Alfa y Omega > Nº 539 / 29-III-2007 > Aquí y ahora
Con la gentileza de

Monseñor César Franco, obispo auxiliar de Madrid, escribe sobre el «incondicional amigo»
¡Gracias, Eugenio!
Un momento de la última audiencia del Papa Juan
Pablo II, en la que participó monseñor Romero
Pose como obispo auxiliar de Madrid
Dios nos tiene reservadas gracias que, por ser tales, sólo dependen de Él, que nos las da en su momento oportuno. Así ha sido para mí la amistad de don Eugenio Romero Pose, con la que Dios ha querido obsequiarme, al hacerle obispo auxiliar de Madrid y coincidir con él en el ejercicio del ministerio episcopal.
Sólo le conocía de nombre, por su autoridad en el campo de la Patrística, y de vista, por un viaje a Santiago de Compostela. Desde su venida a Madrid como obispo, éramos vecinos de piso, y naturalmente compañeros de trato habitual. Cuando me despedí de él con un beso en su lecho de muerte, sabía que decía adiós, sólo un adiós temporal, a un entrañable, prudente, sabio e incondicional amigo, que, sin buscarlo expresamente, te hacía crecer en aspectos esenciales de la vida, especialmente en aquellos de los que, paradójicamente, los eclesiásticos a veces esquivamos hablar directamente: los que se refieren a Dios, a la vida en el Espíritu, a la conversión personal, al más allá.
Desde que conoció su enfermedad, que él sospechaba ser de muerte, la acogió con ánimo entero, sin vacilaciones, con los temores normales de un ser de carne y hueso. Me ha edificado profundamente su modo de llevar la enfermedad, compaginando las sesiones de radio y quimioterapia con las tareas diarias de su ministerio, del que no ha querido dispensarse. Su amor a la Iglesia y a su sacerdocio estaba por encima del amor a sí mismo. En cierta ocasión, consciente de que su vida sería corta, me dijo: «Me da pena no haber amado más al Señor». Así de sincera era su alma. Yo le dije que no se juzgara, que el Señor sabía mejor que él cuánto le amaba. Rodeado siempre de libros, apilados a ambos lados de la mesa cuando tenía que escribir algo, la enfermedad le hizo relativizar la ciencia libresca hasta hacerme un día esta sencilla confesión: «En la oración, sólo pienso en Dios. ¡Cómo será verlo, Dios, sólo Dios! Todo lo demás sobra».
No hablaba mucho de sí, porque era humilde y sobrio, y porque prefería ocuparse y preocuparse de los demás. Con cierta frecuencia subía a mi casa y estaba un ratito con mi anciana madre, con quien tuvo detalles de tierna delicadeza. Me envidiaba, decía, por tenerla aún conmigo y poderla cuidar, evocando con mucho cariño a la suya, que tuvo una enfermedad muy penosa.
Insobornable y caritativo
Me gustaba mucho en él la firmeza en sus convicciones bien pertrechadas de sabiduría. Era insobornable si se trataba de defender la verdad, y al mismo tiempo caritativo, evitando todo lo que pudiera ofender o ser interpretado de forma distinta a como él se hubiera manifestado. La verdad, para él, no admitía concesiones. Era muy consciente de que la verdad, la del Verbo encarnado y glorificado, es la que nos salva. Y esa verdad le iluminaba el alma y las tareas que tenía entre manos, grandes y pequeñas. En su corazón no había lugar para la amargura y el resentimiento, a pesar de las ocasiones con que el enemigo busca cultivar estas malas hierbas. Por supuesto, no le faltaba humor para reírse de sí mismo y de las pequeñas o grandes miserias que tejen el entramado de la vida, también de la eclesiástica. Actuaba con un corazón limpio, con la luz evangélica, y eso le bastaba tanto para vivir como para morir.
Ya en el último tramo de su enfermedad, no quería cansarle con visitas. Me daba cuenta de que Dios le llevaba hacia Sí, soltando poco a poco las amarras que nos atan a esta tierra. Pero siempre hacía un esfuerzo para atenderte y tratarte con verdadera fraternidad, sin retóricas ni componendas mundanas.
El día de su cumpleaños fue la última vez que pude hablar con él en muy breve tiempo. Aunque me habló de algún plan futuro, me di cuenta de que contaba ya con un final muy cercano, y me dijo cuál era el objeto de su oración a la que yo debía sumarme: que aceptara lo que el Señor le enviase, pero que lo aceptara -insistió- voluntariamente. Esta precisión tan fina es sólo una muestra de cómo era su alma. No se conformaba con aceptar de cualquier manera la muerte, sino, como hizo Jesús, de dar la vida voluntariamente.
Estas palabras me han quedado muy grabadas en el alma; desde que me las dijo no han dejado de venirme a la cabeza. Quiero considerarlas como el último regalo de una amistad que ha crecido en el alma por la gracia de Dios y que te dejan el sabor de lo esencial, de la Verdad con mayúscula, la que te desvela el secreto de la vida o, dicho de otra manera, el por qué esta vida merece la pena ser vivida.
¡Gracias, Eugenio!
+ César A. Franco Martínez