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Punto de vista
Democracia, ¿sólo para mí y los míos?

Leo en un importante diario la indignación de quien se confiesa fuera de la Iglesia por la ceremonia de la recepción de un obispo en su diócesis. Y justifica su indignación en que «la Iglesia tiene la costumbre de inmiscuirse en la vida pública». Sobre esa base apoya su artillería: «España no se termina de sacudir de una vez la caspa católica... Tenemos que reivindicar que la Iglesia no interfiera en la vida de la sociedad, que nos deje en paz a los que no somos sus fieles».
La democrática libertad de opinión se basa en el derecho de todos a participar en la opinión pública, e influye después en la organización política y social. Por los medios legítimos -asociaciones, grupos, partidos, medios de comunicación, tribunas, aulas o en plena calle-, cada cual puede exponer su concepción del hombre y de la sociedad, aunque, con ello, trate de influir en las decisiones comunes.
Y no sólo para esas concepciones generales; también para lograr sus particulares intereses. Así, las asociaciones de abogados, médicos o fontaneros, los sindicatos o asociaciones empresariales, los clubs de fútbol y los movimientos gays, a quienes les admiten burlas, insultos y punzantes caricaturas. Incluso en muy acreditadas democracias hay lobbys poderosos, infiltrados en las áreas de decisión, para hacer valer sus intereses. Todos ellos, al tratar de influir, ¡claro que nos afectan a los demás! Pues ahora resulta que aquí, nuestros recién estrenados demócratas echan los pies en alto porque un grupo, el de los católicos -probablemente el más numeroso del país, el de una tradición humanista, cultural, artística y de solidaridad más prolongada-, se atreve a decir cómo concibe al hombre y a las relaciones humanas. Y ello aun con el legítimo derecho a influir en la vida pública. Los autoproclamados demócratas nos dicen a los demás: Libertad, sí, pero sólo para nosotros y para aquellos a los que nosotros otorguemos el derecho de serlo. Que el grupúsculo de artistas progres de movilización inmediata sea útil en una jornada preelectoral, vale. Que los católicos -ciudadanos de a pie u obispos, que también éstos son ciudadanos- digan cómo conciben a la familia, ¡que se callen! Y que no nos molesten a los que queremos implantar otro concepto de familia, cuyos frutos ya empiezan a verse en las aulas, en la calle y en la convivencia en general.
Es decir, democracia para mí y los míos. Y censura para los demás. Sobre todo si son esos tan casposos, que tanto mal están haciendo a la sociedad (Teresa de Calcuta o los millones de voluntarios de Cáritas), que se llaman católicos y que siguen a Quien no tuvo nada que ver, por lo visto, con el hecho de que los seres humanos empezasen a relacionarse como hermanos.
Venancio-Luis Agudo
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid