Alfa y Omega > Nº 638 > España
Discurso del cardenal Rouco, en la apertura de la 93 Asamblea Plenaria del episcopado
Predicar el Evangelio de la vida no es hacer política
La próxima Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, el año sacerdotal, el derecho a la vida y la crisis económica son los cuatro temas claves del discurso inaugural de la 93 Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal, pronunciado por su Presidente, el cardenal Rouco, arzobispo de Madrid. Recogemos lo esencial de sus palabras:


Momento de oración, durante la Asamblea Plenaria
de los obispos españoles
Vuelve a España la Cruz de las Jornadas Mundiales de la Juventud. Las Jornadas son una ocasión privilegiada para el encuentro de los jóvenes con Cristo, tanto de aquellos que ya le siguen, insertos en diversas realidades eclesiales y que se benefician de ese gran acontecimiento universal en torno al Papa para profundizar en su entrega al Señor y decidir su vocación, como de aquellos que, más o menos alejados de la Iglesia, son gratamente sorprendidos por la fe viva y contagiosa de sus coetáneos, e impulsados a la conversión a Dios. Se trata más bien de una peregrinación o camino espiritual que no cesa y que exige también una preparación. Con la ayuda de Dios, la tercera semana de agosto de 2011, Madrid se convertirá en un lugar radiante de fe y de vida, donde jóvenes de todo el mundo festejan a Cristo con entusiasmo. Así lo preveía el Papa, el pasado Lunes Santo, en la Audiencia concedida a los jóvenes peregrinos españoles. Los jóvenes nos animarán también a nosotros -como han hecho en tantas ocasiones- a ponernos, cada vez con mayor empeño apostólico, a su servicio, cuando les veamos aceptar la Cruz.
Benedicto XVI, el pasado 16 de marzo, anunció su decisión de convocar un Año sacerdotal, que tendrá lugar desde el próximo 19 de junio hasta el 19 de junio de 2010, con ocasión del 150 aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars, Juan María Vianney (1786-1859), Patrono de los párrocos, a quien el Santo Padre califica de «verdadero ejemplo de pastor». La misión del presbítero se lleva a cabo en la Iglesia. Se caracteriza por una cuádruple dimensión: eclesial, de comunión, jerárquica y doctrinal.
La misión es eclesial, porque todo sacerdote sabe que no se anuncia a sí mismo, sino que es Otro quien quiere darse al mundo: «Dios es la única riqueza que los hombres desean encontrar en un sacerdote». La misión del presbítero se realiza en comunión, no tanto a causa de determinados aspectos de visibilidad social, cuanto porque tal socialidad eclesial «deriva esencialmente de la intimidad divina, de la cual el sacerdote está llamado a ser experto, para poder llevar las almas a él confiadas al mismo encuentro con el Señor». La misión implica una dimensión doctrinal porque exige no sólo conocimientos teológicos rigurosos, sino también una formación espiritual permanente. En esta formación hunde sus raíces el ministerio sacerdotal y ha de ser «llevada a cabo en comunión con la Tradición eclesial ininterrumpida». La misión del presbítero se inserta en la constitución jerárquica de la Iglesia. «La centralidad de Cristo trae consigo la valoración correcta del sacerdocio ministerial, sin el cual no existiría la Eucaristía ni, por tanto, la misión de la Iglesia misma». El Papa no olvida recordar que, en todo ello, «también parece urgente la recuperación de la convicción que impulsa a los sacerdotes a estar presentes, identificables y reconocibles tanto por el juicio de fe como por las virtudes personales, e incluso por el vestido, en los ámbitos de la cultura y de la caridad». El Año sacerdotal significa una gracia, una oportunidad providencial y una llamada a nuestra responsabilidad de obispos.
El derecho de todos a vivir
Uno de los campos de la vida social donde urge evangelizar es el de la conciencia acerca del don inestimable de la vida de cada ser humano y del derecho de todos a vivir, desde el momento de la concepción de un nuevo individuo de la especie humana hasta su muerte natural. Es conocida la sentencia de Julián Marías, que pensaba que «la aceptación social del aborto es, sin excepción, lo más grave que ha acontecido en este siglo», refiriéndose al siglo XX.
En efecto, el crimen del aborto ensombrece desde siempre la historia de la Humanidad. Pero ha sido en el siglo pasado cuando amplios sectores sociales han empezado a considerar públicamente que eliminar a los que van a nacer no sería algo de por sí reprobable, y cuando tal mentalidad ha encontrado eco en legislaciones que han dejado de proteger de modo adecuado el derecho de todos a vivir. También España se vió inmersa en las últimas décadas en el mencionado proceso de deterioro de la conciencia moral en lo que toca al valor sagrado de la vida humana. No queremos ni podemos cejar en este empeño de proclamar el Evangelio de la vida en toda su belleza y con todas sus consecuencias. Predicar el Evangelio de la vida y de la familia y ponerlo en práctica en la vida personal y social no es hacer política, en el sentido estricto de esta palabra. Se trata de procurar por medios legítimos el reconocimiento efectivo de aquellos valores éticos fundamentales que trascienden, preceden y sustentan la misma acción política, en particular, cuando se pretende conformar la vida en sociedad de acuerdo con los principios de un Estado democrático de Derecho. Juan Pablo II enseñaba a este respecto: «Si, por una trágica ofuscación de la conciencia colectiva, el escepticismo llegara a poner en duda hasta los principios fundamentales de la ley moral, el mismo ordenamiento democrático se tambalearía en sus fundamentos, reduciéndose a un puro mecanismo de regulación empírica de intereses diversos y contrapuestos». No faltan entre nosotros quienes, al menos de hecho, parecen querer reducir la democracia a tal mecanismo empírico de regulación de intereses, cuando afirman que las leyes deben representar simplemente una especie de denominador común de las diversas opiniones e intereses presentes en la sociedad, aun cuando lo que esté en cuestión sea nada más y nada menos que el derecho fundamental a la vida de los más débiles e inocentes, como son los que van a nacer.

Un momento de la intervención del cardenal Rouco
Debemos recordar de nuevo el derecho fundamental e inalienable de los padres y de las escuelas en colaboración con ellos a educar a sus hijos en los principios morales y religiosos que libremente asumen y cultivan. El Estado no puede ignorar tal derecho básico si no es cegando las fuentes de la sustancia moral capaz de configurar y de alimentar al sujeto moral y, en definitiva, al ciudadano responsable. Se violan los derechos de los padres y de las escuelas cuando se impone legalmente a todos una determinada visión antropológica y moral, es decir, una formación estatal de las conciencias. Otra cosa sería la oferta de una formación jurídica básica sobre las Declaraciones de los Derechos Humanos o sobre la Constitución española. En esta perspectiva podría hallarse una solución a los graves problemas planteados por la llamada Educación para la ciudadanía. Lo que sigue preocupándonos tanto acerca del estatuto de la asignatura y de los profesores de Religión católica, también podría resolverse con voluntad de diálogo y de responder al ejercicio de un derecho fundamental que los padres reclaman ejercitar, año tras año, de modo masivo.
La crisis económica
Cualificados especialistas consideran que las muy graves dificultades que padece nuestra economía, en el marco de una crisis de carácter mundial, también tienen que ver con una crisis global de naturaleza ética. La situación ha ido empeorando y nuestras comunidades eclesiales han de atender a un número cada vez mayor de personas y familias necesitadas de alimento, vestido, dinero para pagar alquileres e hipotecas y otras deudas improrrogables que ponen en peligro la subsistencia de las familias.
El próximo Día de la Caridad, en la Solemnidad del Corpus Christi, nos proporciona una nueva oportunidad para intensificar el esfuerzo de Cáritas y la generosidad de tantos hijos e hijas de la Iglesia, que se vuelcan en el servicio y en la ayuda a los necesitados. No pocos de los fieles reclaman que la caridad llegue a expresarse en el discernimiento de las causas éticas, individuales o sociales, que han provocado la crisis. Apelan a una actualización de la doctrina social de la Iglesia para ayudar a superar el lamentable estado de cosas, a través de la conducta personal renovada y del compromiso activo con la sociedad y la comunidad política. Sin un cambio profundo de mentalidad y actitudes, a la luz de una conciencia moral rectamente formada, de una verdadera conversión personal y social, difícilmente se remontará esta grave crisis, cuyos horizontes se muestran inciertos e imprevisibles.
Será muy difícil superar esta crisis, de tan hondas raíces morales y humanas, sin el respeto de los imperativos espirituales y morales de la sobriedad y la austeridad; de la aceptación del sacrificio personal en aras del bien común. Hemos de dar ejemplo y abrir el camino a la conversión, con nuestra vida personal y familiar, social e institucional. Si siempre es obligado el compromiso de los católicos en la vida pública, en esta hora histórica lo es mucho más.
+ Antonio Mª Rouco Varela
Elección de cargos clave para la CEE
Pocas son las Asambleas Plenarias que no abordan cuestiones de gran relevancia para la Iglesia en España y para la organización interna de la Conferencia Episcopal Española (CEE). No en vano, la reunión de todos los obispos españoles sólo se celebra dos veces al año, y de ahí que se aprovechen al máximo los cuatro días de trabajo conjunto. La 93 Asamblea, que se clausura mañana, no es una excepción. En primer lugar, porque ésta es la última que contará con la presencia del cardenal Antonio Cañizares como miembro del Comité Ejecutivo y, por tanto, de esta Plenaria saldrá el obispo o arzobispo que ocupe su lugar (al cierre de esta edición todavía no se había hecho público el nombramiento). En rigor, y según los estatutos de la CEE, el cardenal Cañizares, actual Prefecto de la Congregación para el Culto Divino, seguiría siendo miembro de pleno derecho de la Conferencia hasta la toma de posesión de su sucesor en la diócesis primada de Toledo, monseñor Rodríguez Plaza; sin embargo, ha sido el mismo cardenal Cañizares quien ha presentado la renuncia como miembro del Ejecutivo para que los obispos puedan adelantar el nombramiento de su sucesor.
Otra elección ocupará buena parte de las deliberaciones: la del sucesor del cardenal García Gasco, arzobispo emérito de Valencia, al frente de la Comisión episcopal para la Doctrina de la Fe. El peso de la Comisión es notable, pues vela por la adecuación al magisterio de la Iglesia de las iniciativas pastorales y eclesiales de cada diócesis, amén de su estrecho vínculo con la Congregación Vaticana para la Doctrina de la Fe.
Como es lógico, no sólo se someterán a votación estos cargos, sino que, además, los obispos españoles trabajarán sobre otras cuestiones. Por ejemplo, en el estudio y posible aprobación del Mensaje sobre el 50º aniversario de Manos Unidas, que será presentado por el arzobispo de Santiago de Compostela, y Presidente de la Comisión episcopal de Apostolado Seglar, monseñor Julián Barrio. Asimismo, la Plenaria recibirá información sobre los preparativos de la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid 2011, para que en cada diócesis pueda iniciarse, desde ya, la preparación y motivación de los jóvenes, y promoverse una masiva participación en la JMJ. De la mano de esta iniciativa, los obispos estudiarán la situación de la pastoral de la Eucaristía en España. El obispo de León, monseñor López Martín, introducirá el tema, además de presentar para su aprobación las traducciones de los textos litúrgicos del Misal Romano.
J. A. Méndez
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid