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Con ojos de mujer
Jóvenes violentos
Los enfrentamientos de jóvenes con la policía, los destrozos que ocasionan en la calle y en los medios de transporte han determinado que, desde instancias próximas al Gobierno, se reclame más educación y autoridad de los padres para evitar botellón y violencia.
En marzo de 2006, la entonces ministra de Sanidad, Elena Salgado, prometió medidas para frenar el abuso del alcohol entre los jóvenes, en vista de las preocupantes competiciones de los macrobotellones. Sin embargo, dos años más tarde, en la campaña electoral del 2008, el entonces ministro de Sanidad, Bernat Soria, expresó su resignación ante el hecho de que «sabemos que están tomando alcohol, este fin de semana, esta misma tarde», y no quiso comentar si los adolescentes lo estaban haciendo en situaciones «legales o no legales», tan sólo se comprometió a vigilar la calidad del alcohol que consumían los jóvenes y a rebajar el precio de los preservativos para hacerlos más accesibles.
Desde el Gobierno se ha fomentado la cultura juvenil del botellón y se ha ridiculizado la castidad y la continencia, ofreciendo el aborto como solución, que se pretende convertir en derecho. Los padres, que reclamamos nuestro derecho como educadores primarios, nos encontramos con una democracia corrompida, donde el Estado se atribuye la potestad de educar, invadiendo la competencia de la familia y relegándola a un papel secundario de apoyo de las iniciativas estatales. Fernando Savater, en el VIII Congreso de Escritores de España, celebrado en León en octubre de 2008, justificaba la asignatura Educación para la ciudadanía, afirmando: «El objetivo de esta asignatura es quitar la educación de manos de los padres, que normalmente son muy reaccionarios, y de los curas desviacionistas», y tildaba de caníbales reaccionarios a los padres que nos oponemos a que nos usurpen la soberanía que nos corresponde en la educación de nuestros hijos.
Después de superar cinco adolescencias, y a falta de otras tantas, pertenezco al grupo de padres caníbales que no se resignan a que sus hijos sean unos salvajes que agredan a las Fuerzas del orden. La adolescencia es una etapa de autoafirmación y maduración para alcanzar una libertad responsable; es el momento de adquirir hábitos de convivencia y cooperación con los demás en situaciones nuevas. Sin embargo, la oferta de la movida no contribuye a fomentar la responsabilidad, sólo ofrece un espejismo de diversión en el que se aparca la frustración y se experimenta la soledad en grupo.
La familia, como comunidad de amor, es el hábitat natural de educación. La subsidiariedad de las otras instancias en la educación debe moverse en el campo de la ética, lo que implica una armonía de la intervención del Estado con los padres. Sólo reconociendo este derecho/deber puede exigirse a los padres el deber de vigilancia respecto a los hijos menores y responsabilidad por los daños que causan.
María Jesús Prieto