Alfa y Omega > Nº 634 / 26-III-2009 > Testimonio
Pasado mañana, 28 de marzo, serán ordenados sacerdotes varios jóvenes madrileños
«Esto es una pasada»
Coincidiendo con las Bodas de Oro sacerdotales del cardenal arzobispo de Madrid, serán ordenados sacerdotes José Antonio Belmonte, Pablo Escrivá de Romaní, Antonio Fernández, Elvis Fernández, Juan Jesús Moñivas, Alberto Noguero y Julián Recio, del Seminario Conciliar de Madrid, y Alejandro Felipe Aravena, Gabriel Benedicto, Filippo Puzio y Eddie Sunsin, del Seminario Redemptoris Mater. Sus historias, pese a su juventud, están llenas de profundidad y de gratitud. Hablan tres de ellos:

Siempre supe que Dios quería algo de mí
En mi familia somos cinco hermanos. Siempre hemos estado en la Iglesia; de hecho, yo pertenezco al Camino Neocatecumenal, y mis padres también. Uno de los factores de mi vocación ha sido la familia, junto con la pertenencia al Camino. Y la figura de Juan Pablo II, en los encuentros de jóvenes.
La llamada al sacerdocio, de una forma explícita, la empecé a ver con 19 años, aunque luego me di cuenta de que tan sólo era la conciencia de algo que ya venía de atrás y que empezaba a tomar color. Yo sabía que Dios quería algo de mí, pero en ese momento pude confirmarlo. Sobre todo, gracias a experiencias personales del amor de Dios que me han mantenido en la Iglesia y que me han ayudado a decirle . Me ayudó mucho el encuentro de jóvenes con Juan Pablo II en Roma en 2000. En la Eucaristía, presidida por el Papa, en la lectura del Evangelio Jesús hacía esta pregunta: «¿Quién decís que soy yo?» A mí esto me sanó, porque estaba en un año en que mi futuro era algo incierto; no sabía a qué quería dedicarme, y eso, mezclado con una crisis de fe... Esas palabras me ayudaron, porque sintetizaron mi experiencia. Con la Iglesia volví a decir: «Tú eres el Cristo», y recuperé mi ilusión y alegría de seguir a Cristo. Ese momento supuso un antes y un después. A partir de ahí, dejé toda mi vida en manos del Señor, entré en el Seminario, estudié 5 años e hice una experiencia de misión en Israel, viviendo en la Domus Galilaeae, junto al lago Tiberíades. Hicimos pastoral con los cristianos árabes, por los pueblos, y se confirmó mi llamada... Fue una experiencia de fe preciosa.
Gabriel Benedicto Casanova, 27 años
Firmé a Dios un cheque en blanco
La fe la he heredado gracias al ejemplo de mis padres. He llevado una vida muy normal, aunque, con 14 años, intuí que el Señor me llamaba. A esa edad tuve una experiencia muy fuerte de la Virgen en Lourdes, pero me entró miedo y busqué otros caminos. Tuve novia durante 5 años, estudié Empresariales, comencé a trabajar...
Un día, un amigo mío se mató esquiando. En el funeral, me pregunté si realmente había hecho algo en la vida que merecía la pena, o si me había pasado la vida haciendo miles de planes divertidos. Me fui de misiones con un sacerdote, el padre Christopher Hartley, a la República Dominicana, y allí básicamente me di cuenta de una cosa: que en España, teniéndolo todo, no tenía nada. Y, sin embargo, en misiones, sin tener nada, lo tenía todo... Eso me hizo replantearme toda mi vida. Sobre todo, pensé una cosa que me dijo el padre Christopher: «¿Qué quieres hacer con tu vida? Porque hay algo que hace muy poca gente, que es firmar un cheque en blanco a Dios. Pero Dios no quiere dar un paso sin contar con tu libertad», me dijo. Me quedé pensando esa noche, y como mi miedo era el sacerdocio en concreto, le dije al Señor, en una exposición del Santísimo: «Te firmo un cheque en blanco». En el fondo, seguí sin sentir nada, pero ya había firmado el cheque en blanco, y al llegar a Madrid fue cuando me di cuenta de que, teniéndolo todo, no tenía nada.
Esto fue en el año 2000. Tenía un trabajo estupendo. A pesar de mi juventud, tenía un despacho con una secretaria para mí, pero no hacía más que pensar: «Tengo todo lo que desearía cualquier joven, y no me conformo, soy un desagradecido...» Pero es que yo quería algo más... Finalmente, di el paso. Lo cierto es que no se ahorran incomodidades, no se ahorran luchas, pero esto es una pasada.
Pablo Escrivá de Romaní, 32 años
Yo intuía la llamada, pero no quería...
Mi fe procede de mi familia, pero sobre todo desde mi encuentro con la Fraternidad de Comunión y Liberación. Al encontrarme con ese carisma, mi cristianismo se avivó. Conocí el movimiento en la Universidad, mientras estudiaba Historia. Lo cierto es que yo intuía que estaba llamado a la vida sacerdotal, pero no quería, porque prefería casarme, ser profesor de Historia, tener hijos... No quería ser sacerdote, pero a medida que iban pasando en mi vida cosas, me daba cuenta de que estaba llamado a esto. Conseguí ser profesor, vivía solo, hacía lo que quería..., pero intuía que mi corazón reclamaba otra cosa... Yo intentaba tapar ese impulso, hasta que ya no fue posible.
Hoy, sólo pido fidelidad a mi ministerio, como nuestro señor cardenal, que ha logrado cumplir sus Bodas de Oro como sacerdote.
Juan Jesús Moñivas, 33 años
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