Alfa y Omega > Nº 656 > Testimonio
La biografía del padre fundador de Schönstatt, José Kentenich
La historia de un hombre libre
... O un paseo por la vida de un hombre extraordinario en el doloroso siglo XX


Portada del libro
«La capilla de San Miguel estaba en el corazón de lo que fue el antiguo cementerio de las monjas de Vallendar. Hubo un tiempo en que la capilla sirvió de templo parroquial bis. Y también de oratorio que recogía los días de fiesta a las gentes que venían a misa al monasterio palotino. Pero pasaron los días y la capilla entró en una etapa de deterioro que amenazaba con terminar con ella, a poco que llegaran lluvias muy fuertes o vientos huracanados. A Kentenich, muchas veces, cuando pasaba por delante de la capilla, se le ocurrían cosas. Por ejemplo, la de recoger en ella al grupo mariano que acababa de fundar. Podrían hacer en ella una especie de Nazareth reducido. Había una iglesia parroquial y una iglesia conventual de monjas agustinas, que había sido destruida, salvo sus torres. Los Palotinos la habían comprado alrededor de 1900. Ahora, en el corazón de Schönstatt -un valle cercano a Koblenza-, la vida volvía a florecer si allí se instalaba esta pequeña brasa de amor a la Virgen que era la Señora de la vida y de la muerte. Una mujer admirable». Son los comienzos del primer santuario de Schönstatt, narrados por Eduardo T. Gil de Muro, en su libro José Kentenich. Historia de un hombre libre (ed. Monte Carmelo).
Un sacerdote muy peligroso
Un libro donde se relata, detalladamente, la vida del fundador, miembro de la Congregación de los Palotinos, del movimiento de Schönstatt, que se origina en Alemania, en la primera mitad del pasado siglo XX, y que hoy está extendido por todo el mundo, dando frutos en abundancia, quizá porque tenía como bandera y como escudo la figura de la Virgen María. Después de una larga vida de trabajo y sufrimientos, el padre José Kentenich llegó a decir: «Una de las causas por las cuales el mundo y la Iglesia padecen revoluciones es porque, en gran parte, los fieles de la Iglesia no tributan a la Virgen Santísima el honor que a Ella le es debido. El pueblo no quiere dar su sí a la misión de la Virgen de poner en orden el mundo de hoy. El demonio, que es astuto, sabe cultivar muy bien las malas yerbas que impiden el crecimiento de la buena semilla mariana».
Esto lo afirmó un sacerdote que vivió en primera persona uno de los mayores horrores que la Humanidad guarda en su memoria más reciente, el exterminio totalitario nazi, permaneciendo, durante dos años, en el campo de concentración de Dachau, donde compartió tumba en vida con un centenar de sacerdotes católicos, porque Schönstatt había sido declarado muy peligroso para el nacionalsocialismo. Una noticia que fue acogida por el padre fundador con una sorprendente y sobrenatural docilidad y paz interior.

Imagen del padre José Kentenich
En su día, dejó muy claro su posición respecto al nacionalsocialismo. No le temía, pero había algo realmente sombrío en la doctrina que bombardeaba el régimen de Hitler: «No es que nos amenace el partido. Ni su doctrina ni su programa nos impresionan. Lo que nos aterra es el poder desmandado. Nos aterra la brutalidad con que se nos arremete. Una brutalidad a la que sólo podemos hacerle frente con una vida interior vigorosa y con un valor religioso que no se amilane». Quizá no andaba descaminada la Gestapo al considerarlo un enemigo peligroso, pues parecía ver con clarividencia los peligros que entrañaba para la sociedad el nazismo.
Cosa curiosa, por la similitud con nuestros tiempos: el padre José Kentenich aludió, como primera necesidad, a la urgencia de la renovación de la familia, pues el nacionalsocialismo trataba de desestructurar la tradicional condición de la familia en el pueblo alemán. «Hay que sacar a los hijos de la tutela de los padres -relata en su libro Gil de Muro-, de la vigilancia de sus educadores, de la influencia de las fuerzas tradicionales. (...) Nada de vida religiosa. Nada de disciplina fuera de lo que dicte el partido».
Sin tantas televisiones, redes sociales, periódicos digitales o correos electrónicos, vio venir muy claramente la manipulación a la que su pueblo estaba siendo sometida: «Manejan de manera cabalística -decía Kentenich- los tiempos que se requieren para que la masa quede saturada de una idea. Es un tiempo propicio y suficiente para estudiar la psicología del pueblo y los puntos fáciles para esta invasión de la publicidad. Una mentira que se repite por muchos una y mil veces acaba por convertirse en una verdad disimulada».
El padre José Kentenich logró sobrevivir al campo de concentración. Como bien afirma el autor del libro, probablemente salió siendo otra persona distinta, pero al ser preguntado por sus amigos y miembros del movimiento, logró manifestar: «Ahora deberíamos estar todos juntos en silencio para considerar la bondad, el amor y la misericordia de Dios. O todavía mejor, considerar al mismo Dios más bondadoso que nunca, misericordioso, amante de todos nosotros en el sentido de las palabras de san Agustín, cuando nos dice que a lo que estamos llamados es a ver, a amar, a amarnos y a alabarle».
A.Ll.P.
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid