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La instancia decisiva

«Desde que Cristo ha resucitado, la gravitación del amor es más fuerte que el odio; la fuerza de gravedad de la vida es más fuerte que la de la muerte»: lo decía al final de su homilía, en la pasada Vigilia Pascual, el Papa Benedicto XVI. En la creación -había recordado al principio-, Dios separa «la luz de las tinieblas, es decir, el bien del mal. Indica al hombre la vía justa para vivir verdaderamente. Le indica el bien, le muestra la verdad y lo lleva hacia el amor, que es su contenido más profundo». Y el amor reclama libertad, que el hombre ve destruida, justamente, al romper con el Amor mismo. Eso es el pecado, y su consecuencia ineludible, la muerte. Y en ellos permaneceríamos si Cristo no hubiese hecho nuevas todas las cosas resucitando de entre los muertos. Por eso, en el Pregón de la Noche de Pascua, que transforma la oscuridad de la muerte en el Día sin ocaso, la Iglesia proclama con toda verdad: «¿De qué nos serviría haber nacido, si no hubiésemos sido rescatados?» ¡Pero sí hemos sido rescatados!
«Lucharon vida y muerte en singular batalla -anuncia la Secuencia de la Misa del Día de Resurrección- y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta». De este modo, como dijo Benedicto XVI, el domingo pasado, en su Mensaje Urbi et orbi, Cristo resucitado «ilumina las zonas oscuras del mundo en que vivimos», de una Humanidad abocada «al materialismo y al nihilismo», que «se abate desconsolada en un sentimiento de la nada, que sería la meta definitiva de la existencia humana». Y sigue el Papa: «En efecto, si Cristo no hubiera resucitado, el vacío acabaría ganando. Si quitamos a Cristo y su resurrección, no hay salida para el hombre, y toda su esperanza sería ilusoria». Pero no, penetrando en los dominios de la muerte, la Vida, «triunfante, se levanta. ¡Ésta es la novedad! Una novedad que cambia la existencia de quien la acoge, como sucedió a los santos». En las páginas de este número aparecen bellos testimonios de esta Novedad que es más fuerte que todo el mal del mundo, porque «la Pascua -así lo subraya Benedicto XVI- no marca simplemente un momento de la Historia, sino el inicio de una condición nueva: Jesús ha resucitado no porque su recuerdo permanezca vivo en el corazón de sus discípulos, sino porque Él mismo vive en nosotros, y en Él ya podemos gustar la alegría de la vida eterna». Una alegría que el mundo atenazado por el mal y la mentira no conoce. Está aún en la muerte.
No hay, por tanto, mayor urgencia que llevar a los hombres que yacen en tinieblas y en sombras de muerte, la Luz y la Vida que es Jesucristo resucitado. Lo necesitan sus almas y lo necesitan sus cuerpos, indisolublemente unidos; es decir, lo necesita la vida interior y hasta el más exterior y más material de los aspectos de la vida. La fe de la Iglesia no deja de proclamar bien alto: Creo en la resurrección de la carne. Así lo acaba de decir el cardenal Rouco, en su Mensaje de Pascua: «El imperio que la muerte tenía establecido desde el principio de la Historia de nuestros primeros padres, comprendía primero al alma y, luego, inexorablemente, al cuerpo. Con la victoria del Resucitado... se abría la fuente divina de la nueva vida que transformaba al hombre, primero desde el centro más íntimo de su ser -el alma- para llegar luego a todo él, también al cuerpo». Y esto «no es una teoría -en palabras de Benedicto XVI-. No es un mito, ni un sueño, no es una visión ni una utopía, no es una fábula, sino un acontecimiento único e irrepetible». ¡Es la única segura esperanza verdadera de la Humanidad!
Los hombres antes de Cristo -decía san Agustín en el siglo V- sólo conocían dos instancias, el nacer y el morir. Hoy, ya en el siglo XXI, la situación de la cultura dominante en nuestro mundo nada difiere, en lo esencial, de la existencia antes de Cristo: sólo se conoce el nacer y el morir. Y en medio, una prisión que ahoga y destruye. Sólo caben dos opciones: no pensar en las cuestiones decisivas de la vida -algo indigno de nuestra condición de seres racionales-, o caer en la desesperación, o la resignación, que no corresponden a las exigencias, insobornables, de vida, y vida en plenitud, que todo ser humano lleva grabadas a fuego en su corazón. ¿Quién nos librará de esta cárcel mortal?, se preguntaba san Pablo. Y respondía: ¡Cristo muerto y resucitado! Se gloriaba de conocer, como el voluntario que, en medio del horror de la muerte, sostiene la vida de un niño, la instancia decisiva, la más esencialmente humana: ¡Resurrección! He ahí ese Bien definitivo más fuerte que todo el mal del mundo.
Clase de Religión
Nos dirigimos a vosotros, los padres, profesores y alumnos, para recordaros los derechos que os asisten acerca de la formación religiosa y moral católica, y para motivar vuestros deberes en orden a esta enseñanza.
Es un derecho fundamental vuestro, reconocido por la Constitución española, que la formación religiosa y moral de vuestros hijos sea según vuestras propias convicciones. Es, también, una responsabilidad de todo padre ejercer este derecho escogiendo la formación religiosa y moral de sus hijos que juzguen más apropiada. La formación religiosa y moral de los hijos hace posible que éstos tengan principios y valores verdaderos y saludables, para saber hacer el bien y rechazar el mal. Pero no solamente esto; para interiorizar y asumir esos valores, los alumnos necesitan ejemplos vivos de personas creíbles, testigos de estos principios para el bien obrar.
Nos dirigimos también a vosotros, los alumnos, para que valoréis esta enseñanza como imprescindible en vuestro progreso personal, intelectual, cultural y social. El Señor os dará razones para amar, para creer y para esperar. Su presencia en vuestro crecimiento es el mejor regalo que vais a encontrar en vuestra vida.
En el ejercicio de este derecho, invitamos especialmente a los sacerdotes para que, en su trabajo pastoral, puedan ayudaros, recordándoos a los padres católicos vuestro compromiso bautismal y vuestra responsabilidad de educar en la fe a vuestros hijos.
Queremos hacer una llamada especial a los profesores cristianos y a todos aquellos profesores que, sin confesar nuestra fe, valoren el bien que promueve y aporta a la formación integral de los alumnos. No os quedéis sólo en respetar la presencia de la religión católica en la escuela; sabed que en esta enseñanza se dan las claves para comprender las raíces de nuestra personalidad, nuestra vida y nuestra cultura.
Obispos de la Comisión episcopal de Enseñanza y Catequesis