Alfa y Omega > Nº 158 / 25-III-1999 > Desde la fe > El retablillo
El retablillo
El invierno del retablillo
Solían lanzarse al ancho mundo, pellejoso el zurrón y rezumante el caletre de buenas o malejas historias que contar. Sobre un deslumbrante pollino -con panza y ancas de costra cuarteada-, las albardas con poco pan y pocas habas, y las viejas tablas de su retablo. Y pies para qué os quiero; pues para ir de una aldea a un villorrio, y para salir a la carrera cuando el público hacía visajes de que no -y cuando la cosa está de que no, pues a otro sitio a contar nuestra historia-.
Eran ciegos o tuertos (falsos, y de verdad), cómicos de media legua, alumbrados por Dios o por la necesidad; eran los maeses Pedro de toda época, con su retablo de figurillas o pinturejas que iban acercando su cuentico a la concurrencia. Retablos que no llevaban bajo sus cuarteles historiados la leyenda diario independiente de la mañana. Nadie se oyó que la echara en falta.
Los había, entre esos maestrucos, muy diestros con el soniquete y la batuta, que estremecían no sólo a mocosos o mancebas -tiernas de natural- sino hasta a los más viejos, de vista y de mirada cansada. Y alguno de estos profetas itinerantes valía para cebar el confesonario de penitentes, mejor aún que los predicadores de campanillas que el párroco se agenciaba por Cuaresma.
Todos, creo yo, más o menos hábiles, tenían algo de pícaros, que sin santa picardía es difícil lanzarse a los caminos de Dios. Era una vía, de esas inescrutables, por la que un picaruelo sin tonsura podía resultar útil a los designios de Dios, contando historias de villanos ruines y de doncellas deshonradas, de héroes y de santos, de mártires y de cobardes. Todo, juntando la mayor gloria de Dios y el deleite del auditorio. Además, doy fe, pasando buenos ratos con tan curioso oficio, pues no nos invitó Dios a vida sin consuelo.
El maesillo está a la siembra, no siempre a la siega. El panuestrodecadadía era una acogida desigual: a días, los menos, la aclamación; y, a días, el murmullo ronco del aldeano hacía plegar antes de hora y despedirse sin reverencia. Si no sabes torear, pues eso, a qué te metes.
A los juglarillos les llegaba el invierno, y tenían que buscarse un cobijo contra el cierzo y la tormenta. Era un alto en la marcha, en sitio amigo, para mejor seguir trotando la temporada venidera.
A mí, novicio de juglaría, se me ha hecho invierno en pleno abril; cosas que tiene este negociado de los retablos. Tengo oído de algún cofrade que, cuando le llegó su invierno no quiso descansar, loco él, y siguió cantando su salmodia, exhausto. Desertado de público y de amistades, murió de tristura, sólo consolado por su ángel de la guarda, cumplidor, pero cabreado de tanta insolencia. Los de este mundo de los retablos caminantes tenemos un ángel de la guarda muy solícito, pero que no lleva bien las desobediencias. A mí mi ángel me ha dado con su ala en la mollera, y ya lo conozco bien, sé que es hora de dar descanso a la alpargata, y -rapidito- de recoger las tablas de mi retablo.
En el invierno hay capítulo de nuestra orden de juglares. Capítulo de faltas: Cuando hayáis hecho todo lo que tenéis que hacer, decid: «Siervos inútiles somos». Me toca a mí: Quise hacer lo que debía, soy un siervo inútil.
Con Dios, amigos. Él sabe en qué plaza nos volveremos a ver.
José Antonio Ullate Fabo