Alfa y Omega > Nº 186 / 11-XI-1999 > En portada
¿Puede el hombre, con su razón, conocer a Dios?
La existencia de Dios ante la inteligencia humana
La tradición de la Iglesia ha mantenido desde siempre, a lo largo de los siglos, que el hombre tiene la obligación moral objetiva de buscar a Dios. Precisamente porque el hombre es un ser de naturaleza moral -es decir, que tiene inscrito en su naturaleza el concepto del bien y del mal, en lo que se distingue de los animales-, está obligado a conocer las verdades que afectan a su persona y los deberes que dimanan de su naturaleza individual y social. Sobre este argumento hablo con el padre agustino recoleto José Antonio Galindo, profesor de Teodicea en la Facultad de Teología de Valencia y autor de un interesante libro titulado Dios no ha muerto. La existencia y la bondad de Dios frente al enigma del mal (editorial San Pablo), en el que se trata ampliamente el tema de la existencia de Dios

¿Cuál es la actitud del hombre actual sobre el tema de la existencia de Dios?
El hombre postmoderno parece que está desentendido del tema de la existencia de Dios. El ser humano, en el primer mundo, vive entregado al goce de los bienes de esta vida sin pensar ni en el futuro ni en el más allá; sólo le interesa el aquí y ahora, y sacarle al máximo el jugo a la vida en forma de placer, dinero y poder.
A pesar de lo dicho, sobre todo en las situaciones límite (enfermedad incurable de sí o de una persona muy querida, por ejemplo), es muy difícil que no se plantee el tema de Dios, lo cual desembocará en su negación o en su afirmación.
Influidos por el ambiente actual de poco aprecio de la razón humana (el pensamiento débil), los creyentes hemos infravalorado el poder y la función de la misma en el tema de la existencia de Dios. Y es tal la influencia de la increencia, que ha llevado a muchos creyentes a una fe vergonzante; como si fuera ésta algo meramente subjetivo, imposible de defender racionalmente, quién sabe si incompatible con la inteligencia. Esta actitud es inaceptable para el cristiano, como ha puesto de manifiesto la reciente encíclica Fides et ratio.
¿Se puede conocer, o no, la existencia de Dios?
¿Qué nos pueden decir la ciencia, la filosofía y la teología sobre la existencia de Dios?
En primer lugar, conviene observar que el método científico no es apto para tratar el tema de la existencia de Dios. La ciencia no toca ni puede tratar este tema, no está a su alcance porque todo eso es inexperimentable, y la ciencia versa sólo acerca de lo experimentable. La ciencia se ocupa del cómo y del cuándo de las cosas, de su descripción en todos los aspectos; pero la ciencia no se ocupa del por qué último y definitivo del ser y existir de esas mismas cosas, y sólo dentro de ese por qué cabe la pregunta sobre Dios. Eso sí, los datos que aporte la ciencia acerca de la realidad material pueden ser en ocasiones muy útiles como base sobre los que la filosofía y la teología pueden actuar a continuación, la filosofía desde la razón, y la teología desde la razón iluminada por la fe.


La creación del hombre. Miguel Ángel Buonarotti.
Capilla Sixtina, Vaticano
¿Se puede conocer y probar la existencia de Dios?
En el Catecismo de la Iglesia católica se nos dice que el ser humano descubre ciertas vías para acceder a Dios si busca a Dios. Hay personas que, por diversos motivos, no se plantean con seriedad el tema de la existencia de Dios. Estos motivos no siempre tienen su origen en la culpa personal, sino que están en la dificultad del tema, la incapacidad intelectual, el ambiente general de la sociedad, etc. Otros motivos, no tan inculpables, se deben a que se está tan enfrascado en los bienes de este mundo (placeres, dinero, poder y prestigio social) que no se tiene tiempo, actitudes ni ganas para plantearse con seriedad el tema. Sin embargo hay una grave obligación moral objetiva de buscar a Dios.
La obligación moral objetiva de buscar a Dios
El Catecismo también nos dice que las pruebas de la existencia de Dios no hay que entenderlas en el sentido de las pruebas propias de las ciencias naturales. Por no tener en cuenta esto último se producen muchas confusiones entre la gente en general, y aun entre personas cultas. Estamos cansados de oír o leer en los medios de comunicación que no hay pruebas de la existencia de Dios. Esta peligrosa media verdad oculta la verdad completa, esto es, que no hay pruebas de la existencia de Dios de tipo científico, aunque sí las hay de otro tipo, el filosófico y humano.
Las pruebas de la existencia de Dios, prosigue el Catecismo, son argumentos convergentes y convincentes que permiten llegar a verdaderas certezas sobre la misma. Estamos, en efecto, ante la certeza de una verdad al estilo de otras humanas, como la del amor, la de la amistad, y las que se incluyen en las muchas certezas de tipo humano de las que no tenemos pruebas científicas, pero sí suficientes y convincentes, aunque sean de otro tipo.
No obstante, conocer la existencia de Dios y aun probarla tiene sus dificultades provenientes del misterio de Dios, que supera todo el orden de las cosas que conocemos, y porque compromete totalmente a la persona. Debido a esto toda la historia de la vida, todas las tendencias y opciones libres son factores que influyen en la actitud definitiva que se tome respecto a Dios. A todas estas dificultades alude el Catecismo cuando dice que la Revelación es necesaria para que todos conozcan la existencia de Dios sin dificultad, con una certeza firme y sin mezcla de error.
«Pruebas» de la existencia de Dios
¿Cuáles serían las pruebas de la existencia de Dios?
Dentro de la creación, nos dice el Catecismo, se distinguen dos vías para acercarse a Dios: el mundo material y la persona humana.
El mundo material, dice el Catecismo, tiene unas características en su movimiento y devenir, en su contingencia, en su orden y belleza, que, a través de ellas, se puede conocer a Dios como origen y fin del universo.
El argumento sacado del orden en el mundo y en los vivientes, una vez modernizado con el auxilio de las ciencias actuales, puede ayudarnos a descubrir la existencia de Dios. El azar, precisamente porque no es sino simple ausencia de acción inteligente, no puede explicar ninguna cosa mínimamente ordenada; menos aún la complejísima y ordenadísima composición de los seres vivientes; por eso la razón exige la existencia de un ser inteligentísimo y poderosísimo que sea el origen de todo ello.
Del hecho de que todos los seres que conocemos no tienen la existencia por sí mismos, sino que la reciben de otros anteriores, concluimos que tiene que haber un ser que no recibe la existencia, sino que la tiene de por sí, que no la recibe pero la produce y la da a los demás. La objeción que, desde Kant, se ponía contra este argumento, esto es, la inabarcabilidad para la mente humana de la larguísima serie o cadena, que podría ser infinita, que va desde las cosas actuales hasta el ser necesario que da inicio a todo, ha sido anulada por la ciencia más reciente que nos describe un universo que ha tenido comienzo (el big bang), es decir, que no existe esa serie infinita. Desde ese dato científico, si bien el ateo sigue diciendo que el universo se ha hecho solo, el creyente afirma que lo ha hecho otro ser distinto y superior, que es Dios, lo cual es sin duda más razonable.
El hombre es un ser normal
Los resultados obtenidos por medio de esas pruebas son básicamente valiosos; sin embargo no inciden suficientemente en las vivencias interiores, en la vida personal. Pero tenemos otros argumentos obtenidos de la esencia más profunda e inalienable del ser humano (es decir, que no cambia, ni se puede perder). Observamos que se da en la persona una inagotable tendencia hacia lo ilimitado bajo la forma de la verdad completa, hacia el bien absoluto, hacia la total y auténtica felicidad. Y porque todos esos anhelos no consigue el ser humano ni evitarlos ni satisfacerlos por sí mismo, quiere esto decir que su ser reclama (pues de lo contrario su naturaleza sería absurda) la existencia de un ser que tenga todas esas cualidades infinitas, esto es, Dios.

¿Son más fuertes los argumentos a favor de la existencia de Dios que sus contrarios?
Los argumentos apenas aquí esbozados nos ponen de manifiesto que las razones a favor de la existencia de Dios son superiores a las aducidas en su contra por el ateísmo. Las primeras nos dan la explicación definitiva de la existencia del universo, y del ser, misterio e inquietud de la persona, mientras que las del ateísmo no explican nada.

Pero entonces, si Dios existe, ¿por qué existe el mal?
El problema del mal es uno de los más complicados que se puede plantear el pensador cristiano. Anotamos que el sufrimiento le viene al ser humano del mal uso de su libertad (el pecado), y de su propia naturaleza imperfecta (enfermedades, accidentes, muerte, etc.) o de la naturaleza del mundo (desastres naturales). Pues bien, los creyentes tenemos motivos para pensar que Dios ha dado la libertad al hombre y ha establecido la naturaleza humana y la del mundo en que habita con el equilibrio más conveniente de aspectos positivos o negativos, mejor dicho, de bienes mayores y menores, para que se cumpla su designio de que el ser humano pueda adherirse a Él con la total plenitud de su ser en la perpetua comunión de la incorruptible vida divina (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes).
Porque Dios nos ha creado para él (san Agustín, Confesiones), no para ninguna otra cosa, sino para Él sólo en definitiva, supedita a este fin todo lo demás, incluso cosas muy buenas de esta vida que tanto queremos nosotros: la salud, el placer, el bienestar, la vida misma, etc. Y tenemos motivos para pensar que Dios todo lo hace y permite para nuestro mayor y definitivo bien, si tenemos en cuenta que el que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con Él graciosamente todo lo demás?
Dios ve las cosas de modo diferente a nosotros. Dios quiere, ante todo, nuestra felicidad eterna con Él para siempre, mientras que nosotros valoramos demasiado la vida temporal en este mundo. Si ajustáramos nuestro modo de pensar al de Dios, no nos causarían escándalo las cosas que Dios hace o permite, por muy dolorosas que fueran.
Inma Álvarez
Esto han dicho...
Javier Zubiri, filósofo: Lo que suele llamarse ateísmo suele consistir casi siempre en negaciones de cierta idea de Dios: por ejemplo, la contenida en el credo cristiano. Mas la no creencia en el cristianismo y, en general, la no aceptación de una cierta determinada idea de Dios, no es rigurosamente ateísmo.
Karl S. Jung, psicoanalista: Durante los últimos 30 años he tratado a muchos centenares de pacientes, en mayor número protestantes. Entre todos mis pacientes de edad superior a los 35 años no ha habido ninguno cuyo problema en última instancia no haya sido el de encontrar un sentido religioso para su vida.
Claude Tresmontant, filósofo: Al cabo de los años, constato con mis estudiantes que el problema de Dios les interesa enormemente, y también la teología... La atención de los estudiantes es máxima cuando se les expone el significado exacto de un dogma.
Jean Guitton, filósofo: Resulta evidente que si es cierto que «Dios ha muerto», o que el problema mismo de su existencia carece de sentido, usted no tendría necesidad de plantearse el problema de la fe: caería por su base. Recordará aquella anécdota: «¿Por qué no has disparado?», pregunta Napoleón al artillero. «Por varias razones. En primer lugar, no teníamos cañones...» Napoleón no quiso saber nada más.
Jean Rostand, biólogo ateo: El problema de la fe me lo planteo todos los días; me obsesiona; es un problema que vuelve a cada momento... Nunca se ha hablado tanto de Dios, como desde que ha muerto.
Viktor E. Frankl, psiquiatra: En cierta ocasión me preguntó uno de los asistentes a mis clases si no admitía yo la existencia de una especie de «arquetipos religiosos», porque -decía él- no deja de llamar la atención el hecho de que todos los pueblos lleguen, con el tiempo, a una idea de Dios, que concuerda con la de los otros, lo que, según mi objetante, sólo se podría explicar mediante un arquetipo de Dios. Entonces yo le pregunté si no admitía él la existencia también de un arquetipo del número cuatro. Él comprendió rápidamente lo que yo quería insinuar, por lo que me limité a añadir: «Mire usted, con el tiempo hasta los pueblos más primitivos llegan a la convicción de que dos y dos son cuatro; muy bien pudiera suceder que para aclarar este fenómeno no necesitemos recurrir a la existencia de un arquetipo del número cuatro, porque a lo mejor dos y dos son realmente cuatro. Tal vez con Dios nos suceda lo mismo, y no necesitamos, por tanto, recurrir a ningún arquetipo divino para explicar el fenómeno de la religiosidad en el hombre. ¿No será acaso que Dios existe realmente?»
Roger Bastide, profesor: Por regla general la ausencia de Dios, la liquidación de la religión, la desaparición de las diversas formas de panteísmo, deberían haber exterminado la idea de sacrilegio. Sin embargo, reaparece con gran fuerza el gusto de la profanación. Es una señal, una prueba «a contrario» de la vuelta de lo sagrado.
¿Hay Dios?
La pregunta pide investigar si tenemos razones de solidez suficiente para afirmar que hay Dios, razones en conjunción de coherencia.
Somos cuerpos pensantes. Preguntamos por todo, inquirimos siempre razones para todo, buscamos a todo respuesta. Ése es nuestro afán. Nos habita la razón. La razón se expresa en lenguaje, en palabras. Palabras de aliento o de desprecio, palabras de amor o de fatiga; palabras que escriben la Constitución o palabras que construyen la ciencia.
Pasemos la vida en esfuerzo titánico buscando razones, produciendo razones, encontrando razones; razones de todo, razones para todo, de manera tal que esta búsqueda se ha convertido en uno de los más importantes ejes de la humanidad que somos, sin que nadie pueda decirnos: niño, calla ya, no seas plomo.
Por ello, indagamos también por las razones del conjunto, las razones del todo, y así buscamos razones de por qué hay algo en vez de nada. Dando vueltas a esa pregunta nos topamos con ésta única respuesta razonable: porque el mundo es creación.
Por tanto, hay un creador del mundo, al que llamamos Dios.
Somos cuerpo de hombre, cuerpo de mujer, de donde nos surge la palabra. Palabra que se construye partiendo de nuestro cuerpo, en íntima relación con él, palabra siempre metafórica, siempre funcionando por analogías, siempre en expresión retórica, siempre producto de la mímesis; palabra en búsqueda de sentido, en encuentro de sentido.
Tremenda y sorprendente fragilidad la nuestra, y a la vez fuerza inmensa de esa fragilidad. Pura encarnación de la palabra. Por tanto, la nuestra no es una razón logificadora, razón raciocinante, una razón seca, sino razón húmeda. Con ella, y con todo lo que somos, producimos acciones que construyen corporalidades en las que nos sostenemos, con las que vivimos y convivimos.
Porque somos cuerpo, fuerza inmensa del deseo que siempre apunta y lleva más allá, sin que nada lo llene, sin reposo, sin fin; él crea fines, provoca acción. Porque somos seres imaginativos, creadores con la palabra, palabras con gesto, que explican y suscitan nuevos gestos y nuevas acciones, construimos, producimos, creamos realidad.
Porque pensamos que la razón es clave en lo que somos, punto rojo del árbol de la evolución, el esfuerzo de razonabilidad nos ha llevado a pasar del mundo a la realidad. No sólo estamos en el mundo como figuras en el paisaje, sino que, aposentados en la realidad, somos.
Así, cuerpo creador de corporalidades que se encuentra siendo, que está siendo, que es, que tiene que ser. Un ser que, evidentemente, le ha sido ofrendado. Extremada fuerza de creación la suya, capaz de vislumbrar en transparencia el Ser que le está donando su propio ser. Acá, la analogía del ser es decisiva.
Así, la realidad sólo es tal porque es verdadera, tiene fundamento, y a ese fundamento lo llamamos Dios. Un Dios que nos termina siendo tan personal como nosotros mismos.
Luego es razonable decir que hay Dios.
Alfonso Pérez Laborda
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid