Alfa y Omega > Nº 637 > Desde la fe
Los retos a los que se enfrenta el nuevo ministro de Educación
La urgencia de salvarnos del descarrilamiento educativo
En la última reforma de Gobierno, uno de los cargos que ha cambiado de cara ha sido el del titular del Ministerio de Educación. Tres ministros (de momento) en sólo dos legislaturas, quizá no sea el promedio más apropiado para una de las carteras más importantes del Ejecutivo; sin embargo, los males de fondo se mantienen: fracaso escolar, falta de libertad de elección, caos lingüístico... ¿Se puede salvar España del descarrilamiento educativo?

Justo cuando comienza la tercera evaluación y se abre el período de matriculación escolar para el próximo curso, don Ángel Gabilondo, hermano del periodista Iñaki Gabilondo y hasta ahora Rector de la Universidad Autónoma de Madrid, acaba de tomar el relevo a Mercedes Cabrera al frente del Ministerio de Educación. Es el tercer ministro para la misma cartera en menos de dos legislaturas, y los grandes problemas del sistema educativo siguen pendientes: fracaso escolar en aumento, reforma del Bachillerato, exclusión de la clase de Religión, falta de libertad para elegir el centro, caos lingüístico, discriminación de las enseñanzas concertada y diferenciada... Los expertos advierten: urge que alguien ponga freno al tren de la decadencia en el que viaja nuestro sistema, o las consecuencias serán fatales. Con los datos en la mano, la tarea no se le presenta sencilla al nuevo ministro.
Cifras preocupantes
En este curso, hay casi 200.000 alumnos más en la enseñanza no universitaria (resultado del aumento de nacimientos a partir de 1999 y de la constante llegada de menores inmigrantes); el 15% de los padres que solicita plaza en un colegio concertado no obtiene el puesto escolar, porque la Administración no facilita la construcción de estos centros, que suponen el 26% de los colegios de España; seis de cada diez profesores de la escuela estatal consideran que sus alumnos pasan de sus clases; el 75% de los docentes se sienten desmotivados y el 48% creen que en cinco años la cosa irá a peor. Además, el fracaso escolar, que España se había comprometido a reducir hasta el 10% para 2010, supera el 30% y se extiende por el nordeste de la península, zona hasta ahora más o menos blindada a esta peste educativa.
En opinión de don José Manuel Lacasa, investigador educativo y subdirector de la revista Magisterio, los retos educativos se resumen en tres: «El fracaso escolar, el fracaso escolar..., y el fracaso escolar. Eso es lo que nos distingue del resto de países desarrollados. Solucionar el fracaso al final de la ESO es complicado, porque su origen está ocho años antes. Su causa básica está en las deficiencias de lectura y otros conocimientos básicos que los niños arrastran ya en Primaria». Es decir, que el problema está en el fondo del sistema, en los raíles por los que circula nuestra escuela. En palabras de Lacasa, «el tsunami educativo se llama LOGSE. En cuanto cambie el sistema, mejorará el fracaso. Si estamos en el 31% y tenemos que bajar al 10% -cifra que la Unión Europea se marcó para 2010 en el llamado Compromiso de Lisboa-, un sistema que propicie un descenso de cuatro o cinco puntos se va a vender como la panacea, cuando es una condena más para nuestros alumnos».
Libertad... sólo para algunos
Otra de las graves deficiencias de nuestro sistema lleva el sello de la discriminación: la que sufren la escuela concertada y la enseñanza diferenciada. La Federación Española de Religiosos de Enseñanza (FERE), en su última Asamblea anual, denunció que «la diferencia en el trato a la escuela pública y a la concertada se ha visto incrementada en el último año con numerosos ejemplos de ayudas, dotaciones, recursos adicionales, programas específicos, etc., destinados exclusivamente a los alumnos escolarizados en centros públicos». Esto ha llevado a la creación del primer Observatorio contra la discriminación en el ámbito de la enseñanza, que demanda de la Administración «una verdadera igualdad a la hora de distribuir recursos». La escuela católica recuerda que no persigue «ningún privilegio para la escuela concertada; pero tampoco está dispuesta a cruzarse de brazos y seguir callada al comprobar que familias que quieren para sus hijos un centro con un carácter propio católico se sienten discriminadas con respecto a las familias de la escuela pública en la adecuada financiación o en el acceso al transporte escolar, las becas, el bilingüismo, etc.»
En lo relativo a la enseñanza diferenciada, aquella que separa a los niños de las niñas en el aula -aunque puedan compartir espacios comunes del centro- para adaptarse a los diferentes ritmos biológicos de los alumnos, la libertad de elección no pasa por su mejor momento. Los sindicatos y la asociación progubernamental de padres CEAPA exigieron, hace unas semanas, que sólo se subvencionase a los centros mixtos, a pesar de que el Supremo y la UNESCO han afirmado que la enseñanza diferenciada no es discriminatoria, y de que este modelo se impone cada vez con más fuerza desde Nueva York a Londres. Don José Manuel Lacasa afirma que, en términos pedagógicos, «lo que se discute es si es mejor o no la diferenciada que la mixta, pero no que sea peor que la diferenciada. La obsesión de nuestros poderes públicos es ideológica, como lo es su afán de meterse en todo, y hasta que no se apeen del burro, o dejemos de elegirlos como poderes públicos, poco habrá que hacer».
¿El fin del caos lingüístico?
Uno de los (¿pocos?) signos de esperanza en nuestra escuela son los anuncios políticos llegados de Galicia y País Vasco. En tierras gallegas, el nuevo Presidente de la Junta, don Alberto Núñez Feijoo, ha asegurado que «se acabaron las galescolas»; mientras que, desde Vascongadas, el PSE y el PP han firmado un acuerdo para garantizar la libertad de los padres a elegir el idioma que quieran para escolarizar a sus hijos. ¿Es el fin del caos lingüístico? Lacasa avisa: además de los «centros-gueto basados en el idioma, no sólo hay un problema de elección, también lo hay de calidad y de modelo. Hay que aumentar los estándares de exigencia. Los niños son capaces de dar mucho más de sí. Sólo hay que pedírselo».
José Antonio Méndez
Religión, la gran marginada

Uno de los asuntos más polémicos en el debate educativo es el de la asignatura de Religión católica. Actualmente, los centros están obligados a ofrecerla y los alumnos pueden elegirla como optativa, aunque sin alternativa del mismo peso. Es decir que, aunque los Acuerdos Iglesia-Estado establecen que debe ser impartida «en condiciones equiparables al resto de asignaturas fundamentales», y así lo acaba de ratificar el Tribunal Supremo, hoy por hoy, los alumnos pueden optar por estudiar y examinarse de Religión católica o... no hacer nada. A pesar de esta clara discriminación, la asignatura es la opción mayoritaria entre los alumnos españoles, desde Educación Infantil hasta Bachillerato. Tres de cada cuatro alumnos (más de 3,5 millones de alumnos, de los 4,7 de toda España) la eligen para sí. Sin embargo, como denuncian los padres y los centros, cada vez son más los institutos que sitúan la clase a última o a primera hora, sin alternativa, para que los alumnos puedan irse a casa o entrar más tarde. Por ejemplo, la Comunidad de Madrid ha establecido que los alumnos que no cursen la asignatura no sólo no tendrán alternativa evaluable y que compute para la nota media (como ocurre en Religión), sino que irán a la biblioteca del centro. Si en cualquier curso esto supone un atractivo para los alumnos que quieren trabajar menos, el porcentaje de estudiantes que prefieren no incrementar su carga lectiva se multiplica en Bachillerato. Para muestra, un botón: frente al 22% de bachilleres que eligió el año pasado la asignatura, en el curso 2008/2009 ha descendido al 14,5%. La Conferencia Episcopal acaba de lanzar una nueva campaña para fomentar la clase de Religión, y ha denunciado «las dificultades que esta enseñanza tiene que superar por el entorno, tanto social como legal, en que se mueve. La LOE ha creado nuevas trabas para que los alumnos opten en igualdad de oportunidades en la elección de la asignatura de Religión. Se ha disminuido el horario en Secundaria e incluso se ha dejado el Bachillerato sin ninguna alternativa. A esto hay que añadir ciertas prácticas administrativas que, al comienzo de cada curso, dificultan la debida ocupación de las plazas vacantes de profesores».
Los retos del nuevo ministro
Desde hace una semana, tenemos a un tercer ministro, don Ángel Gabilondo, para dirigir la maltrecha educación española. Las ministras anteriores -María Jesús Sansegundo y Mercedes Cabrera- fueron incapaces de remontar el fracaso y abandono escolar, que sitúan a España entre los últimos países de la OCDE, y pasarán a la Historia por haber dado más importancia a su sectarismo ideológico que a buscar soluciones eficaces para remontar la crisis educativa, mucho más larga y profunda que la crisis económica con la que actualmente convive. Las citadas ministras -especialmente Mercedes Cabrera-, además de discriminar notoriamente a quienes no compartían sus ideas -premiando a sindicatos y asociaciones amigas-, han perseguido y amenazado a quienes defendemos la libertad de enseñanza, reconocida en el artículo 27 de la Constitución, y han despreciado el derecho de los padres a educar a nuestros hijos conforme a nuestros principios o convicciones. Negarse al diálogo con CONCAPA -que representa a más de tres millones de familias- para buscar soluciones acerca de la materia Educación para la ciudadanía, es uno de los muchos ejemplos que podríamos citar. Nada permite suponer que el nuevo ministro será mejor -porque también ha sido designado por quien nombró a las anteriores-, pero la cortesía y la esperanza obligan a concederle un mínimo período de gracia por treinta días. Trabajo tiene más que de sobra: elevar el nivel educativo de los estudiantes; reducir el abandono y la violencia escolar; cesar de discriminar y maltratar a la escuela concertada y a la educación diferenciada; promover mayor libertad de enseñanza; colaborar lealmente con las asociaciones de padres, etc. Ciertamente, el nuevo ministro tiene un expediente brillante y ha demostrado su capacidad de diálogo en su cometido anterior, pero nuestra duda es si podrá más su ideología política o su deber de servicio a la educación española. ¡Ojalá se decante por la última opción! Seremos los primeros en felicitarle.
Luis Carbonel
Presidente de CONCAPA