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Con ojos de mujer
Silencio, por favor
Decía Bernard Shaw que era tan partidario de la disciplina del silencio que podría hablar horas enteras sobre ella.
Recuerdo la primera vez que entré en el Museo del Prado con mi hijo Ángel, de 4 años, y con Irene, de año y medio. Mi marido y yo pensamos que arriesgábamos demasiado y que tendríamos que salir, un tanto frustrados, a los diez minutos. Nada más lejos de la realidad. No sólo disfrutaron de la experiencia, sino que aprendieron y descubrieron un buen montón de cosas. Por supuesto, sus retinas y las nuestras se fijaron en cuestiones diferentes. A ellos les llamó la atención el tamaño de los cuadros, la manera en que la gente su mueve por las salas, la moda del siglo XVII y los tipos de perros y demás animales de los retratos. Descubrieron, a su manera, la belleza y entendieron perfectamente la importante que era, en esa circunstancia, hablar bajito.
Las oportunidades para alimentar la sensibilidad son continuas y hay niños que, desde una edad muy temprana, tienen una curiosidad enorme, no sólo por la simbología religiosa que encuentran al entrar en una iglesia, sino por todo lo que significa cultivar la interioridad. Con la de necesidades inútiles a las que la sociedad les ata, ¿por qué no crearles, desde pequeños, necesidades que lejos de esclavizarles les liberarán de toda atadura?
Algún día, cuando crezca, le explicaré a mi hijo lo mucho que me hacen pensar sus comentarios cuando rezamos por las noches. Recuerdo un día que, por estar cansada, pretendía reducir ese momento a la mínima expresión, y él me dijo, un poco molesto, que no habíamos dado las gracias por nada; o cuando me preguntó si él también era fruto de mi vientre. Ellos nos ofrecen con su especial sensibilidad la oportunidad de crecer a todos los niveles.
Así, por ejemplo, con mi hijo he comprobado que, tras experimentar el perdón, llega un momento que necesitan no sólo reconciliarse con su padre y conmigo, sino con él mismo y con Jesús, cuando sabe que ha hecho algo que está mal. El perdón le hace sentir bien, porque sabe que siempre va unido a un abrazo gigante.
La última charla para padres en el colegio de mi hijo mayor comenzó con una pregunta: ¿Cómo desearíais que fueran vuestros hijos? Estos interrogantes siempre tienen parte de pregunta-trampa, porque está claro que nuestros hijos serán como quieran ser y no como queramos nosotros que sean. Yo pensaba que si algo deseo para ellos, por encima de todas las cosas, es que sean felices. Ahí es nada. Darles las herramientas para que puedan exprimir la vida al máximo, salir airosos de las dificultades con las que se encuentren en la vida y poder ofrecer al prójimo un corazón sonriente. Ayudarles a desarrollar su sensibilidad y su espiritualidad es uno de los mejores legados que podemos dejarles.
Ayer me dijo Ángel que quería hablar con Jesús y que me callara, «por favor, porque en silencio se le escucha mejor». Y pensé, con Bernard Shaw, que sobre esta materia tan callada, yo podría hablar horas enteras.
Amparo Latre