Alfa y Omega > Nº 650 > Desde la fe
Importancia de la encíclica Caritas in veritate para la economía
El camino del desarrollo integral
La opinión que, sobre las cuestiones económicas, surge del ámbito de la Iglesia católica, tiene una repercusión extraordinaria en la marcha posterior de la vida material. ¿No tuvo un impacto grande en la marcha de los mecanismos productivos y distributivos de la Edad Media lo que señalaba san Antonino? Y para el encaje de la revolución comercial y financiera que estalla en el siglo XVI, con el inicio de la globalización, ¿no son fundamentales las aportaciones de los teólogos de la Escuela de Salamanca, y, muy en especial, las de los discípulos de Francisco de Vitoria?

Viniendo a tiempos más recientes, tras la Revolución Industrial, pasa a ser esencial, para explicar el funcionamiento de multitud de aspectos de la vida diaria, todo lo sucedido tras esa serie de grandes encíclicas que confirmaron la llamada doctrina social de la Iglesia a partir de 1891 y la Rerum novarum de León XIII. Piénsese, en España, desde las realizaciones del Instituto de Reformas Sociales, a la puesta en marcha de políticas familiaristas.
La cuestión clave es que la economía mundial, que tras estas doctrinas en algún grado, a veces muy importante, pasa a ser diferente, está sometida a un proceso dinámico fortísimo. Nada tiene que ver la economía medieval con la del Renacimiento, y ésta, nada se parece a la de los inicios de la Revolución Industrial. Pero ésta, además, como nos señaló recientemente el profesor Nove, ha incrementado su aceleración. Para ser actual, la doctrina social de la Iglesia ha de tener en cuenta todo esto. Por eso, los consejos de san Antonino no son los de Domingo de Soto; ni éstos los del jesuita Juan de Mariana; ni los de Mariana son exactamente el contenido de los sermones del padre Félix, en Notre Dame, en el siglo XIX; ni éstos son los de León XIII; ni los de León XIII los de Pío XI; ni los de Pío XI los de Pablo VI y el Concilio Vaticano II: ni todo esto responde exactamente al mundo que contempla Juan Pablo II; y desde luego, por los cuarenta años transcurridos desde la encíclica Populorum progressio -ya había sido necesario que se publicase la Sollicitudo rei socialis, de Juan Pablo II a los veinte-, exigían una orientación los cambios vertiginosos ocurrido. Y ésta ha llegado.
La crisis, como oportunidad
Ésta es la primera nota a señalar: la puesta al día que se ofrece en la Caritas in veritate es una de sus características. Pero su importancia se acrecienta cuando, como punto central, se señala: «A lo largo de la Historia, se ha creído con frecuencia que la creación de instituciones bastaba para garantizar en la Humanidad el ejercicio del derecho al desarrollo. Desafortunadamente, se ha depositado una confianza excesiva en dichas instituciones, casi como si ellas pudieran conseguir el objetivo deseado de manera automática. En realidad, las instituciones por sí solas no bastan, porque el desarrollo... exige, además, una visión trascendente de la persona, necesita a Dios». Únicamente «el encuentro con Dios permite no ver siempre en el prójimo solamente al otro, sino reconocer en él la imagen divina», con lo que se atacan mil vulgaridades derivadas del teorema de la mano invisible. Recordemos que éste se deriva de la obra de Mandeville, Fábula de las abejas o cómo los vicios privados producen bienestar público, de donde se desprende este teorema de Adam Smith: si cada uno busca maximizar sus beneficios, sin preocuparse de los demás, el beneficio colectivo es el máximo posible. Pues bien, como ahora mismo se comprueba con el hundimiento de la economía mundial, fruto de unas operaciones financieras generalizadas, donde se mezclaba la pedantería con la irresponsabilidad, cuando no también con una avaricia descomunal, es cierto lo que dice la encíclica: «El objetivo exclusivo del beneficio, cuando es obtenido mal y sin el bien común como fin último, corre el riesgo de destruir riqueza y crear pobreza». Esa comprobación actual, y que subraya esta encíclica, se une a planteamientos sobre el mundo financiero y su actuación que proceden de la Escuela de Friburgo, situada en esta Universidad católica, con un origen en los Grundlagen de Eucken, que en su base era claramente crítica del nacionalsocialismo, aparecidos en 1940. Naturalmente, esto no es una condena al capitalismo o a la economía libre de mercado -como ha pretendido, de modo apresurado, Ernst-Wolfgang Böckenförde en su equivocado comentario a la encíclica El hombre funcional. Capitalismo, propiedad, rol de los Estados, publicado en Il Regno, una revista de los padres dehonianos-, sino una advertencia básica para no caer en simplismos que, además, contradicen el mensaje básico cristiano. He aquí que, «de este modo, la crisis se convierte en ocasión de discernir y proyectar de un modo nuevo».
Y este modo nuevo es el que se explaya minuciosamente en la encíclica, mostrando cuál es el camino de «aquel desarrollo humano e integral, cuyo criterio orientador se halla en la fuerza impulsora de la caridad en la verdad».
Juan Velarde Fuertes