Alfa y Omega > Nº 637 > Desde la fe
Arte
Giotto y el Trecento

La colina capitolina es la más pequeña de las siete de Roma, pero es incomparable: allí, Miguel Ángel dio suelta a su destreza de urbanista. En el Campidoglio reina la estatua ecuestre de Marco Aurelio, el emperador filósofo que dijo, con razón, aquello de «somos lo que creemos». A escasos metros, se encuentra el museo del Vittoriano, en el que se exhibe una exposición temporal sobre Giotto y el Trecento. Nadie puede acercarse a la obra de Giotto sin padecer una transformación interior. Por eso, cuando anduve por Roma, el fin de semana pasado, me colé para escarbar en su misterio. Giotto pasó de ser un pastor adolescente, con afición a pintar a su rebaño en pequeñas tablas de madera, a poner policromía a la vida del Poverello de Asís. Los críticos de perfil bajo siempre dicen que el pintor de Bondone fue el precursor de las nuevas formas, una especie de enfant terrible de los tiempos modernos. Pero lo que Giotto verdaderamente hizo fue darle anchura a la trascendencia. En palabras de san Agustín, abrir el continente de la forma para que la trascendencia se adhiriera mejor a sus paredes.
He de reconocer que la muestra me defraudó. Vamos a ver: a Giotto se le admira en los frescos, pero un fresco no es transportable como un Rubens. Lo que el Comisario de la exposición resolvió fue adornar el pasillo de la exposición con inmensos murales, paneles, vídeos, textos y música del Ars Nova. Pero el cliente fervoroso quiere ver a Giotto, no disfruta con la fritura del sucedáneo. George Steiner, en su espléndido estudio sobre el arte y la trascendencia titulado Presencias reales, analiza el influjo posmoderno del discurso secundario en el arte. Siempre se nos adelanta lo postizo, la crítica, la fotografía, la reproducción, antes que el encuentro con el original. Se nos vela la intimidad con la obra artística. Anduve buscando a Giotto por los tres pisos del Vittoriano. Y sí, muy arriba había un par de dípticos. Lo demás era una muestra patosa de un corifeo de coetáneos, que le imitaban y simulaban su arte con un manierismo cursi. Nadie ha pintado un ojo como Giotto. Un ojo de Giotto se distingue de un millón de ojos. Pero el ojo fotografiado del ojo de Giotto ha perdido la luz y se vuelve estrábico, es mera retórica, precaución ante la falta de vida. El ojo de Giotto, sin embargo, ve, y uno se ve obligado a apartar la vista.
Javier Alonso Sandoica
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid