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Las burbujas de un Consejo

Robert Dahl, antiguo Presidente de la Asociación Americana de Ciencia Política, que trabajó a las órdenes de John F. Kennedy, distingue entre pensamiento realista e ideológico. El segundo se caracteriza por considerar que sus teorías son siempre ciertas; si acaso, falla el modo de llevarlas a la práctica. En China, por ejemplo, los millones de muertes por hambre no se debieron a las ideas agrarias de Mao, sino a que los funcionarios del Partido no las aplicaron correctamente... Algo así ocurre estos días con el aborto. Desde hace años, las cifras no paran de aumentar, y desde hace años también, la respuesta a esos aumentos es siempre la misma: más prevención (o sea, más preservativos y educación sexual a los chavales, sinónimo, a su vez, de instrucción en el uso de los órganos genitales). Igual que ahora, con la salvedad de la ministra de Igualdad. Bibiana Aído, por alguna razón que ella conocerá, propone, como solución a los terribles datos del aborto... más facilidades para abortar. Desde el Partido Popular, se le ha escuchado a Ana Mato algo parecido a una crítica, y los reproches desde la siempre ortodoxa Cadena SER han sido fulminantes: integrista, sectaria...
Es difícil conseguir que algunos se planteen que sus ideas pueden estar equivocadas, aunque sea porque la práctica se empeña en demostrarlo. A veces, para que la gente empiece a abrir los ojos, se necesitan ejemplos de heroicidad. El Gran Duque de Luxemburgo y el juez de familia Fernando Ferrín Calamita son dos ejemplos recientes.
Enrique I de Luxemburgo se ha negado a firmar una ley para despenalizar la eutanasia, y el Gobierno, dizque democristiano, ha anunciado reformas a la Constitución para recortar sus poderes. «Creo que ha dado un gran testimonio» de coherencia cristiana, ha dicho a Radio Vaticano el arzobispo de Luxemburgo, monseñor Fernand Frank. El único precedente en el Principado de objeción de conciencia real fue en 1919, cuando la Gran Duquesa María Adelaida rechazó firmar una ley que reducía la formación religiosa en el sistema educativo. En 1990, el Rey Balduino, de Bélgica, se negó a firmar una ley abortista.
Más difícil parece, en nuestra España, la situación del juez Calamita, que no ha merecido la solidaridad pública de casi nadie. En una comunicación que envió al X Congreso Católicos y vida pública, el juez explicó que, antes de entregar en adopción una niña a una mujer lesbiana casada con otra señora, hizo lo que haría en cualquier otro caso, lo mismo que debería hacer cualquier juez, católico o no: indagar qué es lo mejor para la niña. Pero como había importantes cuestiones ideológicas en juego, el razonamiento ya no servía. «Un católico no puede estar en un Juzgado de Familia», concluye. En realidad, no puede estarlo nadie que no comparta la ideología de quienes están hoy en el poder, pero en España la resistencia a la ideología de género proviene de los católicos.
Habrá que estar atentos, porque la oposición a otras muchas cuestiones, como «la conversión del aborto en un derecho», provendrá sólo de la Iglesia, advierte el juez. «¿Qué puede hacer un cristiano?» Las armas son las de siempre: «orar y confiar en el Creador. Pero sin quedarnos parados. Los cristianos somos la luz del mundo, pero estamos aborregados. Los hijos de las tinieblas son más astutos. Tenemos la Verdad, y hemos de ser optimistas, porque Dios no pierde batallas. No podemos quedarnos en casa. Dios nos pedirá cuentas».
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