Alfa y Omega > Nº 627 / 5-II-2009 > Testimonio
Dos conmovedores testimonios de la vida junto a un niño con síndrome de Down
Soy el padre de Eddie
Años de preparación, oración, estudio y servicio eclesial para ser esposas místicas de Cristo: ése ha sido el camino que han seguido estas cuatro seglares, y que culminó cuando, en la pasada fiesta de la Natividad de Santa María, el cardenal Rouco las consagró para el Orden de las Vírgenes; una figura de la Iglesia primitiva que hoy cobra un nuevo auge en España
Un momento de su consagración de las cuatro vírgenes
en la madrileña colegiata de San Isidro
Mercedes Luján, Clara Eugenia García, Maite Barta y Fabiola Ortiz disfrutan, desde hace meses, de su vocación: las cuatro fueron consagradas por el cardenal Rouco, en la pasada fiesta de la Natividad de Santa María, como vírgenes consagradas. Como ellas, son 19 las mujeres de Madrid, y 150 en toda España, que han recibido esta consagración en virginidad y que ejercen su profesión, dedicando su tiempo a los servicios apostólicos en parroquias, movimientos y atención caritativa. El Orden de las Vírgenes existió en la Iglesia primitiva y fue restaurado en el Concilio Vaticano II. El Código de Derecho Canónico señala que «a estas formas de vida consagrada se asemeja el Orden de las Vírgenes, que, formulando el propósito santo de seguir más de cerca a Cristo, son consagradas a Dios por el obispo diocesano, celebran desposorios místicos con Jesucristo, Hijo de Dios, y se entregan al servicio de la Iglesia».
Joaquín Martín Abad
Vicario para la Vida Consagrada de la archidiócesis de Madrid
El Hijo, mi esposo
He crecido en una familia trabajadora y unida por una fe transmitida por mis padres, abuelos y tíos. En varias parroquias he recibido de la Iglesia el perdón de mis pecados y el Cuerpo y la Sangre de Cristo; pero ha sido en las parroquias de San José y La Paloma donde los catequistas de las comunidades neocatecumenales me abrieron el camino adulto del amor sin condiciones de Jesucristo. El amor tierno de Jesucristo y la Virgen me impulsaron a ser miembro de la Legión de María, a dar catequesis a niños y jóvenes, y a ser misionera en Francia, Camerún y los Estados Unidos. ¿Y ahora qué? ¡Que Dios Padre ha querido entregarme a su amado Hijo como esposo! Alegrémonos: nuestro peregrinar por la vida, con sus penas y alegrías, se dirige, de la mano de María, al Cielo, donde el amor no se acaba.
Fabiola Ortiz
Una vocación preparada día a día
Conocí el Orden de las Vírgenes en un programa de Radio María. El Señor me llamaba, pero pensé: ¿Para qué comprometerme? Ya tengo buena relación con Dios. Por la gracia de Dios, me di cuenta de que el Señor me proponía esa consagración, que Él había preparado día a día, en cada Eucaristía. Doy gracias a Dios, que me invita a una unión íntima con Él, y le pido a María que me enseñe a amar a Cristo como Ella.
Maite Barta
Lo que soy ante Dios
No sé cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho... Recorro mi historia y es esta frase del salmista la que resuena en mi interior. La vocación, entre búsquedas y luchas, ganas y caídas, se ha ido afinando, hasta descubrir mi identidad más profunda, aquello que soy ante Él, que había sido pensado desde toda la eternidad y que nadie puede cambiar. Desde nuestra consagración, todo nuestro ser, cuerpo alma, vida, futuro..., queda dedicado a Dios y a su proyecto, en el seno de una especial intimidad esponsal.
Mercedes Luján
Fiel, sin anteponer nada ni nadie a Él
Mi sentir es de gran agradecimiento al Señor, por el don que inmerecidamente me ha concedido y, al mismo tiempo, experimento el peso del compromiso que contraigo, y una acuciante necesidad de responder a este regalo con todas mis energías, ser fiel al Esposo sin anteponer nada ni nadie a Él, hacer en cada momento lo que me pida, sin excusas ni dilaciones, e intentar, teniendo como modelo e intercesora a Santa María, no defraudar a Aquel que nunca falla. Un compromiso que he de vivir incardinada en la Iglesia. Sé que es una tarea ardua, imposible para mis fuerzas, pero también sé que cuento con su infinita misericordia, que a la hora de las caídas, será el bálsamo infalible que curará mis enfermedades y reparará las heridas. Pido a Dios que muchas jóvenes sientan el deseo de seguir al más bello de los hombres.
Clara Eugenia García