Alfa y Omega > Nº 181 / 7-X-1999 > Día del Señor
XXVIII Domingo del tiempo ordinario
Tú también estás invitado


San Francisco da su capa a un pobre. Giotto.
Basílica superior de San Francisco, Asís

Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?

Nada de extraordinario ni complicado se requiere para el banquete del Reino de Dios, tan sólo te pide que te dejes revestir del traje de los agraciados. Deja que tus harapos sean transformados en un traje de dignidad, de boda. Déjate revestir gratuitamente del don del Espíritu; recibirás así el traje de la sencillez, la mirada del niño que levanta sus ojos al cielo, las manos juntas del que se fía, un corazón mendigo lleno de agradecimiento... ¡Él quiere hacerlo en ti!

Alguien, fascinado por el traje de los sencillos, se enamoró de la belleza de Dios: «Mi hermana recitaba las oraciones, ¡demasiado largas para los niños! -un cuarto de hora-. Poco a poco iba aumentando en velocidad, embrollándose, abreviando, hasta que mi padre le decía: Vuelve a empezar. Y yo así aprendía que hace falta hablar con Dios despacio, seria y delicadamente. Cómo me acuerdo de la postura de mi padre. Él, que por sus trabajos en el campo siempre estaba cansado, después de cenar se arrodillaba, los codos sobre una silla, la frente entre sus manos, sin mirar a sus hijos, sin un movimiento, sin toser, sin impacientarse. Y yo pensaba: Mi padre que es tan valiente, que manda en casa y entiende a los dos grandes bueyes, que es insensible ante la mala suerte y no se inmuta ante el alcalde, ahora se hace un niño pequeño ante Dios. ¡Cómo cambia para hablar con Él! Debe ser muy grande Dios para que mi padre se arrodille ante Él, y también muy bueno para que se ponga a hablarle sin mudarse de ropa.

En cambio, a mi madre nunca la vi de rodillas. Demasiado cansada, se sentaba en medio, el más pequeño en sus brazos, con su vestido negro; y todos nosotros muy cerquita de ella. Musitaba las oraciones sin perder una sílaba, en voz baja. Lo más curioso es que no paraba de mirarnos, una mirada para cada uno, más larga para los más pequeños. Nos miraba pero no decía nada. Nunca, aunque los pequeños enredasen o hablasen en voz baja, aunque la tormenta cayese sobre la casa, aunque el gato volcase algún puchero. Y yo pensaba: Debe ser muy sencillo Dios cuando se le puede hablar teniendo un niño en brazos y en delantal. Y debe ser una persona muy importante para que mi madre no haga caso ni del gato ni de la tormenta.

Las manos de mi padre, los labios de mi madre me enseñaron todo de Dios» (Aimé Duval).

Sales a los caminos y ofreces tu corazón. Buscas al hombre, llamas por si alguno te oye, y te ofreces como gran banquete a los invitados. Cada día todo está preparado, sigues ahí y preguntas: ¿Dónde están los que me aman? Nosotros tenemos prisa y pasamos de largo. ¡Pareciera que no te necesitamos! Un reclamo pretende obnubilar al hombre: No te des a Él, el peligro es demasiado grande. Dile que lo sientes. Que te has comprado una granja, has alquilado una yunta de bueyes, has tomado mujer, que te basta provisionalmente. ¡Dile de veras que lo sientes!

El Rey dijo a sus criados: Id ahora y convidadlos a la boda. ¡Id ahora!: Si un día os empeñásteis en alejaros de Dios, volveos a buscarlo con redoblado empeño. Él os mandará el gozo eterno de vuestra salvación (Baruc 4, 28).

Una contemplativa
Evangelio

En aquel tiempo volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo, diciendo:

-El Reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados encargándoles que les dijeran: Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda. Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de caminos, y a todos los que encontréis convidadlos a la boda. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró para saludar a los comensales reparó en uno que no llevaba traje de fiesta, y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta? El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: Atadlo de pies y manos y arrogadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.

Mateo 22, 1-14
Padre rico en misericordia

Conforme a las palabras dirigidas por Cristo a Felipe, la visión del Padre, halla precisamente en el encuentro con su misericordia un momento singular de sencillez interior y de verdad, semejante a la que encontramos en la parábola del hijo pródigo. Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. La Iglesia profesa la misericordia de Dios, la Iglesia vive de ella, contemplando constantemente a Cristo, concentrándose en Él, en su vida y en su Evangelio, en su cruz y en su resurrección, en su misterio entero. Todo esto que forma la visión de Cristo en la fe viva y en la enseñanza de la Iglesia nos acerca a la visión del Padre en la santidad de su misericordia.

La Iglesia vive una vida auténtica, cuando profesa y proclama la misericordia y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de las que es depositaria y dispensadora.

Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 13
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