Alfa y Omega > Nº 609 / 2-X-2008 > Testimonio
Los hermanos de Alexia describen su enfermedad y sus últimos momentos
Alexia, según sus hermanos
Se cumplen quince años de la apertura de la Causa de beatificación de Alexia González-Barros, una niña que, durante diez meses, sufrió una dolorosa agonía debida a un cáncer de huesos, hasta que falleció, a la edad de 14 años. Su serenidad ante el dolor, y el deseo constante de que en ella se cumpliera la voluntad de Dios, traspasó nuestras fronteras. Ante la reciente película española que distorsiona su vida y el proceso de su enfermedad, sus hermanos (ella era la menor de cinco), han hablado para Alfa y Omega


Foto de Alexia con el uniforme
del colegio Jesús Maestro, de Madrid
«Cuando me dijeron esto se acaba, no nos lo esperábamos. Hacía unos días que planificábamos volver con ella, por fin, a casa, a Madrid. Pero en el último momento le detectaron una metástasis en las meninges y entonces supimos que no había nada que hacer. Yo trabajaba en Barcelona, y rápidamente me fui a Pamplona, para estar a su lado, como el resto de mis hermanos. Mis padres nunca se habían separado de ella».
Alfredo González-Barros, hermano de Alexia, la niña que murió, a la edad de 14 años, víctima de un doloroso cáncer de huesos, y cuya fama de santidad traspasó en seguida nuestras fronteras, relata así los últimos momentos de la vida de Alexia, en su habitación del hospital:
«Al llegar, me puse de rodillas a su lado, y le cogí la mano. Me di cuenta de que mi madre la estaba ayudando a bien morir. Le preguntaba si estaba contenta, y le comenzó a contar un cuento, algo que hacía con frecuencia desde que éramos pequeños, y que se le daba especialmente bien. En el cuento, Alexia estaba en Belén, con la Sagrada Familia. Le servía de ayuda a la Virgen, cuidando al Niño Jesús. Alexia dijo: Más, pidiendo que su madre continuara con el cuento; y cuando mi madre le preguntó: ¿Quieres a Jesús? ella contestó: .
Más y fueron sus últimas palabras. En un momento determinado, una enfermera le dijo a mi madre: Señora, déjela ya, que ya no puede oírle, pero mi madre siguió: Por si me sigue oyendo..., hasta que comprobó que realmente ya no podía oírle. Cuando exhaló su último suspiro, levanté la cabeza, y vi que toda la habitación estaba llena. Yo ni siquiera había visto a nadie entrar. La gente lloraba, todo el mundo estaba muy conmocionado».
No era la primera vez que la habitación de Alexia se llenaba de gente. Tras detectársele un tumor que la fue dejando paralítica, en Madrid, sufrió varias y dolorosísimas intervenciones, que soportó con una serenidad extraordinaria, hasta que fue trasladada a la Clínica Universitaria de Navarra. Allí transcurrieron los últimos meses de su enfermedad, y allí fue donde médicos y enfermeras comenzaron a darse cuenta de que en aquella habitación, la 205, se encontraba una persona muy especial, cuya fe le aportaba una fortaleza y una serenidad ante el dolor fuera de lo normal.
Esto no significa que no sintiera en su cuerpo el dolor, con aquella enfermedad tan dura, y con el tratamiento tan demoledor al que fue sometida, que le hacía devolver cada poco durante 24 horas seguidas, sin poder moverse ni un centímetro de su posición horizontal. Significa, simplemente, que aceptó la voluntad de Dios, aunque nunca perdiera la esperanza de curarse. Su frase, desde bien pequeña, había sido: «Jesús, que yo haga siempre lo que tú quieras»; y en el transcurso de su enfermedad, solía rezar: «Jesús, yo quiero ponerme buena, quiero curarme, pero si Tú no quieres, yo quiero lo que Tú quieras». No fue, por otro lado, una reacción espontánea. Su vida interior había sido forjada desde bien pequeña, en el seno de una familia cristiana y en un colegio de religiosas teresianas.

Verano de 1983. Alexia juega con sus perros
en Mas Vall dels Brucs (Gerona)
«Es difícil ver a tu hermana sufrir, pero ella lo hacía todo más fácil -dice Damián, otro hermano-. Hubo momentos muy duros, por supuesto, pero en casa nos enseñaron a que todo es para bien. En aquella época no era normal que unos padres fueran tan avezados de llevarse a sus cinco hijos de viaje a Italia, Francia, Turquía, Rumanía..., y esos buenos momentos, nos enseñaron a aprovecharlos, y los malos, también». Y añade Alfredo: «De hecho, la vida de Alexia hasta ese momento, no digo que fuera de película americana, pero es verdad que era una película muy bonita. Tenía muchas amigas, una familia que la adoraba, igual hacía Optimist (pequeño velero) que bailaba sevillanas..., y tenía un concepto muy liberal de la vida, algo común a toda la familia, que éramos muy independientes y nos gustaba hacer toda clase de actividades».
Cuando Alexia falleció, el 5 de diciembre de 1985, toda la familia quiso recopilar la cantidad de recuerdos que guardaban en su memoria, con el objetivo de que no se olvidaran con los años. Pronto, una religiosa del colegio de Alexia quiso poner por escrito todos aquellos recuerdos. Éstos escritos, que en principio iban a ser simplemente un artículo para la revista del colegio, se convirtieron en el libro Alexia. La experiencia del amor y dolor vivida por una adolescente (ed. STJ), y las numerosísimas cartas que comenzaron a recibir, procedentes de los cinco continentes, llamaron la atención de un religioso claretiano, que impulsó la Causa de beatificación, consciente de que un ejemplo así no podía dejarse en el olvido.
Las 600.000 estampas que se han publicado para la devoción privada en 17 idiomas son un ejemplo vivo de que la experiencia de Alexia, de la que fueron testigos unos pocos privilegiados, es más fuerte y más universal de lo que puede pretender la capacidad humana.
A. Llamas Palacios
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid