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La Semana Santa, en Roma
«La resurrección de Cristo no es una teoría»
«La resurrección de Cristo no es una teoría, un mito, o una ideología; se trata del hecho más importante de la Historia», aseguró Benedicto XVI en su mensaje de Pascua de Resurrección, pronunciado desde el balcón de la basílica de San Pedro ante unos 200 mil peregrinos congregados en la plaza vaticana
El Papa da la Bendición Urbi et Orbi desde
el balcón central de la basílica de San Pedro
La intervención del Papa, transmitida en directo por canales de televisión de los cinco continentes, fue a lo esencial: se centró en el misterio central del cristianismo, que san Pablo definía con estas palabras: «Si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y vuestra fe lo mismo». Y añadía el Apóstol: «Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados».
«La Resurrección no es una teoría, sino una realidad histórica», aseguró el Santo Padre. «No es un mito ni un sueño, no es una visión ni una utopía, no es una fábula, sino un acontecimiento único e irrepetible: Jesús de Nazaret, hijo de María, que en el crepúsculo del Viernes fue bajado de la cruz y sepultado, ha salido vencedor de la tumba».
Por este motivo, aseguró el obispo de Roma, «el anuncio de la resurrección del Señor ilumina las zonas oscuras del mundo en que vivimos». En particular, se refirió «al materialismo y al nihilismo, a esa visión del mundo que no logra transcender lo que es constatable experimentalmente, y se abate desconsolada en un sentimiento de la nada, que sería la meta definitiva de la existencia humana».
Este mensaje -consideró Benedicto XVI- es vital «en un tiempo de carestía global de alimentos, de desbarajuste financiero, de pobrezas antiguas y nuevas, de cambios climáticos preocupantes, de violencias y miserias que obligan a muchos a abandonar su tierra buscando una supervivencia menos incierta, de terrorismo siempre amenazante, de miedos crecientes ante un porvenir problemático».
En este contexto -dijo-, «es urgente descubrir nuevamente perspectivas capaces de devolver la esperanza. Que nadie se arredre en esta batalla pacífica comenzada con la Pascua de Cristo, el cual -recalcó- busca hombres y mujeres que lo ayuden a afianzar su victoria con sus mismas armas, las de la justicia y la verdad, la misericordia, el perdón y el amor».
El mensaje de Pascua concluyó la Semana Santa en Roma, caracterizada por la notable afluencia de peregrinos, en particular españoles, así como por la profundidad de las homilías que el Santo Padre pronunció al presidir las celebraciones.
Como de costumbre, uno de los momentos más emocionantes se vivió el Viernes Santo, en la noche, cuando el Papa presidió el Vía Crucis, en el que unió el sufrimiento del mundo, en particular el de los damnificados por el terremoto de los Abruzos en Italia, con el dolor de Cristo, «que ha cargado sobre sí todas nuestras angustias mortales».
El sucesor de Pedro, al igual que lo hizo en otras de las celebraciones, elevó una súplica, en particular, «por todos los que sufren en la tierra de L'Aquila, golpeada por el terremoto». Y dijo así: «Recemos para que también, en esta noche oscura, se les aparezca a ellos la estrella de la esperanza, la luz del Señor resucitado».
Las meditaciones del Vía Crucis, que los peregrinos siguieron en plena noche romana con velas en la mano, sirvieron para recordar el sufrimiento de las comunidades cristianas perseguidas en el mundo. En este año, fueron compuestas por el salesiano monseñor Thomas Menamparampil, arzobispo de Guwahati, en la India, país en el que en el pasado otoño los cristianos han sufrido una sangrienta persecución a manos de fundamentalistas hindúes.
«Optar por Cristo siempre es un misterio -reconocía el arzobispo indio-. ¿Por qué se hace una opción definitiva por Cristo, a pesar de la perspectiva de las dificultades o de la muerte? ¿Por qué florecen los cristianos en los lugares de persecución?» Respondió: «No lo sabremos nunca. Pero sucede continuamente». Y reconocía el arzobispo: «Es un privilegio desvelar el rostro de Cristo a las personas. Es una alegría aún más grande descubrirlo o redescubrirlo».
Otro de los momentos culminantes de la Semana Santa en la Ciudad Eterna se vivió el Jueves Santo en la tarde, cuando el Papa, en su catedral, la basílica de San Juan de Letrán, lavó los pies a doce sacerdotes. Al revivir la Última Cena de Jesús, aseguró que «la Eucaristía nunca puede ser sólo una acción litúrgica»; exige, además, amor cotidiano y, de este modo, transforma el mundo.
Durante el rito, los presentes fueron invitados a realizar un acto de caridad en apoyo a la comunidad católica de Gaza. La suma recogida fue entregada al Papa en el momento de la presentación de las ofrendas.
Terminados estos intensos días espirituales, el Papa se encuentra esta semana en Castelgandolfo, la residencia de descanso de los Papas, a unos 30 kilómetros de Roma, donde con algo más de serenidad que en Roma puede dedicarse a escribir el segundo volumen de Jesús de Nazaret y seguir los últimos detalles de su primera encíclica social que pronto verá la luz.
J. Colina. Roma