Alfa y Omega > Nº 539 / 29-III-2007 > Desde la fe > Punto de vista
Punto de vista
Mi amigo Eugenio
En términos históricos, el universo del médico, como individuo, no se expande. Es un universo que, a lo lago de la Historia, se ha ido cerrando. Virchov comenzaba sus clases de Patología diciendo: «...la Medicina científica, que tengo el placer de enseñarles, no existe». Era un acto fundacional, la manifestación de una necesidad que él afrontaba. Hoy esa Medicina que fundaran Virchov y otros existe. Se ganó un horizonte de sentido, un mundo de significaciones, vinculados a la biología y a la tecnología, aportando otras que entorpecían su desarrollo. Esta especialización, sin embargo, progresivamente nos va privando (a los médicos) de una de las principales fuentes de creatividad: la analogía, el saber en amplitud para trasladar e intercambiar conceptos e ideas. Nos priva no de conocimiento, sino de saber. Un conocido cirujano cardiovascular ha diseñado, con éxito, un procedimiento quirúrgico conservador para corregir la insuficiencia mitral, basándose en el estudio de los dibujos anatómicos de Leonardo y el principio que los guía: el propósito de la naturaleza en su diseño anatómico. No es un conocimiento técnico, es una investigación global y, también, es un caso anecdótico.
Paradójicamente, de este aislamiento, de este universo cerrado, nos separan los pacientes. Su circunstancia siempre es particular; nunca podemos ajustarla a una ley. Y es humana, tiene un discurso que nos obliga a pensar en otros significados. Nuestro propio discurso técnico cambia. El paciente lo cambia. Mis encuentros con Eugenio comenzaron teniendo dos partes. Una ortodoxa, médica, y otra de conversación, de intercambio de ideas. Esta segunda parte, con el tiempo, fue ganando terreno y al final yo no las distinguía.
En nuestras conversaciones surgían temas médicos o científicos que a mí me preocupaban, casi siempre en relación con la teoría del conocimiento, y él encontraba las líneas principales de pensamiento que abordaban el problema. Nunca descartaba una opinión; lo importante era el diálogo. Sí descartaba lo que era manifiestamente malo. Entonces, en el siguiente encuentro, aparecía con uno o dos libros para discutir dichas ideas. Así, poco a poco, fue surgiendo una amistad. A raíz de estas conversaciones escribí un artículo sobre la concepción del tiempo moderno frente a la del medieval. Eugenio me dijo: «Eso no lo van a entender». Le dije: «Lo que me importa es saber lo que opinas tú».
Describía Virgilio «un bosque alegre, con amena y dulce sombra». Por ese bosque, separado de la bruma del resto del mundo, alegre, ameno y dulce, caminamos junto a Kant, el viejo Platón, Marco Aurelio... Paciente y médico al principio; amigos al final.
Doctor Eduardo García Rico
Oncólogo