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Pascua de Resurrección
Luz en medio de la oscuridad
Así, como una luz que se pasa de una vela a otra, hemos vivido, un año más, la Vigilia Pascual. Porque la fe que no se da, se pierde, y es que el paso de Dios por la vida de los demás no puede menos que alimentar nuestra propia fe. Al final, todo viene de Cristo, de Quien es imagen el cirio pascual que ilumina la Noche Santa en todos los rincones del mundo.
Él viene la alegría, el valor, la esperanza, el ánimo para seguir viviendo, a pesar de las condiciones más difíciles, cuando todo parece negro y la vida amenaza con convertirse, sin más, en una sucesión de días apagados y tristes. Y así, como el pueblo de Israel que atraviesa el mar a pie enjuto, el pueblo que nace de la resurrección de Cristo también ha visto cómo Dios ha abierto para ellos un camino en medio de la desesperanza y el pecado. Éstos son algunos de sus testimonios: todos hablan bien de Dios, todos han experimentado su presencia en medio de las condiciones más difíciles: el paro, la pobreza, el ataque terrorista, el aborto, la prisión, el sinsentido de vivir... Porque, al fin y al cabo, no es lo mismo conocer a Cristo que no conocerle, amarle que no amarle, vivir con Él que vivir sin Él. Hay mucha diferencia: como la noche y el día, como la luz y la oscuridad
María pasó varios meses como una indigente
Esperanza para los que están en la calle
La historia de María es tan compleja que ni puede, ni quiere, ni debe recordarla con demasiados detalles, para no abrir heridas que aún están cicatrizando. Hace algo más de dos años, un cúmulo de problemas materiales, psíquicos y espirituales la llevaron a pasar varios meses como una indigente, en la calle, sin trabajo y, sobre todo, sin ánimo. Un caso que la crisis actual ha multiplicado entre las paredes de albergues y comedores sociales. En tan doliente estado, María encontró acogida y apoyo -material, psíquico y espiritual- en el albergue madrileño regentado por el padre Enrique González, conocido como la Casita de los pobres. Gracias a su ayuda, «salí adelante, porque si tienes gente que te apoya puedes superar los problemas. Yo asumí mi realidad, quise salir de ese estado, busqué trabajo y al final lo encontré», dice. Sin entrar en detalles, ahora recuerda cómo ha cambiado su vida: ya no acude al albergue en busca de ayuda, sino como una voluntaria más: «Mi testimonio da esperanza a otras personas que están en la calle; es una muestra de que los problemas se resuelven si pones de tu parte; de que Dios nos ayuda. Ahora, cuando voy a la Casita de los pobres, me siento a hablar con ellos, me pongo en la puerta y los voy saludando, porque lo que más necesitan es hablar con la gente. Es una tarea muy bonita y, a veces, cuando voy por la calle y me los encuentro, me saludan, me llaman hermana, o hasta me quieren invitar a un café», asegura con una sonrisa en la voz. Y añade: «Cuando pasas por una etapa así, comprendes mejor a las personas que viven situaciones parecidas. Los entiendes mejor que una persona que no haya pasado por eso. Me siento muy querida, no sólo por los voluntarios, sino también por los que duermen allí. Es como mi segunda casa. Por eso quiero dar lo que a mí me dieron a quienes necesitan algo parecido a lo que necesitaba yo».
Tras del drama del aborto
Ese mal servirá para hacer mucho bien
Esperanza Puente, portavoz de RedMadre, rompió el hielo del silencio y el aislamiento para hablar del trauma de su aborto. Como cuenta en su nuevo libro, Rompiendo el silencio (ed. LibrosLibres), no fue nada fácil, pero sirvió para que muchas mujeres embarazadas siguieran adelante, y para que otras que habían abortado alzaran su voz: «Durante años -cuenta en el libro- sufrí el síndrome post-aborto. He pasado muchos años sobreviviendo a mí misma con un dolor que me rasgaba por dentro. En la JMJ de Toronto, acabé contándole mi historia a un sacerdote que no conocía. Se puso frente a mí y me dijo: ¿Sabes? Ese mal que tú has hecho servirá para hacer mucho bien, y el mundo te conocerá por ello. Yo me reí por dentro, pensando que estaba loco». Poco después, habló de su aborto en televisión y le preocupaba la reacción de su madre y de su pueblo, «pero mi madre me explicó que había visto el programa, que le había emocionado y que, sin mirar atrás, había decidido ir a misa. Había gente que la miraba más de lo habitual, pero en la fila de la comunión le fueron dando a mi madre palabras de ánimo». En esa primera semana las sorpresas no cesaron. Además de las llamadas de felicitación, tres chicas que tenían cita para abortar habían cambiado de opinión al verla en televisión. A Mariela, una joven de origen colombiano, le ofrecieron el aborto como última solución. La noche antes del programa estaba tan desesperada que se puso a rezar, a pedirle a Dios que no quería perder a su hijo, pero que necesitaba una señal para poder tomar una decisión. Vio el programa y luego le dijo a Esperanza: «Fuiste mi luz, la señal que le pedía a Dios. Voy a tener a mi hijo aunque se hunda el mundo bajo mis pies». A partir de ese momento, a Esperanza poco le importaron los juicios que pudieran hacerle: «Si Mariela tuvo su señal, yo tuve la mía».
Esther Sáez, víctima del 11-M
Rezo por los terroristas
Esther Sáez está casada, tiene dos hijos, de 6 y de 8 años, y el 11 de marzo de 2004 fue víctima del sinsentido terrorista que asoló Madrid. Recientemente, fue a Roma a recoger el testigo de la JMJ de Madrid 2011, donde tuvo la oportunidad de conocer en persona a Benedicto XVI. «La Jornada Mundial de la Juventud -reconoce Esther- ha sido siempre muy importante para nosotros, hemos seguido a Juan Pablo II incluso a Polonia. Yo le escribí una carta a Juan Pablo II después del atentado. Yo le quise expresar mi agradecimiento a Cristo, así que le escribí a él como su representante en la tierra. En mi corazón sentía un agradecimiento enorme por lo que ha hecho por mí, que me había salvado después de que ningún médico hubiera dado nada por mi vida. Los médicos dijeron que si salía con vida me quedaría tetrapléjica, y no lo estoy. Él me contestó diciendo que era una gracia haber reaccionado así». Y es que, para Esther, todo momento es bueno para dar gracias: «Siempre hay un motivo para dar gracias. Lo que pasa es que tenemos que ponernos en camino para encontrarlo». En su camino personal ha jugado una importancia fundamental la fe, una fe que siempre ha querido pasar a otros, incluso antes del atentado, a través de la catequesis. Hoy guía a un grupo de 12 niños a encontrase con Jesús: «Yo les digo que Dios es su Padre, que es su mejor Amigo, y que es el único que nunca les va a fallar. Que hasta su madre -y yo soy madre- puede fallarles alguna vez, pero que Dios nunca lo va a hacer. Es el que mejor consejo les va a dar, el que les va a enseñar el camino para ser felices. Ellos están empezando ahora a buscar sus ideales, y yo quiero presentarles a Cristo como ideal de vida». La fe de Esther se alimenta, como no puede ser de otra manera, con la oración: «Aparte de hacer las oraciones habituales, me gusta mucho rezar el Padrenuestro; creo que en él está el resumen de la vida cristiana, y por eso Jesús nos lo enseñó. Es la mejor oración, lo mejor que le podemos decir a nuestro Padre. Y me gusta también la oración continua: vivir en oración, hacer las cosas normales, de casa, y seguir lo que va sugiriendo el Espíritu Santo. Hay que pensar qué es lo que quiere Dios de mí en cada momento de mi vida; y, si un día tengo muchos dolores, es porque eso forma también parte de los planes de Dios. Si un día me encuentro muy mal, pienso: Esto también está en los planes de Dios, ¡así que adelante!» Pero lo más impactante de su testimonio es cuando se refiere a Dios como el Dios de los terroristas, y reconoce que «rezo mucho por ellos, de verdad, sobre todo en el sagrario. Ellos han equivocado su vida, pero yo no puedo juzgar, no sé qué vida han tenido, en qué ambiente han crecido, qué les han enseñado. Yo creo que se han equivocado, y que hasta el último momento hay esperanza, y puede ser que se conviertan algún día, o que su culpa pueda ser más liviana si yo rezo por ellos».
Un parado, peregrino en Santiago
Tú, el Camino y tu fe
Cándido Fortes, de Vigo, hizo hace poco el Camino de Santiago, junto con dos compañeros de Citröen, la empresa en la que trabajaba. Lo hizo poco después de quedarse en paro, porque se le acabó el contrato en febrero y no le renovaron. No tiene casi palabras a la hora de valorar su experiencia: «Es muy cansado, con muchas ampollas, pero es precioso. Lo he vivido como una experiencia nueva, en lo religioso también. No sé cómo decirlo, es algo inexplicable». Algo que ha aprendido durante el Camino es a dar a las cosas la importancia que realmente tienen: «Me he dado cuenta de que, en realidad, nos sobran muchas cosas. Somos muy materialistas. En realidad, no te hace falta tanto MP3 ni tanta pantalla plana. Queremos tener todo, pero en el Camino te olvidas de todo eso y te centras en lo imprescindible, en ver cómo es la vida realmente». Del Camino cuenta que le ha impactado la sencillez de la gente, y que lo primero que hizo en la Misa del peregrino, en la catedral de Santiago, fue «pedirle trabajo al Apóstol, pero sobre todo salud. Al final, aparecerá algo para trabajar, es cuestión de tiempo». Por eso, Cándido, que se confiesa religioso, dice que «el Camino me ha servido para reencontrarme conmigo mismo, a ver las cosas de otra forma. En el día a día damos mucha importancia a muchas cosas, y en el Camino te das cuenta de que, en realidad, no te hace falta prácticamente nada. En el Camino desaparecen todos los problemas: estás tú, el Camino y tu fe». Nada más, y nada menos.
Fernando salió de prisión hace un año, indultado en Semana Santa
Descubrir la libertad en la cárcel
Una de las tradiciones más llamativas de la Semana Santa malagueña es conseguir un indulto especial para algún preso de la diócesis. En la Pascua de 2008, el reo indultado fue Fernando, un argentino que pasó cuatro años en la prisión de Alaurín de la Torre por un delito contra la salud pública: la crisis del corralito, que dejó a su empresa al borde de la quiebra y a su madre (viuda) sin los ahorros de toda una vida, le empujó a saltar el charco con algo más que ropa en la maleta. Unas horas después de que lo detuvieran en el aeropuerto, ya estaba en prisión. «Yo nunca tuve negocios turbios en Argentina, pero me lo ofrecieron y dije que sí porque no teníamos plata. Cuando me detuvieron, lo primero que pensé fue que mi madre se quedaba sola», recuerda.
Pero lo más duro estaba por llegar: «En la cárcel, uno intenta acostumbrarse a una forma de vida tan dura. Vivía con miedo, con incertidumbre, sin saber qué iba a pasarme, porque estaba en un país desconocido. Y si el día a día en prisión es muy duro para cualquiera, yo tenía el agravante de que estaba a 15.000 kilómetros de mi familia. Estuve cuatro años sin ver a mi madre y casi no hablaba con nadie de allá». El cambio empezó a fraguarse gracias a Ángel Antonio, párroco de Torremolinos y responsable de la pastoral penitenciaria: «Los voluntarios y él hablaban con mi familia y me decían cómo estaban. Si no hubiera sido por Cáritas y por Ángel, yo no habría podido tener ni permisos, porque como era extranjero y sin arraigo, había más riesgo de fuga. Ángel se responsabilizó de mí para que pudiera tener algún permiso».
Después de su paso por prisión, ayuda a quienes le ayudaron: ha estado más de un año en Cáritas de Málaga, y ahora colabora en la parroquia de don Ángel, ayuda a las cofradías, en la pastoral... «Eso de recibir y no devolver algo me hacía sentir incómodo; devolver un poco de lo mucho que me han ayudado es reconfortante. Pasar por prisión te cambia la vida. Uno anda por la calle libre y no se da cuenta de que es libre. Al tener todas las restricciones de la prisión te das cuenta de lo que supone la libertad: no es tan simple como parece, sino que implica cuidar a la familia, a los amigos, huir de la vida mala que te hace sufrir a ti y a los de tu alrededor...», afirma. Y sabe bien cuál es la moraleja de su historia: «Nuestra época es individualista, y uno a veces duda de que haya gente que ayuda sin esperar nada. En prisión conocí a gente muy buena, que hace cosas por el prójimo sin esperar nada a cambio, que te da porque lo necesitas; su satisfacción es poder ayudar. Y claro, eso me lleva a hacer lo mismo: ayudar a otro, sin esperar nada a cambio, sólo porque lo necesita».
De Mamma mía, a la Marcha por la Vida
Pilar Soto es uno de esos rostros familiares en televisión, una chica guapa, simpática y con talento, que, desde muy joven, decidió que era feliz subida a un escenario, ya fuera tocando el piano, dando las campanadas de fin de año, o co-presentando alguno de los programas que la lanzó al estrellato, como El Gran Prix o Mamma mía. Cualquiera podría pensar que la suya sería una vida llena de amistades y fiestas de la farándula, pero nadie sabía que la realidad era muy diferente: «El tipo de vida que llevaba -explica para Alfa y Omega- me llevó a vivir hasta en 7 países distintos. La falta de raíces, a causa de tantos viajes, el hecho de que nunca nadie estuviera esperándome al volver, me resultaba durísimo. Siempre estaba sola, siempre estaba vacía, no tenía amigos, no tenía a nadie. Comenzaron a sucederme una serie de circunstancias muy dramáticas, y caí en algo terrible que se llama bulimia. La bulimia me llevó a la anorexia, y de ahí al alcohol y las drogas. Sufrí varias sobredosis, pero yo seguía trabajando, perdí muchísimo peso, y no se lo contaba a nadie. Sé que estoy viva de milagro. Caí en un pozo sin fondo, donde no tenía lo más importante, que es Dios. Yo siempre digo: A mí Cristo no me tiró de un caballo, sino de un plató de televisión». El principio del fin comenzó a raíz de su participación en La Isla de los famosos. Era el día 3 de julio de 2004: «Salí del plató dando tumbos, cogí un taxi, y a mitad de camino le dije al taxista: Señor ayúd... Lo siguiente que recuerdo era que estaba en el Hospital de la Princesa, llena de tubos. Un médico me dijo: Lo sentimos muchísimo, señorita Soto, pero no podemos hacer más. ¿A quién hay que llamar? Intenté decirles que me cortaran una pierna, que hicieran lo que fuera pero que me salvaran. El pánico y el miedo que sentí en ese momento era indescriptible. Sabía que me estaba muriendo. En ese momento, llamé a Cristo, y con los ojos de mi alma vi su rostro. Estaba todavía en la cruz, lloraba. Y pensé: Dios mío, ¿qué he hecho? Perdóname, Señor. Así no, Señor, no es mi hora, ahora entiendo que nada justifica haber atentado contra el cuerpo que me has dado, donde reside mi alma. Dame una oportunidad, déjame demostrarte que te amo». Y éste fue el principio de un largo caminar, donde Pilar experimentó el amor de Dios de una forma radical, lo que le ayudó a comenzar desde cero una nueva vida, con una misión muy especial: comunicar la Buena Noticia al mundo entero. Hoy, Pilar es franciscana seglar y, además de trabajar en el canal de televisión Intereconomía, dedica su tiempo y sus conocimientos en el mundo del espectáculo para dar testimonio de su fe y promocionar y presentar actividades como la Marcha por la Vida, del pasado día 29 de marzo, o como hará con el Encuentro Nacional de la Infancia Misionera, el próximo 2 de mayo, en Madrid.
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid