Alfa y Omega > Nº 180 / 30-IX-1999 > Raíces
Una obra singular: «Tierra Santa»
Aquí comenzó todo hace 2000 años
Vista de Jerusalén, desde el Monte de los Olivos
Aquí comenzó todo... hace 2000 años es el subtítulo del primer volumen. Y el del segundo indica, precisa y concreta mucho más: Siguiendo los pasos de Jesús. Estos centenares de páginas, espléndidamente editadas por Manuel Celada en EDICEL, Centro Bíblico Católico, y plagadas de gráficos que ilustran y complementan insuperablemente el texto, son fruto de toda una vida, y vida franciscana: la del zamorano padre Félix del Buey, durante años Guardián de San Francisco el Grande, de Madrid. Muy significativamente, a mi entender, ya había escrito antes otro libro, naturalmente dedicado al Poverello de Asís, y naturalmente agotado: El Pobre que repartía amor.
Estas páginas no tendrían razón de ser, sencillamente no se entenderían, sin el amor: el Amor con mayúscula, que es Jesucristo, protagonista único y total de esta obra -Él fue Quien lo comenzó todo en Tierra Santa, hace dos mil años, y sus pasos son los que la obra nos propone seguir-, y el amor con minúscula, pero muy grande, del autor, a quien se ve que, desde hace muchos años, le va la marcha de repartir amor.
Para esta más que oportuna peregrinación a las raíces de nuestra fe, en un Año Jubilar Compostelano y en vísperas del más universal del 2000, el lector, peregrino del tercer milenio, necesita un bagaje interior, indispensable e inconfundible, y una brújula, y una salmodia de cantos graduales que el autor generosamente facilita. El libro, como escribe en un prólogo Fray Giovanni Battistelli, Custodio de Tierra Santa, no cabe en el bolsillo, pero sí en el hogar, para preparar la peregrinación antes de hacerla, y para recordarla después.
Ciertamente es mucho más que una simple guía para tan singular Camino. Cualquiera que evoque el Éxodo de Israel recordará la antiquísima canción del salmista peregrino: ¡Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor! Este libro nos lleva a la casa del Señor. A nadie que haya sentido en su interior el gozo misterioso de la Resurrección de Cristo, vencedor de la muerte, se le olvida el estupor de los dos caminantes de Emaús: ¿No ardía nuestro corazón a lo largo del camino? Quédate con nosotros, Señor, que anochece. Anochece de muchas maneras trágicas, absurdas, incomprensibles en nuestro mundo de 1999, en el que tantos creen estar de vuelta sin siquiera haber ido a donde hay que ir.
En cada recodo de este camino está el Señor, Jesús. Y María, su Madre. Y José, y el Bautista, y los Doce: están minuciosamente descritos, con la sencillez de la peregrina galaica Egeria, allá por el siglo IV, los lugares santos evangélicos, y los hebreos, y los islámicos: en los textos, y en los restos, hablan la fe y el amor: en el desierto de Judea y en el oasis de Jericó, en el lago de Genesareth, con sus San Peter's fishes, y en el monte de las Bienaventuranzas, en el Jordán y en Emaús, en las cuevas de Belén y en las calles de Nazareth, de Caná, de Betania..., en el juego del tres en raya que entretenía a los legionarios romanos y en la casa de Pedro, en la piscina de Siloé y en la roca agrietada del Calvario, en el patio de la flagelación, en el Cenáculo y en el Santo Sepulcro donde Cristo resucitó...
A alguien puede parecerle -hay mucho despistado que se cree eso del total, ¿qué más da?- que es como ir a Tombuctú, o a Cancún, a Miami o al Caribe; pero, claro, no. Ni siquiera como ir a Roma o Compostela. Es más. Más raíz, por mucha Coca-Cola que anuncien en la Vía Dolorosa.
Miguel Ángel Velasco