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No es verdad

Mingote, en ABC
Sí, dice bien el siempre oportuno y agudo Mingote. Cualquiera que escuchase, el martes por la mañana, en la Cope, las declaraciones de la señora Vicepresidenta del Gobierno y ministra de Economía, doña Elena Salgado, tendrá que convenir en que lo que dice Mingote en la viñeta que ilustra este comentario no puede ser más verdad. Preguntada la señora Salgado por qué considera que los obispos están fuera de su sitio, cuando dicen lo que dicen sobre la nefasta y por desgracia inminente ley del aborto, todo lo que se le ocurrió decir, acuciada por las preguntas, fue que los obispos, como el resto de los ciudadanos, tienen derecho a criticar las propuestas de los políticos, «pero no a sustituirnos». Sería verdaderamente curioso e interesante que la señora Vicepresidenta del Gobierno tuviese a bien señalar cuándo y en qué obispo alguno ha tratado de sustituir a político alguno, ni ante la ley del aborto ni ante ninguna otra. Son afirmaciones que un ciudadano normal y corriente, sensato y con sentido común, no puede entender más que como fruto de la humillante zafiedad de un resentimiento injustificado e injustificable. Sólo la miopía o la ceguera de un poder totalitario, o de un sectarismo ideológico que crea en quien lo sufre eso que Delibes ha llamado rencores vitalicios, puede servir de atenuante o de rebuscada excusa a tales manifestaciones. Los ciudadanos contribuyentes, que les pagamos el sueldo a los ministros -¿hay que recordar que la palabra ministro significa servidor?-, no lo hacemos para que nos impongan sus criterios, a base de leyes y decretos y de ordeno y mando, sino para que, inteligentemente, sirvan al bien común y escuchen lo que recomienda el sentido común, no de unos pocos paniaguados, sino de la mayoría de los ciudadanos, que lo que lógicamente quieren es lo mejor para todos. Y algunos de ellos, como los obispos, no sólo tienen el derecho a exigir tal cosa, sino que tienen el deber de señalar lo que responde, no ya a los postulados cristianos, sino a una moralidad objetiva y a la ley natural. Como ha quedado perfectamente claro en el reciente Congreso de Juristas Católicos, al que Alfa y Omega dedica su tema de portada de este número, los votos no legitiman para cambiar normas morales, y llama la atención poderosamente que una señora tan culta, distinguida e inteligente, parezca no entender esto tan elemental, o se deje ganar por el fanatismo sectario.

Martinmorales ha pintado otra viñeta soberana, en ABC: en ella se ve al colega ministro, al colega padre, al colega profesor, a la colega madre y al desaliñado y desvergonzado colega hijo chupando del biberón que le da la colega mamá y haciendo lo que le da la gana. Y Mingote ha pintado también otra, en la que se ve a un sabio investigador tratando de averiguar por qué la civilización se ha deteriorado y corrompido hasta el extremo de hacerse necesaria una ley que obliga a respetar el que siempre ha sido sagrado nombre de maestro. Mientras el trascendental mundo de la educación raya a este nivel en España, el Presidente Zapatero se va con su esposa y sus niñas a rendir pleitesía a su amigo Obama; y los feudos soberanistas catalanes, como acaba de anunciar ABC, reciben 576 millones de euros del fabuloso Plan E; es decir, que esos mismos municipios que hacen consultas y sondeos de opinión para certificar las ganas que tienen de independizarse de España no le hacen ascos a los 576 millones de euros de todos los españoles que el llamado Gobierno de España les facilita generosamente. Zapatero no tiene reparo alguno en declarar, a la revista norteamericana Newsweek, que «basta con salir a la calle para ver que España no se está hundiendo». ¡Vamos mejorando! Hasta hace unos meses, decía que España estaba mejor que Italia, Francia y Alemania. Si ahora dice que España no se está hundiendo, empieza a reconocer que bien, lo que se dice bien, no vamos. Y lo peor de todo es que, bien o mal, lo que parece no saber es a dónde vamos, aunque estoy seguro de que sí sabe a dónde quiere llevarnos él..., si le dejamos; que ahí es donde está la madre del cordero, y parece que, poco a poco, empiezan a enterarse hasta los que no demuestran la menor gana de enterarse de nada; pero la realidad es tan tozuda...
Gonzalo de Berceo
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