Alfa y Omega > Nº 180 / 30-IX-1999 > Contraportada
4 de octubre: San Francisco de Asís
Cuando se ven las cosas al revés...
El texto que abre esta página está tomado de la magnífica obra de Gilbert K. Cherteston San Francisco de Asís (Editorial Juventud); los otros tres, y la ilustración, pertenecen al espléndido libro, que acaba de editar Palabra, El mensaje de san Francisco, espléndidamente ilustrado con frescos de la basílica superior de San Francisco, de Asís, atribuidos a Giotto, y que recoge escritos del santo, de su Regla, y de san Buenaventura. Todos los derechos de este libro se destinarán al trabajo de restauración de la basílica tras los efectos del terremoto que sacudió Asís
La expulsión de los demonios
de Arezzo.
Fresco de la basílica superior
de Asís, atribuida a Giotto
En nuestra infancia solían contarnos que si un hombre practicase un agujero en la tierra y fuera bajando por él, llegaría un momento, en el centro de la tierra, en que le parecería estar subiendo. No sé si esto es cosa cierta; si ignoro las sensaciones de esta inversión es porque no he podido experimentarla nunca. No podemos seguir a san Francisco hasta aquel trastorno espiritual en que la humillación completa se convierte en completa felicidad y bienaventuranza, porque nunca lo hemos experimentado. Sea como fuere, su caso tiene cierta analogía con el cuento del hombre del túnel vertical, en cuanto se trata de un hombre que anda bajando, hasta que, en determinado momento misterioso, empieza a subir. Si un hombre viese el mundo al revés, con todos los árboles y las torres colgando invertidos como en un estanque, el efecto obtenido acentuaría la idea de dependencia. Y en ello hay una relación latina y literal; porque la palabra depender no significa sino colgar. Sería imagen viva del texto de la Escritura en el que se dice que Dios suspendió el mundo en la nada. Si san Francisco hubiese visto, en uno de sus sueños singulares, la ciudad de Asís invertida, no era necesario que difiriese de sí misma en ningún detalle, sino sólo en verse por completo de otro lado. Pero he aquí lo esencial; mientras para la vista normal las grandes piedras de sus murallas y los macizos fundamentos de su elevada ciudadela y de sus torreones parecerían darle mayor seguridad y firmeza, al invertir todo aquello, su propio peso lo hará aparecer más débil y en peligro mayor.
Esto no es sino un símbolo, pero explica un hecho psicológico. San Francisco pudo amar entonces a su pequeña ciudad tanto como antes, o más; pero la naturaleza de su amor debió de alterarse, aunque el amor se acrecentase. Pudo amar cada teja de los altos tejados, o cada pájaro que veía en las almenas; pero debió de verlo todo bajo una luz nueva y divina de eterno peligro y dependencia. En vez de sentirse, simplemente, orgulloso de su poderosa ciudad porque era imposible conmoverla, debía agradecer al Dios omnipotente que no la soltara en el vacío; debía agradecer a Dios que no soltara el cosmos entero, como un inmenso cristal, para convertirlo en lluvia de estrellas. Acaso san Pedro viera el mundo de este modo cuando le crucificaron cabeza abajo.
G. K. Cherteston
La expulsión de los demonios de Arezzo
Sucedió que, cierta ocasión, llegó Francisco a Arezzo cuando toda la ciudad se hallaba agitada por unas luchas internas tan espantosas que amenazaban con destruirla. Alojado en un suburbio, vio sobre la ciudad unos demonios que daban brincos de alegría y azuzaban los ánimos perturbados de los ciudadanos para que se matasen unos a otros. Con el fin de ahuyentarlos, envió delante de sí -como mensajero- al hermano Silvestre, diciéndole: Marcha a las puertas de la ciudad y, de parte de Dios omnipotente, manda a los demonios, por santa obediencia, que salgan inmediatamente de allí. Silvestre era un hombre auténticomente obediente e hizo lo que se le dijo. Al punto quedó apaciguada la ciudad, y sus habitantes, en medio de una gran serenidad, volvieron a respetar mutuamente sus derechos cívicos. Expulsada, pues, la furiosa soberbia de los demonios por intervención de la sabiduría de un pobre, es decir, de la humildad de Francisco, tornó la paz y se salvó la ciudad.
San Buenaventura,
Leyenda Mayor de San Francisco
Negocios y cuidados
El demonio quiere cegar, por medio de negocios y cuidados seculares, el corazón del hombre, y habitar en él. Por eso, pues, todos los hermanos estemos muy vigilantes, no sea que, so pretexto de alguna merced, o quehacer, o favor, perdamos o apartemos del Señor nuestra mente y nuestro corazón.
Regla de 1221, cap. XXII
El amor verdadero
Dichoso el siervo que ama a su hermano tanto cuando está enfermo y no puede corresponderle como cuando está sano y puede corresponderle. Dichoso el siervo que ama y respeta a su hermano tanto cuando está lejos de él como cuando está con él, y no dice a sus espaldas nada que no pueda decir con caridad delante de él.
Admoniciones, XIIIV-XXV