Alfa y Omega > Nº 656 > Criterios
La realidad es tozuda

«Hoy se da una profunda contradicción. Mientras, por un lado, se reivindican presuntos derechos, de carácter arbitrario y superfluo, con la pretensión de que las estructuras públicas los reconozcan y promuevan, por otro, hay derechos elementales y fundamentales que se ignoran y violan en gran parte de la Humanidad»: así dice Benedicto XVI en su última encíclica, Caritas in veritate. Y señala la escandalosa relación entre la reivindicación incluso del derecho «a la trasgresión y al vicio, en las sociedades opulentas, y la carencia de comida, agua potable, instrucción básica o cuidados sanitarios elementales en ciertas regiones del mundo subdesarrollado y también en la periferia de las grandes ciudades». Este certero diagnóstico hasta parece que se queda corto respecto a ciertas propuestas legislativas en España, donde la contradicción destruye la más elemental racionalidad, al pretender que el más abominable de los crímenes, como es el aborto provocado, ¡se convierta en un derecho! Es preciso seguir escuchando a Benedicto XVI, que apela, como no puede ser de otro modo, a la razón, a la verdad que nos hace libres:
«Los derechos individuales, desvinculados de un conjunto de deberes que les dé un sentido profundo, se desquician y dan lugar a una espiral de exigencias prácticamente ilimitada y carente de criterios. La exacerbación de los derechos conduce al olvido de los deberes. Los deberes delimitan los derechos porque remiten a un marco antropológico y ético en cuya verdad se insertan también los derechos y así dejan de ser arbitrarios. Por este motivo, los deberes refuerzan los derechos y reclaman que se los defienda y promueva como un compromiso al servicio del bien. En cambio, si los derechos del hombre se fundamentan sólo en las deliberaciones de una asamblea de ciudadanos, pueden ser cambiados en cualquier momento y, consiguientemente, se relaja en la conciencia común el deber de respetarlos y tratar de conseguirlos. Los Gobiernos y los organismos internacionales pueden olvidar entonces la objetividad y la cualidad de no disponibles de los derechos. Cuando esto sucede, se pone en peligro el verdadero desarrollo de los pueblos».
Acaba de celebrarse en Madrid el I Congreso de Juristas Católicos, y ha dejado claro, como se dice en la portada de este número de Alfa y Omega, que «la moral no depende de los votos», y quien persiste en tal empeño se verá, en definitiva, arrollado por la tozuda realidad, él y los que con él se empeñen. Como bien se ha dicho en este Congreso, ganar unas elecciones no da legitimidad para cambiar los códigos morales. La realidad es la que es, y no hay perdición mayor que obstinarse en ignorarla e inventarla a gusto del consumidor. No es cuestión de mayorías o de minorías, ni podrá ser nunca resultado de consenso alguno. Arrastrado por la corriente imparable de las aguas, ¿puede alguien esperar la salvación de mayorías o de consensos que no sean la Realidad, ciertamente innegociable, de una Mano segura que lo agarre y lo libere? En la citada encíclica, Benedicto XVI muestra así de clara la realidad ante la que no caben componendas; es cuestión de vida o muerte: «Dios revela el hombre al hombre; la razón y la fe colaboran a la hora de mostrarle el bien, con tal que lo quiera ver; la ley natural, en la que brilla la Razón creadora, indica la grandeza del hombre, pero también su miseria, cuando desconoce el reclamo de la verdad moral».
Estas palabras se hacen eco, sin duda, de aquéllas de Juan Pablo II, en su encíclica Veritatis splendor, de 1993, cuando denunciaba que, hoy «se pone en tela de juicio, de modo global y sistemático, el patrimonio moral», bajo la influencia «de corrientes de pensamiento que terminan por erradicar la libertad humana de su relación esencial y constitutiva con la verdad. Y así -añadía el Papa-, se rechaza la doctrina tradicional sobre la ley natural y sobre la universalidad y permanente validez de sus preceptos; se consideran simplemente inaceptables algunas enseñanzas morales de la Iglesia; se opina que el mismo Magisterio no debe intervenir en cuestiones morales más que para exhortar a las conciencias y proponer los valores en los que cada uno basará después autónomamente sus decisiones y opciones de vida». La dictadura del relativismo, tan lúcidamente definida por su sucesor, está servida. «Es inaceptable -seguía diciendo Juan Pablo II- la actitud de quien hace de su propia debilidad el criterio de la verdad sobre el bien, de manera que se puede sentir justificado por sí mismo, incluso sin necesidad de recurrir a Dios y a su misericordia. Semejante actitud corrompe la moralidad de la sociedad entera, porque enseña a dudar de la objetividad de la ley moral en general y a rechazar las prohibiciones morales absolutas sobre determinados actos humanos, y termina por confundir todos los juicios de valor». Y como la realidad es tozuda, soltados de la Mano de la verdad no hay mayorías ni consensos que puedan salvarnos.
Con los encarcelados
(En la fiesta de La Merced)
Sea cual sea la historia de cada uno, debemos saber que la misericordia infinita de Dios es más grande que todos nuestros pecados. ¿No es esto un verdadero motivo de esperanza para todos? Por eso me dirijo a vosotros con esta carta. Y quiero añadir que también entre vosotros, y viviendo vuestras circunstancias, hay personas que creen lo que os digo, lo han experimentado y gozan, por ello, de paz interior en medio de las adversidades.
Yo comprendo que todo esto no es fácil de creer, y mucho menos, de entender, al menos de buenas a primeras. Pero creo firmemente que es verdad, y que, cuando se llega a entenderlo con la ayuda de la fe, hace brotar en el alma una nueva forma de ver las cosas, un estilo nuevo de vida, y una esperanza muy superior a toda otra esperanza terrena. Esa esperanza abre horizontes insospechados que renuevan constantemente la ilusión de vivir.
+ Santiago García Aracil
arzobispo de Mérida-Badajoz
Las cárceles no son realidades nuevas, fruto de nuevas situaciones económicas y laborales, pero sí puede ser nuevo para nuestras tareas pastorales atender, no sólo a quienes están en prisión, sino también a sus familias. Cuando el padre u otro miembro de la familia, que sostenía la economía, entra en prisión, en esa familia se origina una nueva pobreza, y no olvidemos que esas familias pertenecen a nuestras parroquias, sus hijos asisten a nuestros colegios...
Os recuerdo que otro de los objetivos específicos del curso 2009-2010 es reforzar la atención a los sectores alejados de la fe. Entre la población penitenciaria, cada vez se da más la presencia de extranjeros, algunos de ellos vienen de cultos cristianos no católicos y otros de diferentes religiones, pero todos son hijos del único Dios al que nosotros tenemos la suerte de conocerlo como Padre.
+ Ramón del Hoyo.
obispo de Jaén
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