Alfa y Omega > Nº 186 / 11-XI-1999 > Criterios
Un muro y un congreso

Acaban de cumplirse diez años de la caída del Muro que mantuvo partida en dos la vieja Europa durante buena parte del siglo que termina, el siglo de los asombrosos progresos científico-técnicos, pero al mismo tiempo de los dolorosos retrocesos humanos. Europa, que nació siendo una, y con vocación de unidad, determinada por la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que hace de la Humanidad una familia de hermanos, y llena de sentido la Historia y la vida entera, había quedado rota en el ocaso del segundo milenio cristiano.
Esta división este-oeste, y esa otra norte-sur, más terrible aún si cabe -y que no ha desaparecido, sino más bien continúa ahondándose-, cuyas venenosas raíces son las mismas, eran la consecuencia lógica de los planteamientos de la Ilustración: un mundo sin Dios, o como si Dios no existiese, que viene a ser lo mismo, no podía, no puede menos que convertirse en un mundo contra el hombre. Se pone en flagrante evidencia hasta qué punto la fe en Dios era la auténtica garantía de la vida del hombre. El comunismo, fundamentalmente, era, es un error sobre el hombre; llevaba, y lleva en sí mismo el germen de su autodestrucción. Esa fe en Dios, encarnada de un modo excepcional en el Papa Juan Pablo II, y en movimientos católicos como el sindicato Solidaridad, contribuyó decisivamente a acelerar la caída incruenta, hace diez años, del Muro de Berlín. Los cimientos de la mentira, sobre los que estaba construido, no podían mantenerlo en pie mucho más tiempo.

Otros muros, sin embargo, siguen ahí, dividiendo y rompiendo a la Humanidad, y no sólo el que separa norte y sur, sino tantos incluso como familias y como individuos, convirtiendo a éstos en tristes seres solitarios, y a aquéllas en esperpénticas caricaturas de matrimonio y de familia. El Papa no deja de denunciar esos muros, ni de anunciar que la verdad de Jesucristo es más poderosa que todos los muros habidos y por haber, y que en la medida en que esa verdad se hace vida, irán ciertamente cayendo. No es la Iglesia pregonera de desgracias, como quieren hacer ver muchos medios de comunicación. Todo lo contrario. Desenmascarar la mentira sobre el hombre y sobre el mundo -que no son autónomos, sino radicalmente dependientes de Dios- no es ser agorero, sino inteligente: es indicar el camino para cimentar la vida sobre la verdad que nos hace libres.
La Verdad de Dios que planteamos en nuestro tema de portada no es, ciertamente, una cuestión irrelevante. Para quien así lo fuera, los muros que dividen y destrozan a la Humanidad están servidos. Plantearse la cuestión de Dios, en definitiva, es plantearse el sentido de la propia vida y de la vida del mundo, con la ineludible responsabilidad de decidir: o la libertad de la fe, o las cadenas interminables, aunque sean de oro, de muros que se alzan y se caen. Ésta, en definitiva, es la cuestión del oportunísimo reciente Congreso Católicos y vida pública, organizado en Madrid por la Fundación Universitaria San Pablo-CEU. Si queremos una vida pública sin muros, no puede quedar encerrada la fe en la vida privada. Ésta también estaría sufriendo -lo está- la esclavitud de muros peores.
Identidad secuestrada
Un Congreso como el de Católicos y vida pública es motivo de gozo y esperanza, palabras que aparecen en el mensaje final del Sínodo de los Obispos para Europa: Testimoniamos con alegría el «Evangelio de la esperanza» en Europa. El poco relieve dado por los medios de comunicación a este acontecimiento histórico revela la indiferencia y el secuestro de aquello que está en el origen de nuestra cultura y explica nuestra propia identidad, es decir, el Evangelio de Cristo.
El tema de este Congreso pertenece a la médula misma de la fe cristiana. No es un apéndice o aspecto marginal de la reflexión teológica, puesto de relieve por motivos de estrategia cultural y socio-política ante el secularismo de una sociedad que prescinde de Dios, sino que hunde sus raíces en los fundamentos mismos de la tradición católica que siempre ha pensado al cristiano inmerso en la realidad temporal, como fermento de una masa nueva.
La trágica e injusta separación que, desde la Ilustración a nuestros días, se pretende crear entre los contenidos dogmáticos de la fe y la praxis de la vida cristiana constituye un atentado intolerable a la esencia misma del acontecimiento cristiano. Si contemplamos la fe cristiana en su unidad, no podemos admitir ninguna separación entre la verdad que confesamos y la vida que brota de tal verdad. No podemos servir a dos señores, decía Jesucristo. Y, si lo hacemos, debemos ser humildes para confesar nuestro error, sin pretender justificarnos deformando doctrinalmente lo cristiano, e introduciendo entre la fe y la vida un criterio subjetivo de discernimiento que priva a ambas de su mutua e indestructible relación. Como señala Juan Pablo II, no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida espiritual, con sus valores y exigencias; y por otra, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y la cultura. La fe cristiana posee, ya en la predicación de Cristo, una ineludible dimensión social que abarca todos los aspectos de la vida del hombre.
Monseñor César Franco