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Punto de vista
Servid al Señor con alegría

Es lo que percibía cualquiera que se acercaba a Pablo Domínguez, y podemos considerarlo su herencia una vez que nos ha dejado por su desgraciado accidente de montaña. Se trata de la herencia de una vida que ha sabido vivir con plenitud, mostrando así un camino abierto para vivir. He tenido la fortuna, para mí una auténtica gracia de Dios, de acompañarlo desde hace veinticinco años, en los tiempos del Seminario, en nuestros primeros pasos sacerdotales, y en el servicio tantas veces escondido, pero siempre apasionado, en la Facultad de Teología San Dámaso. Y, viviendo junto a él, no asombraba tanto su amplísima cultura, ni el orden estricto de su pensamiento, su claridad de exposición o su capacidad de comunicar y enseñar, ni siquiera su simpatía tan atractiva a cualquiera que se acerara, llena de humanidad y de acogida. Lo que más me ha impresionado en todo este tiempo es su voluntad inquebrantable de servir a la Iglesia apasionadamente en la tarea de una nueva evangelización ante un mundo que aparentemente se aparta de Dios. Saberse elegido por Dios para esta labor es lo que le animó constantemente en los más diversos servicios, desde los más humildes en sus inicios, hasta las más altas responsabilidades que desempeñó como Decano y delegado, con lealtad a pesar de incomprensiones, y mirando siempre, no su propio bien, sino el de la Iglesia. Lo hizo manteniendo la fortaleza en lo fundamental y la suavidad en las formas. Lo aprendió ya en su familia, con la que estaba tan unido, en la que encontró el apoyo decisivo para su alegría y su espíritu de libertad, en la parroquia de la Merced, de Moratalaz, y en su colegio de Tajamar, en Vallecas, donde recibió el espíritu del Opus Dei que siempre quiso vivir. Es así como pudo responder generosamente al amor a Cristo en la vocación sacerdotal que fue su luz. En todos estos pasos aprendió una fe que unió a su vida, en una unidad en la que el pensamiento y la búsqueda de la verdad en la filosofía sacaban de él verdaderas fuentes de sabiduría cristiana. Sabía ofrecerla a multitudes en conferencias, o en la misa de 12 en la parroquia de la Concepción de Nuestra Señora, o con la atención a tantos colegios, comunidades religiosas y a muchísimas personas que se acercaban a él. Su amor a lo universitario, a las reuniones filosóficas y los dilemas lógicos era conocido por sus amigos. Pero a lo que verdaderamente se entregó con todo su ardor sacerdotal, y fue la verdadera tarea de su vida, ha sido esta Facultad de Teología San Dámaso que, como monseñor Eugenio Romero Pose, tampoco verá convertida en Universidad, y en la que ha dejado su herencia que procuraremos llevar adelante. Sí, nos toca ahora a nosotros vivir lo aprendido: ¡Servir a Dios con alegría!
Juan José Pérez Soba
Vicedecano de San Dámaso
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