Alfa y Omega > Nº 186 / 11-XI-1999 > Desde la fe > Cine
Cine
Si no os hacéis como niños...


Fotograma de Unos peques geniales
Con luz propia brillan tres obras excepcionales que acaban de llegar a las pantallas españolas: Los niños del Paraíso, del iraní Majid Majidi, que compitió con La vida es bella por el Oscar a la Mejor Película Extranjera; Hoy empieza todo, del famoso cineasta Bertrand Tavernier; y La vendedora de rosas, de Victor Gaviria. Las tres giran en torno al fascinante pero tremendo mundo de los niños, concretamente indagando en el dolor de los mismos.
La primera cuenta cómo Ali, de 9 años, al perder el calzado de su hermana menor Zahra, se ve obligado a compartir con ella sus únicas zapatillas para que sus padres, muy pobres, no lleguen a enterarse y tengan que pedir dinero prestado. El amor que los niños se profesan entre sí y a su familia pone esperanza allí donde parece no haberla.
La película de Tavernier -dura pero magnífica-narra la vida en una guardería infantil de un pueblo minero francés. El panorama no puede ser más desolador: niños maltratados, padres alcohólicos, paro, penurias, violencia... Sólo al final se vislumbra la positividad, gracias al director de la escuela, que afronta esa realidad con pasión y sin censurar nada.
Por último, el film colombiano La vendedora de rosas nos muestra a Mónica, de doce años, que vive en las calles de Medellín y vende rosas para ganarse la vida. Su entorno es el de los llamados niños de la calle, donde la droga y la delicuencia tienen su imperio. Pero Mónica luchará con coraje para intentar sobrevivir.
Sin duda los niños son las grandes víctimas de la historia. Sufren las guerras, el desamor y el hambre como nadie... Y no tienen voz. Su única arma es la mirada, clara y profunda, de la inocencia inteligente, de la pregunta sin fondo..., la mirada genuina del corazón humano. Por eso algunos de los mejores planos de la historia del cine son los que están invadidos por esos ojos que llevan dentro todo el dolor y toda la esperanza del mundo.

Una secuencia de Secretos del corazón
¿Cómo olvidar el rostro luminoso de Marcelino Pan y Vino, testimonio de un agradecimiento libre y lleno de afecto, pero también de la nostalgia amorosa de una madre? ¿Y las pupilas mendigas y humildes de El Chico, de Chaplin, o la mirada melancólica e ilusionada de Giosué, de La vida es bella? ¿Y qué decir de la decepción que experimenta Javi, el protagonista de Secretos del corazón, ante el adulto mundo de la mentira? ¿O del nacimiento de la rabia en Moncho, el alumno tímido de La lengua de las mariposas? El rigor del moralismo amarga el rostro de Alexander, en Fanny y Alexander; y la orfandad urge el gesto de Josué, el chico brutalmente desposeído de su madre y de todo en la Estación Central do Brasil. También nos conmueven los ojillos vivos y apasionados de los paupérrimos Niños del Paraíso, y la mirada solidaria y humillada de Bruno, víctima indirecta de El ladrón de bicicletas, auténtico héroe trágico, de altura ética incontestable. Y el misterio del dolor y de la cruz, que atraviesan sin misericordia las entrañas del niño berlinés de Alemania año cero, o la infancia truncada de Antonie Doinel, en Los cuatrocientos golpes, de Truffaut.
Son algunos ejemplos, pero podríamos poner tantos como acentos de verdad ha habido en el cine. El día que dejase de haber niños en la pantalla sería el síntoma de que el cinismo y la presunción habrían ganado la batalla. Como decía el gran pensador cinematográfico André Bazin, al llorar por los niños que vemos en el cine, ¿no lloramos quizá por nosotros mismos? ¿No contemplamos en ellos la inocencia, la torpeza y la ingenuidad que ya hemos perdido? Dejarnos juzgar de vez en cuando por alguna de las incisivas miradas que emergen de las antedichas películas es un sano ejercicio de sencillez que nuestra ilustrada razón nos agradecerá siempre. Por otra parte, algo de esto ya se nos dijo en el Evangelio... ¿no?
Juan Orellana
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