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82 años -los cumple hoy- y cuatro de pontificado
Al estilo paulino


Benedicto XVI, el pasado Domingo de Ramos,
durante la Eucaristía en la Plaza de San Pedro
Desde siempre, pero últimamente mucho más, los Papas han sido signos de contradicción; especialmente para los ideólogos secularistas y secularizadores. Con Pablo VI, por aquello de la apertura a sinistra y del humanismo maritainiano, hubo una tregua; pero en cuanto escribió la Humanae vitae, se le echaron encima y tuvo que hablar del humo de Satanás. A Juan Pablo II el Magno lo quisieron matar. A su sucesor, Joseph Ratzinger, le quieren imponer su dictadura del relativismo, pero tiene el coraje de denunciarlo urbi et orbi y de hablar también, con grandeza nunca agradecida, de la cantidad de basura que hay tejas abajo de la propia Iglesia.
Cuando cumple 82 años y cuatro de pontificado acaba de enviar a L’Aquila, martirizada por el terremoto, los Santos Óleos que consagró esta Semana Santa. Y al entregar la Cruz de las Jornadas Mundiales de la Juventud, a los jóvenes de Madrid, y el icono de María Madre de Dios, no ha tenido reparo en denunciar que «quien promete una vida sin sacrificio engaña a la gente», y pide que no se reduzca el cristianismo a una ideología caduca como todas las demás, o a una retahíla de consignas y etiquetas, porque el cristianismo no es eso. Como su venerado predecesor polaco, que empezó a acabar con el catolicismo vergonzante, Benedicto XVI no acepta bajar a compromiso alguno cuando se trata de proclamar la verdad, porque Jesucristo dijo: Yo soy la verdad. Como no tiene nada que esconder ni de qué avergonzarse -que se avergüencen otros-, les dice a todos los teólogos de nómina rentable que no se empeñen en querer hacerle decir lo que no dice; ni en Ratisbona, ni en África; ni en el Vaticano, ni en Tierra Santa. Y que no, que no está solo ante el peligro; que el peligro y los peligrosos son los que están solos de verdad. Es más: confiesa, con admirable candidez, que cuando oye o lee que está solo, le da la risa.
Un intelectual italiano acaba de revelar que cuando le elogió a Juan Pablo II la impresionante encíclica Fides et ratio, el Papa le confesó: «Es que, ¿sabe usted?, tengo colaboradores excepcionales y muchas de las ideas de la encíclica no son mías». Es como decir que sin Ratzinger, su alma teológica, el pontificado de Juan Pablo II no hubiera sido igual. Benedicto XVI ha dado un paso más que el de llegar a los nuevos areópagos: profundiza y ahonda en el significado de la fe y de la Iglesia como comunidad arraigada en la vida de oración y sacramental. Estaba a punto de anunciar su encíclica social, cuando estalló, brutal, la crisis económica global y ha esperado para responder más adecuadamente, desde la doctrina social de la Iglesia, a los nuevos elementos reales de la situación actual. «Espero -ha dicho- contribuir con fuerza a superar la difícil situación presente».
Custodio valiente de la verdad
Le acusan de falta de credibilidad los que jamás se la han dado ni a él ni a ningún Papa, pero tanto Juan Pablo II como él acallan esa irresponsabilidad sistemática y mediáticamente programada. Benedicto XVI, desde la suave pero implacable racionalidad de su fe, diagnostica, sin medias tintas, tanto para los de Lefebvre como para los de Küng; tanto sobre la humanización de la sexualidad, que los frívolos e incompetentes confunden con el preservativo, como en la defensa de la vida, o en la demostración de que en la acogida del Concilio hubo fisuras. Dice, como su antecesor, exactamente lo que tiene que decir como custodio de la verdad, salgan por donde salgan los profesionales de la instrumentalización.
Confirma en la fe a sus hermanos de un mundo que quiere expulsar a Dios de su horizonte y que ha declarado anacrónica la apologética, es decir, la búsqueda y sintonía de fe y razón, de ciencia y milagro, de cultura y de piedad popular. Al margen de chismorreos y corrillos clericaloides, habla de fe, de esperanza y de amor; o si ustedes lo prefieren, de amor, fe y esperanza, por ese orden. Le interesa más escribir a los obispos cartas humildísimas y lapidarias para la paz en la Iglesia, que perder el tiempo, con todo lo que hay que hacer; y eso, aunque los más altivos no sean capaces de comprenderlo. Y, naturalmente, antes que a Tierra Santa, va a ir a L’Aquila, con sus hijos que sufren, porque ha sabido transformarse insuperablemente de teólogo en pastor. Tiene la coherencia y la sabiduría antigua de un Padre de la Iglesia y procura, en el Año Paulino, hablar tan claro como hablaba Pablo. Con la misma humildad, sin remilgos y también con la misma energía interior.
Miguel Ángel Velasco
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