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XIII edición de los Premios Alfa y Omega al mejor cine del año
Dar la vida
Dar la vida por amor a un ser querido, o a la verdad, o a las dos cosas, es la máxima afirmación posible del sentido de la existencia. Se puede dar la vida hasta la muerte, o darla gota a gota, día a día, en el gastarse y desgastarse por los demás. Muchas de las películas galardonadas en la XIII edición de los Premios Alfa y Omega iluminan esta expresión última de la vocación humana que pone al hombre en condiciones de reconocer a Dios como el único capaz de satisfacerla plenamente. El protagonista de La vida de los otros arriesga su vida por dos personas con las que no ha hablado nunca; la madre de familia de La ganadora sacrifica silenciosamente todos sus sueños por el bien de los suyos; en Luz de domingo, el humillado personaje de Urbano da la espalda al amor propio y a la venganza para afirmar lo que hace al hombre digno, algo parecido a lo que hace el General Kuribayashi en Cartas desde Iwo Jima; también en Después de la boda nos encontramos con tres personajes que, por amor, hacen con sus vidas lo que nunca hubieran imaginado. La profesora de música de Cuatro minutos dará sus últimas energías por alguien que parece no merecerlo. Por último, Disparando a perros nos ofrece el testimonio más pleno, el de un sacerdote mártir que entrega su vida amando incondicionalmente a su verdugo. Un año que nos deja películas memorables
La vida de los otros, de Florian Henckel von Donnersmarck
Mejor película extranjera
Ulrich Mühe, mejor actor principal
El alemán Florian Henckel von Donnersmarck ilustra lo que fue el socialismo real en la Europa anterior a la caída del Muro. Ambientado en los últimos años de la República Democrática Alemana, el film nos cuenta la historia del capitán Gerd Wiesler, un oficial concienzudo de la Stasi, la todopoderosa policía secreta del régimen comunista. Cuando, en 1984, le encomiendan que espíe a la pareja formada por el prestigioso dramaturgo Georg Dreyman y su novia, la popular actriz Christa-Maria Sieland, no sabe hasta qué punto esa misión va a cambiar su propia vida y su forma de pensar. Es impactante en esta extensa cinta la disección sutil e inteligente que hace de los usos y costumbres del socialismo real, de su profunda corrupción consustancial y del escaso valor de la persona en ese contexto ideológico. Con la excusa de las prácticas de vigilancia y espionaje de la Stasi, el director nos va mostrando las terribles mentiras del socialismo, y constatamos cómo el miedo y la sospecha son la forma permanente de relación con la realidad: cualquier gesto, cualquier palabra mal puesta, pueden ser considerados como una amenaza al socialismo y debe ser implacablemente perseguido. Y ese miedo tiene la capacidad de corromper a las personas, de usar su debilidad o cobardía contra ellas mismas y contra las personas a las que aman, llevándolas incluso a las puertas del suicidio.
Pero el film tiene la suficiente inteligencia como para no caer en el maniqueísmo fácil, y nos adentra en la profunda infelicidad y soledad en que vive el capitán Gerd, prototipo de oficial del régimen y víctima también de la deshumanización del régimen. La conciencia de Gerd se va iluminando y descubriendo paulatinamente que su vida está hecha para otra cosa, y que el socialismo es una radical mentira. Por eso la película tiene una propuesta positiva y esperanzadora. El director declaró: «Por encima de todo, La vida de los otros es una película sobre la capacidad de los seres humanos para hacer lo correcto, sin que importe lo lejos que se hayan adentrado por el sendero equivocado». Ulrich Mühe, que encarna al oficial Gerd, hace un trabajo de interpretación espectacular por su sobriedad y contención. Ha fallecido este año por una grave enfermedad.
Luz de domingo, de José Luis Garci
Mejor película española
Con Luz de domingo (inspirada en una novela homónima escrita en 1916 por Ramón Pérez de Ayala), José Luis Garci cierra la trilogía de Cerralbos del Sella, ficticio pueblo asturiano que acogió antes los melodramas de You´re the one e Historia de un beso. También en esta ocasión nos trasladamos a principios del siglo XX, al imaginario pueblo de Cenciella, en la misma comarca en la que Garci situó su obra El abuelo. Allí, el Alcalde Becerril (Carlos Larrañaga) y sus hijos sólo viven para la ambición y el dinero. El contrapunto lo da Urbano Cagigal (Álex González), el joven Secretario del Ayuntamiento, que acaba de llegar de fuera tras haber aprobado la oposición. Este funcionario es honesto, bueno, impecable de trato y de recta conciencia. Su insobornabilidad nos recuerda a personajes literarios de la talla del Príncipe Mishkin, de Dostoievski, que parece que no han sido tocados por el pecado original. Entre ambos estallará una guerra de índole moral que tendrá trágicas consecuencias.
Sin embargo, el guión de Garci y Horacio Valcárcel no subraya tanto el conflicto entre el malvado alcalde y el honrado secretario, como la inconmensurable humanidad de este último. El amor casto a su novia que luego se torna entrega absoluta a su esposa, la escrupulosa atención a la ley, el desprecio al dinero fácil, el rechazo de la notoriedad -excelente el doble episodio del pulso-..., van configurando un personaje heroico distinto de los habituales de Garci. Sin embargo, cinematográficamente hablando, el film es muy fiel a su estilo de puesta en escena y planificación, consiguiendo excelentes primeros planos de sus actores, así como ese tempo narrativo pausado y de montaje sereno que le caracteriza. En la fotografía, la ausencia del maestro Pérez Cubero, habitual de Garci, no se echa en falta gracias al oficio del veteranísimo iluminador argentino Félix Monti, que además nos brinda unas imágenes de los paisajes asturianos sencillamente antológicos. El trabajo de Gil Parrondo es el de siempre, es decir, inmejorable, y el vestuario de Lourdes de Orduña es también un derroche de buen gusto.
Clint Eastwood, por Cartas desde Iwo Jima
Mejor director
Con este film, Clint Eastwood cierra un experimento singular. Nos ha contado la decisiva batalla de Iwo-Jima de 1945 a través de dos películas, una contada desde el punto de vista americano ( Banderas de nuestros padres ) y la otra desde la perspectiva nipona ( Cartas desde Iwo Jima ). En Iwo-Jima lucharon más de 60.000 marines contra 21.300 japoneses. Los americanos tuvieron 4.891 bajas, y unos 2.000 heridos. Los japoneses contaron 21.000 bajas (en realidad sólo se salvaron 212 soldados, que fueron hechos prisioneros). Sin embargo, como muestran con mucha exactitud los dos films de Eastwood, esa victoria fue muy costosa. El desembarco en la playa fue una carnicería, y allí y en los alrededores del monte Suribachi es donde cayeron casi todos los americanos en un lapso de menos de 24 horas. El balance -estremecedor- es que, por cada soldado nipón, los americanos descargaron dos toneladas de explosivos, con el resultado de un caído americano por cada cuatro japoneses. Dicho esto, nos encontramos con que Clint Eastwood opta por prescindir del contexto histórico objetivo -la lucha trascendental entre el modelo democrático aliado y el modelo totalitario- y se centra en el plano subjetivo: la experiencia del soldado. Sobre Eastwood planea el actual desencanto y escepticismo de una sociedad sin ideales como la nuestra. Por ello, ese existencialismo sombrío y resignado que vemos en muchos personajes de Cartas desde Iwo Jima posiblemente tiene más de proyección de un americano irritado con la Guerra de Iraq que de fiel reflejo histórico.
Lo que más interesa del film es el homenaje que supone para el Teniente General Kuribayashi, uno de los mejores militares que tenía el Ejército del Emperador, y cuya encarnación por el gran actor Ken Watanabe es excelente. Y este personaje es interesante porque encarna a un hombre íntegro, muy militar pero muy racional, y por ello muy humano. Aunque el film hace gala de una cierta frialdad emocional, hay momentos de gran sentimiento, como la despedida del soldado de su hijo aún creciendo en el vientre materno. Una tremenda historia épica.
Ratatouille, de Brad Bird
Mejor guión
Mejor película para niños

Imagen de Ratatouille
Sin duda, una de las grandes sorpresas de este año ha sido el tercer largometraje de Brad Bird, en el que confirma su talento como realizador. Después de la notable El gigante de hierro y de la sobresaliente Los Increíbles, Bird ha elegido una historia muy arriesgada, que ha logrado coronar con éxito. Lo que no es una sorpresa para el lector de Alfa y Omega es que, una vez más, haya sido Pixar, empresa de animación de John Lasseter, la productora encargada del proyecto. Ratatouille vuelve a dejar clara la calidad y el extraordinario trabajo de los animadores y técnicos de Pixar. El film trata sobre una rata de campo que sueña con ser una estrella de la alta cocina francesa en un restaurante parisino. Lo más sorprendente del gran guión de Ratatouille es la manera de establecer las relaciones entre los roedores y las personas, con unos conflictos verdaderamente ocurrentes y una excelente e inteligente progresión dramática. A la calidad impresionante de la animación y diseño de personajes, Pixar sigue ofreciendo un guión lleno de valores educativos interesantes, como la lucha por el ideal, la amistad, o el amor por la propia vocación.
Marion Cotillard, por La vida en rosa
Mejor actriz principal

Marion Cotillard, en su papel de Edith Piaf
La actriz francesa Marion Cotillard realiza un trabajo deslumbrante en esta notable película gala sobre la famosa cantante Edith Piaf (1915-1963) y su triste y melancólica existencia, que comenzó en los bajos fondos parisinos. La intérprete de la popular canción La vie en rose, era hija de un contorsionista y de una cantante fracasada, y supo desde pequeña lo que era sufrir y salir adelante en ambientes deprimidos. Cuando finalmente alcanzó el éxito, con actuaciones en Nueva York y una gran popularidad en la Francia de posguerra, la Môme, como la llamaban sus seguidores, había envejecido prematuramente, en gran medida gracias a su creciente adicción al alcohol y las drogas. Con una puesta en escena cuidadísima, un reparto excelente y ritmo eficaz, la cinta tiene momentos magníficos, sobre todo de carácter musical. A pesar de su excesivo metraje y de la sordidez reflejada, se trata de una película que se ve con agrado, a la vez que con pena por la triste vida de la gran cantante francesa.
Sidse Babett Knudsen, por Después de la boda
Mejor actriz de reparto

Escena de Después de la boda
Sidse Babett Knudsen interpreta a Helen -un personaje casi épico- en esta vigorosa película de la danesa Susanne Bier, que entra con bisturí en el drama de la vida para extraer un poco de luz. Jacob es un cuarentón danés que ha dedicado su vida a ayudar a los niños de la calle en la India, pero el orfanato que dirige está a punto de cerrar por falta de fondos. De pronto, recibe una oferta inesperada: un hombre de negocios multimillonario danés, Jørgen, está dispuesto a donarle millones de dólares, a condición de que Jacob viaje a Dinamarca a entrevistarse con él. Jacob accede, y en el curso de la reunión, el financiero insiste en invitarle a la boda de su hija, que se celebra al día siguiente. En esa boda, Jacob se encontrará con la citada Helen, una vieja amiga, y ese encuentro cambiará de arriba abajo la vida de todos los personajes.
A pesar del vacío creciente que habita en nuestra sociedad opulenta y consumista, siempre hay lugar para el renacer de lo humano: ésta es la idea que contagia Después de la boda. La película muestra las enfermedades morales del Occidente más acomodado. El hastío vital que comparten los personajes se hace añicos cuando irrumpe un hecho que les obliga a todos a mirarse al espejo por primera vez, arrancarse las máscaras y reconocer su verdadero yo. Todos descubren que la vida es una herida que no se cierra con fiestas y licores; descubren que los hechos tienen consecuencias y que hay vínculos que son para siempre, aunque uno quiera mirar para otro lado; descubren, en fin, que todo un paraíso de abstracción no resiste ni un segundo ante la concreción de unos ojos reales que te miran. El guión es prodigioso y la información necesaria va surgiendo sutilmente, en silencio, por medio de imágenes elocuentes, planos precisos y miradas furtivas. En el estilo formal se perciben las huellas de Dogma 95: desenfado en los encuadres, cámara en mano, continuidad sincopada..., pero lo que destaca con luz propia es una dirección de actores soberbia, impecable, y que le posibilita a la directora llevar al espectador por los terrenos emocionales reservados a los grandes maestros del cine.
Djimon Hounsou, por Diamante de sangre
Mejor actor de reparto

Djimon Hounsou,
en la película Diamante de sangre
Se calcula que hay en el mundo 250.000 niños utilizados como soldados y guerrilleros, tras un adiestramiento atroz y un terrible lavado de cerebro. Éste es uno de los temas más sangrantes que propone Diamante de sangre, el último trabajo de Edward Zwick, director de grandes películas como Tiempos de gloria (1989), En honor a la verdad (1996) o Leyendas de pasión (1995). Aunque el asunto de que trata Diamante de sangre es en sí mismo escalofriante y conmovedor, el tratamiento que se le da es más bien comercial y efectista. La película se aproxima a la indignante cuestión de la financiación de la guerra civil genocida que asoló Sierra Leona en los noventa. Danny Archer es un mercenario sudafricano movido sólo por conseguir dinero. Solomon Vandy, que encarna el excelente Djimon Hounsou, es un africano lugareño que busca a su hijo, convertido en niño-soldado por uno de los señores de la guerra, y Maddy Bowen es una periodista americana idealista y rebelde. Las vidas de estos tres personajes se unirán en una compleja trama que podrá redimirles de sus heridas y de su pasado. Aunque haya quien acuse al film de ser un producto comercial levantado sobre una tragedia real, lo cierto es que Edward Zwick ha querido hacer una película sincera, y supone para la mayoría de los espectadores el descubrimiento de uno de los dramas del tercer mundo que más ha denunciado la Iglesia en nuestro tiempo: el aprovechamiento de la confusión e indigencia de los pueblos africanos para la ganancia de unos pocos pescadores aprovechados.
José Luis López Linares, por Fados
Mejor fotografía
El veterano cineasta aragonés Carlos Saura retoma, en Fados, su ya larga serie de musicales que alterna con producciones sólo en apariencia más convencionales. Luz, música y danza son los tres pilares que Saura ha conjugado estos años y que, en Fados, con el trabajo de José Luis López Linares, alcanzan una singular madurez. No se conforma con elaborar una sucesión de ejemplos musicales -como era el caso, por ejemplo, de Sevillanas -, sino que bajo la seña fado Saura propone un cóctel de elementos históricos, identitarios y musicales, que permiten que el film contenga unitariamente fados tradicionales, flamenco (Miguel Poveda), rap, ecos jazzísticos, guiños de tango, encuadres videocliperos, imágenes documentales de archivo..., con un resultado caleidoscópico que quiere ser tan portugués como universal. La película quiere hundir el fado en sus raíces africanas, coloniales, de principios del siglo XIX, y no limita su extensión. Cabo Verde, Mozambique, cantantes y bailarines afros comparten espacio fílmico con la exótica Mariza o el austero Camané. Todo es fado, que decía Amalia Rodrigues (1920-1999), la ya desaparecida reina del fado que, a su vez, es objeto de uno de los homenajes más bellos del film, junto al de Alfredo Marceneiro (1891-1982) o al de Lucilia Do Carmo (1920-1999). Cuando se proyectan las imágenes de Amalia, la diosa del fado, todo el equipo del film se sienta en el suelo en silencio para admirarla respetuosamente. La puesta en escena se vertebra en los principios que Saura ha ido cimentando estos años: juego de espejos, paneles traslúcidos, virtuosa articulación luminotécnica, transparencias, y una jugosa combinación de planos analíticos con encuadres coreográficos generales. En esta ocasión se enfatizan en el baile las formas sensuales, afro-brasileiras, y los colores cálidos y crepusculares.
Disparando a perros, de Michael Caton-Jones
Mejor película sobre el hecho cristiano
Disparando a perros es un film sobre el genocidio de Ruanda. Supone una aproximación veraz a unos acontecimientos que conocieron indirectamente los productores del film. Producida por la BBC y dirigida por Michael Caton-Jones, recrea los sucesos acaecidos en una Escuela Técnica Oficial cercana a Kigali. Dentro de sus amplios recintos, estaba también la sede de la misión del sacerdote bosnio Vjeko Curic, que en el film aparece como el padre Christopher (John Hurt). Allí también se estableció un cuartel de los Cascos Azules de Naciones Unidas, que protegían a la comunidad religiosa y a los alumnos internos de la Escuela. La tragedia empieza cuando unos centenares de tutsis, atenazados por el pánico del extremismo hutu, solicitan refugiarse en los terrenos de la Escuela. Sin tenerlo previsto, y sin recursos suficientes, aquel recinto se convierte en una reserva de tutsis, rodeada de cientos de hutus armados con sus machetes. Armados y sedientos de sangre mientras esperan el día en que los Cascos Azules se retiren. Porque los hutus saben que ese día llegará. La película nos cuenta los cinco días de abril que van desde el asesinato del Presidente de Ruanda hasta la retirada de los Cascos Azules de esa Escuela.
El padre Christopher es lo más interesante del film: él constituye el referente moral de cuantos le rodean, y su autoridad nace de su fe y de su entrega incondicional. Él nunca cae en tentaciones revanchistas, y su trabajo se centra en la catequesis, en hablar del amor de Dios y en explicar el sentido de la Eucaristía y de la Semana Santa. Y lo hace porque entiende que el sentido último de aquello que explica está muy relacionado con lo que todos viven a su alrededor. Otro personaje es Joe (Hugh Dancy), un joven voluntario de una ONG, que en el film representa en cierto modo el punto de vista del espectador occidental. Por otra parte, el capitán belga Charles Delon, de los Cascos Azules (Dominique Horwitz), encarna la posición de Naciones Unidas ante el conflicto, una posición absentista que deja mucho que desear. Hay un cuarto personaje interesante, la joven alumna tutsi Marie (Clare-Hope Ashitey), que representa la esperanza de los ruandeses puesta en los europeos, esperanza que casi todos frustrarán, excepto el padre Christopher. Por último, están los reporteros de la BBC, que encarnan la perspectiva de los productores del film, y que son los encargados de que la opinión pública occidental conozca el genocidio y pueda experimentar una cierta mala conciencia. Y es que el origen del guión de David Wolstencroft está en las experiencias ruandesas de David Belton, productor del film, y que conoció bien al padre Vjeko Curic, que le salvó la vida de los hutus. Él era un reportero de la BBC que, en 1994, viajó a Ruanda a cubrir la guerra. El sacerdote le acompañó y le protegió en numerosas ocasiones, y gracias a él supieron muchos de los horrores de aquel genocidio. Cuando tiempo después, en Washington, Belton supo del asesinato del padre Curic, decidió escribir el argumento junto al documentalista Richard Alwyn y producir la película.
Glen Hansard, por Once
Mejor banda sonora

Fotograma de Once
El cantautor irlandés Glen Hansard vuelve como actor en Once, una deliciosa película de John Carney. Ya antes había hecho el papel de guitarrista en Los Commitmens, de Alan Parker. Lo que ocurre es que en este caso casi se puede decir que hace de sí mismo. Le da la réplica Marketa Irglova, una compositora checa de diecinueve años, que en el film hace de inmigrante que se gana la vida limpiando platos, cuando su gran pasión es la música. Un día se encuentra a Glen cantando por la calle unas canciones para sacar algo de dinero, y se queda impresionada de la calidad de las letras y de las músicas. Comienzan a hablar y, con el tiempo, a hacerse amigos y a enamorarse. Pero juntos descubren que lo más importante es hacer las cuentas con su pasado, en el que hay heridas sin cerrar.
Once es un musical muy original en el que las bellas letras de las canciones compuestas por el propio Glen Hansad permiten al director eliminar, por innecesarios, muchos diálogos y explicaciones. Así la película se torna muy visual, casi minimalista, pero no por ello pobre o plana. La historia nos llega a través de una cámara que busca registrar la verdad de los personajes en cada instante, y la puesta en escena está atravesada de una pureza y una transparencia análogas a las de los dos músicos. El film también nos muestra una interesante galería de personajes, en la que hasta los delincuentes tienen un gran corazón. De hecho, el único antagonista del film es la tentación de huir hacia adelante. «Toma este barco a la deriva y dirígelo a casa». Ésa es la estrofa de una de las canciones y es el resumen del film. Dos corazones heridos que se hacen cómplices de su propia reconstrucción. Una de las películas más delicadas del año.
La ganadora, de Jane Anderson
Mejor película sobre la familia

Julianne Moore,
protagonista de La ganadora
Julianne Moore y Woody Harrelson son los protagonistas de La Ganadora, un drama inspirado en personajes reales, algunos de los cuales viven aún y han prestado su colaboración a la película -y, de hecho, salen en pantalla en los cinco últimos minutos del film-. El guión está basado en el libro The Prize Winner of Defiance, Ohio, un libro biográfico escrito por Terry Ryan sobre su madre, Evelyn Ryan, la ganadora. Evelyn fue una mujer sufrida y extraordinaria, que utilizaba su don para las palabras, como ella lo llamaba, para mantener económicamente a su familia: diez hijos y un marido alcohólico que malgastaba sus escasos ingresos en la bebida. Eran los años cincuenta y sesenta, cuando proliferaban los concursos en los que las amas de casa de toda América podían ganar miles de dólares en metálico y en premios domésticos. Evelyn estaba siempre en casa, trabajando sin parar, pidiéndole al lechero que le fiara mientras los niños más pequeños llenaban la casa de polvos de talco o le arruinaban los tulipanes al jardín de la vecina. Su marido -un cantante frustrado por un accidente en la laringe- no se soporta, tiene graves problemas de autoestima y ahoga su frustración en whiskies. A lo largo de la película, nos ofrece un gran repertorio de escenitas violentas que, periódicamente, atraen a la policía y generan distancia y miedo en sus hijos. Pero Evelyn nunca pierde su sonrisa, nunca reprocha, nunca sucumbe.
La película, que ha sido producida por el gran cineasta Robert Zemeckis, supone el debut de Jane Anderson como directora y guionista cinematográfica. Lo que fascinó a Zemeckis al leer el libro fue que la familia de Evelyn realmente sobrevivió gracias a su talento. «Pero más que eso -afirmó el productor- fue el inquebrantable optimismo de Evelyn y su amor por la vida, esa cualidad espiritual que le permitió superar una vida llena de dificultades». En algunos momentos se da a entender con claridad que ella decide en cada instante vivir así, entregar su vida de esa manera. Por otra parte, La ganadora no sólo es un homenaje a aquella mujer impresionante, sino a tantos millones de amas de casa que viven o han vivido situaciones muy similares. Pero el film también critica un modelo de familia machista que es un injusto sometimiento.
Cuatro minutos, de Chris Kraus
Mejor película sobre educación

Hannah Herzsprung,
en el papel de Jenny, en Cuatro minutos
Cuatro minutos triunfó en los Premios de Cine alemán de 2007. Su director y guionista, el alemán Chris Kraus, nos ofrece una interesante historia, eso sí, muy dura y con alguna ambigüedad de fondo. Pero al menos acierta en el núcleo dramático del film: la belleza se abre camino aun en medio del mal y del pecado. La señorita Krüger es una anciana profesora de piano que da clases a varias presas de una cárcel de Berlín. Una de ellas, Jenny, destaca por su gran talento musical. Acusada de asesinato, Jenny tiene unos ataques de ira incontrolados, y su forma de ser es prácticamente imposible. Lleva a sus espaldas un terrible pasado. Krüger es una profesora disciplinada y severa, a la que sólo interesa la música, pero que también oculta un pasado lleno de dolor. No hay ningún personaje en la película que no esté atravesado por el sufrimiento. La profesora empieza a preparar a Jenny para concursar en un certamen de piano de alto prestigio. El camino tendrá de todo menos rosas.
Aunque no es una película americana de final feliz, sí que revela una gran confianza en la naturaleza humana, o en un punto último de positividad. La tesis es que, en el fondo del alma, siempre se custodia un aliento de verdad y de belleza que, cuando le es posible, se expresa, en este caso a través de la creación musical. Y esa belleza no es el resultado de sumar las cosas buenas que hay en la vida del personaje, sino que es algo previo, algo dado, irreductible, que se revela a través de una carne herida por los zarpazos del mal. La profesora Krüger, que piensa que el talento musical es un don de Dios, quiere sin embargo que se ponga al servicio de la música tal como ella lo concibe. No admite otra forma de expresión musical. Krüger aprende al final de su relación con Jenny que Dios toca en cada persona una partitura distinta y que no se puede pretender del otro que vibre de la misma manera que uno. La regla número uno que ella impone a su pupila, la humildad, debe acabar aplicándosela a sí misma. El gesto de la reverencia es un símbolo precioso de este film. Uno se inclina reverentemente ante quien muestra autoridad y ante el cual se muestra agradecimiento. Jenny no reconoce lo primero ni siente lo segundo. Sólo cuando es capaz de expresar -en cuatro minutos- de una forma personalísima y bella todo su drama humano, es cuando reconoce y agradece.
Juan Orellana
Composición del Jurado de los Premios Alfa y Omega de Cine del año 2007

Premio: de Antonio Mesquida
Bajo la presidencia de monseñor César Franco, obispo auxiliar de Madrid, se reunió, para decidir los Premios Alfa y Omega al mejor cine del año, el Jurado compuesto por los siguientes miembros:
José Ángel Cortes Lahera. Doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense. Estudios de Artes Liberales en la de Navarra. Profesor en la CEU San Pablo, y Profesor visitante de la Facultad de Comunicación de Navarra. Ha seguido cursos especializados sobre escritura de guión con Linda Seger y Frank McAdams, y es autor de, entre otros libros, Entrevistas con directores de cine italiano y La estrategia de la seducción.
Juan Manuel de Prada. Escritor, Premio Planeta en 1997 por La tempestad y Premio Nacional de Literatura (en la especialidad de Narrativa) en 2004 por La vida invisible. Autor de más de diez novelas es colaborador asiduo del diario ABC.
Amparo del Riego Alfageme. Licenciada en Filología Románica y en Ciencias de la Información. Ha sido redactora en los servicios informativos del Portavoz del Gobierno. Ha escrito sobre cine en Crítica y Alfa y Omega. Pertenece a la Institución Teresiana.
Álvaro Abellán García. Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Profesor de Formación Humanística y de Teoría de la Comunicación en la Universidad Francisco de Vitoria. Máster en Filosofía por esta Universidad. Director de Comunicación de LaSemana.es
Juan Orellana. Director del Departamento de Cine de la Conferencia Episcopal Española. Presidente de SIGNIS ESPAÑA. Profesor en la Universidad CEU San Pablo y director del Máster en Dirección Cinematográfica San Pablo CEU. Director de la revista Pantalla 90. Crítico de cine de Alfa y Omega, Páginas Digital, Libertad Digital y Co-director del programa Pantalla grande, de Popular Tv. Colaborador de la agencia ACEPRENSA. Autor de diversos libros especializados.
Teresa Ekobo. Crítica de cine en La Tarde con Cristina, de la Cadena COPE. Crítica de la revista Pantalla 90, de la que ha sido Redactora Jefe. Miembro de diversos Jurados SIGNIS en Festivales Internacionales de cine.
Juan Manuel Blanch. Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad CEU San Pablo.
Participaron en las deliberaciones, como en las ediciones anteriores de los Premios Alfa y Omega de Cine, el Delegado episcopal, Alfonso Simón, y el director, Miguel Ángel Velasco.
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid