Alfa y Omega > Nº 539 / 29-III-2007 > Contraportada
¡Es el Papa! ¡Es el Papa!
A Juan Pablo II le gustaba disfrutar al máximo del tiempo. Sobre su jornada proyectaba al milímetro el tiempo para la oración, el trabajo, los encuentros con los demás y el reposo. Algunos de los momentos que le hacían recargar las pilas eran los que vivía en la montaña. En los primeros años de pontificado, fueron habituales sus excursiones a esquiar, acompañado de sus colaboradores. Una de esas jornadas la cuenta, en Una vita con Karol, el cardenal Dziwisz, su secretario personal durante cuarenta años

¿Cómo vive un Papa en el Vaticano? La Curia de Roma es una estructura que tiene necesariamente sus reglas y una conformidad de comportamientos sobre la que todo Papa ha sabido, con su personalidad y sus dotes, imponer su propio estilo de vida, espiritual y también humano. Esto también lo ha sabido llevar a cabo Karol Wojtyla -en los inicios de su pontificado, con cierta nostalgia por un pasado caracterizado por una mayor libertad y un menor régimen protocolario-. Rápidamente se adaptó a su papel, de modo que algunos se preguntaban dónde había realizado el apprendistato. Y, al mismo tiempo, asumió un modo de vivir similar -también en el Vaticano, también como Papa- al que siempre había seguido.
Esto fue así en los primeros tiempos, cuando el Santo Padre experimentó cierta dificultad para acostumbrarse no tanto a estar encerrado en el Vaticano, como a tener que permanecer allí durante largos períodos. Para explicarme mejor, diré que las excursiones fuera de Roma, especialmente a la montaña, le donaban -así se refería él a estos momentos, en términos de don- la ocasión de meditar, y sobre todo de rezar. Aquel escenario era connatural a su espiritualidad. En las montañas contemplaba la obra de Dios, y allí se abandonaba a su Creador. Durante las comidas, naturalmente, hablábamos; pero, nada más terminar de comer, comenzaba a caminar, solo, a veces durante horas. Así -decía- estaba del todo con el Señor. En definitiva, durante aquellas excursiones, era como si repusiera fuerzas.
Fueron más de un centenar aquellas expediciones, casi siempre en los Montes Abruzzo. Al principio, nadie lo sabía, ni en el Vaticano ni la prensa. La primera vez fue casi una fuga. No recuerdo de quién fue la idea inicial, pero seguramente fue una iniciativa colectiva, nacida en la mesa. La localidad elegida fue Ovindoli, a sugerencia de don Tadeusz Rakoczy (hoy obispo de Bielsko-Zywiec, en Polonia), el cual conocía el lugar porque iba allí a esquiar. Si no recuerdo mal, fue el 2 de enero de 1982. Partimos en el auto de don Josef Kowalczyk (actualmente Nuncio de Su Santidad en Polonia), quien conducía con extrema cautela, respetando los límites de velocidad, sin querer pensar en lo que podría ocurrir en caso de accidente, o si el coche sufría una avería. Atravesamos varias regiones, para que el Papa pudiese disfrutar de aquellas escenas de la vida cotidiana. Al llegar, nos encaminamos a una de las pistas, donde apenas había nadie. Fue el comienzo de una jornada maravillosa, inolvidable, con las montañas alrededor, la naturaleza toda de blanco, aquel gran silencio que te permitía reconcentrarte, rezar. El Santo Padre volvió a esquiar aquel día. Estaba contentísimo por aquel regalo que le habíamos hecho. Los días siguientes continuó dándonos las gracias, recordando los mejores momentos de aquella expedición.
Un esquiador normalísmo
En excursiones sucesivas también elegimos lugares solitarios, pero no siempre podíamos evitar a la gente. Sin embargo, ¿por qué preocuparnos tanto? El Santo Padre se comportaba como un normalísimo esquiador. Iba vestido como todos: mono de esquí, gorro y gafas. Parecía increíble, pero nadie le reconocía. ¿Quién podía imaginarse que el Papa iba a esquiar? Uno de los primeros en hacerlo fue un niño, de no más de diez años. Pasaba a nuestro lado un grupo de excursionistas, y un poco rezagado aquel niño, algo sofocado por la caminata. Preguntó por su grupo: ¿Los han visto?, y mientras don Tadeusz le daba las indicaciones, él se volvió a mirar al Santo Padre. Se quedó con la boca abierta, los ojos en blanco, y después comenzó a chillar: ¡Es el Papa! ¡Es el Papa! Y don Tadeusz: ¡Pero qué dices, loco! Piensa antes de hablar. El chaval desapareció en busca de sus amigos, y nosotros nos dispusimos a coger el coche de camino a Roma.
Lo más normal era que buscásemos lugares poco frecuentados, y a veces permanecíamos allí hasta la noche. Se encendía un fuego, preparábamos cualquier cosa para comer, y luego comenzábamos a cantar.
Stanislaw Dziwisz