Alfa y Omega > Nº 158 / 25-III-1999 > Desde la fe > Punto de vista
Punto de vista
Los dolores de la Virgen
El Viernes Santo celebraremos la muerte del Señor, veneraremos la cruz redentora, proclamaremos el Evangelio de su dolorosa Pasión, recordaremos su Vía Crucis. Pero también se puede celebrar el Vía Matris, contemplando en la cumbre del Calvario, junto a la cruz del Hijo, a la Madre dolorosa.
Al dolor de Cristo, que es el gran mártir del Gólgota, se asocia el dolor de María, su sufrimiento denso y agudo, que la constituye ya para siempre en la Reina de los mártires. Nadie como Ella ha podido exclamar: ¡Mirad a ver si hay dolor semejante al mío!
La Virgen de la Pasión y del Calvario es verdaderamente la dolorosa, la desolada, la mujer del gran dolor, la que ha sido probada en la gran tribulación. Por eso la acompañamos en su soledad y la veneramos en sus angustias y la invocamos en su compasión.
Del mismo modo que decimos: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo unigénito, podemos decir de la madre Virgen: de tal modo amó a los hombres, que no se separó de los tormentos y de la muerte de su Hijo.
Son conmovedoras e interpelantes las siete estaciones de su Vía Matris, las siete espadas invisibles, que llevó siempre clavadas en el corazón. Es verdad que en el cuerpo virginal de María no hubo desgarro de su carne, ni flagelación; ni la lanza del soldado atravesó su costado, ni los clavos la cosieron a la cruz. Pero también es verdad que la Virgen María estuvo clavada de pie, junto a la Cruz del Hijo, aceptando para sí el martirio del Redentor. Por eso es corredentora. Los dolores de la redención se dan en el Hijo y en la Madre. Ese es el martirio de María, tormento de misericordia que desgarra en el amor.
La Hora de María es de honda pena, de gran aflicción, de densa soledad, de infinito dolor. La piedad de unos discípulos del Nazareno escaló la Cruz y amorosamente bajó de ella el cuerpo muerto de Jesús, el Hijo, que vino a caer como fruto sazonado y precioso en el regazo de su afligida Madre. El cuerpo muerto de Jesús no podía tener mejor catafalco para ser depositado que el regazo purísimo de su Madre. ¿Quién no recuerda en este momento esta escena interpelante en La Piedad, de Miguel Ángel? El Jesús florecido con sus besos de madre en Nazaret, es ahora un lirio tronchado en sus brazos virginales, junto a la Cruz desnuda que se recorta en el Calvario.
Contemplemos a la Madre del Señor, sola en su luto, sentada sobre su dolor, desamparada sin el Hijo y constituida desde ese momento en Madre de todos los hombres.
Andrés Pardo
Un buen convenio
Un convenio general de cooperación sobre enseñanza religiosa católica ha sido firmado por el cardenal arzobispo de Madrid y el Presidente de la Comunidad Autónoma. Ambas partes manifiestan su compromiso con el cumplimiento del Acuerdo entre el Estado Español y la Santa Sede sobre Enseñanza y Asuntos Culturales de 1979 y con la Constitución Española de 1978, en lo que concierne a la formación religiosa y moral. Expresan su deseo de establecer cuanto sea necesario para promover la efectividad del derecho que corresponde a los padres de familia a fin de que éstos puedan ejercer su derecho-deber de dar a sus hijos la educación que esté de acuerdo con sus propias convicciones.
El Convenio señala los puntos claves en materia tan básica como la enseñanza de la Religión. Su estatuto jurídico define las exigencias de un área equiparable a las demás asignaturas fundamentales, con su peculiaridad de obligatoria en la oferta de los centros, y voluntaria como opción de los alumnos: organización en los centros, horario, actividades complementarias de formación y asistencia religiosa, textos escolares con dictamen previo favorable de la Jerarquía eclesiástica. La atención al profesorado queda estrictamente definida: designación y nombramiento, titulación, situación económica y relación laboral, incorporación al claustro, formación inicial, permanente y actualizada, etc... Contempla la existencia de profesores de Religión con función asesora técnica, y se aplica también a los Seminarios: su carácter propio, su derecho específico plan de estudios, derecho de sus alumnos a recibir becas de residencia y transporte. Se reconoce el derecho de los centros católicos para acogerse al régimen de conciertos y al de becas y subvenciones, según la legislación vigente, y la posibilidad de suscribir convenios especiales para los centros de educación infantil que atienden a poblaciones marginados. Es un buen convenio.
María Rosa de la Cierva