoraremos hasta el perjurio en la fuga más cobarde, como hizo Pedro; unas veces le traicionaremos con un beso envenenado como hizo Judas, o con una aséptica tolerancia que necesita lavar la imborrable culpabilidad de sus manos cómplices, como hizo Pilato; unas veces seremos fieles tristemente, haciéndonos solidarios de una causa perdida, como María Magdalena; otras lo seremos con la serenidad de una fe que cree y espera una palabra más allá de la muerte, como María la Madre.
Ése es nuestro drama, ahí nuestra historia. Con la Iglesia, con todos los cristianos, nos disponemos a revivir, y a no olvidar, el memorial del amor con el que Jesús nos abrazó hasta hacernos nuevos, devolviéndonos la posibilidad de ser humanos y felices. Ésta es la Semana Santa cristiana, tan distante de la semanasanta del turismo y del relax.
+ Jesús Sanz Montes, ofm
Evangelio
Lecturas de la Misa : Isaías 50, 4-7; Filipenses 2, 6-11
En aquel tiempo, los sumos sacerdotes y el Consejo en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban. Comparecieron dos que declararon:
Éste ha dicho: «Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días». El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo: ¿No tienes nada que responder?
Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo: Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios. Jesús le respondió: Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: desde ahora veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo: Ha blasflemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís? Y ellos contestaron: Es reo de muerte. Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon.
Jesús fue llevado ante el Gobernador, que le preguntó: ¿Eres tú el rey de los judios? Jesús respondió: Tú lo dices.
Por la fiesta, el Gobernador solía soltar un preso, el que la gente quiera. Tenía un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato:¿A quién queréis que os suelte? Ellos dijeron: A Barrabás. Pilato les preguntó: ¿Y que hago con Jesús, llamado el Mesías? Contestaron: ¡Que lo crucifiquen! Pilato insistió: Pues ¿qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban más fuerte: ¡Que lo crucifiquen! Al ver Pilato que todo era inútil, tomó agua y se lavó las manos, diciendo: Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros! Y el pueblo entero contestó: ¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!
Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
Mateo 26, 14-27,66
Padre rico en misericordia
Lo ocurrido en la relación del padre con el hijo, en la parábola de Cristo, no se puede valorar desde fuera. Nuestros prejuicios en torno al tema de la misericordia son el resultado de una valoración exterior. A veces percibimos en la misericordia una relación de desigualdad entre el que la ofrece y el que la recibe. Estamos dispuestos a deducir que difama a quien la recibe y ofende la dignidad del hombre. La parábola del hijo pródigo demuestra cuán diversa es la realidad: la relación de misericordia se funda en la común experiencia de aquel bien que es el hombre, de la dignidad que le es propia. El padre parece olvidarse de todo el mal que el hijo había cometido. La misericordia se manifiesta como prueba creadora del amor que no se deja vencer por el mal, sino que vence al mal con el bien.
Juan Pablo II (Dives in misericordia, n.6)
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