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La Encarnación, según un pensador convertido
En el principio era la carne
Como ha dicho de él Alain Finkielkraut, Fabrice Hadjadj tiene un nombre árabe, es hebreo de nacimiento y católico por elección. Muy estimado también por el filósofo Rémi Brague, Hadjadj, con sólo 38 años, ha publicado en Francia varios volúmenes de reflexión filosófica y obras teatrales. Se acaba de publicar en Italia un libro suyo, en el que reconsidera la teología del cuerpo y de la sexualidad según el pensamiento cristiano. Anticipamos algunos de los párrafos sobre el misterio de la Encarnación
La Visitación de la Virgen
a santa Isabel (anónimo,
siglo XV). Museo Lázaro Galdiano,
Madrid
A menudo se ha dicho que la Iglesia católica reunía en su seno Atenas y Jerusalén. En este seno, por tanto, como en el de Rebeca, ¿los dos gemelos se enfrentan? La revelación judía lleva en sí misma la gloria de la carne. El pensamiento griego no puede hacer otra cosa que oponer una fuerte resistencia. Para los epicúreos, el cuerpo es más bien un lugar de placer, pero la muerte lo descompone irremediablemente. Para los seguidores de Platón, el cuerpo es más bien una tumba, pero la muerte supone la liberación del alma. ¡Qué compromiso para los apóstoles, si hubieran sido filósofos, tener que proclamar una Buena Nueva, tan original, que no puede acomodarse a ninguna de las dos posiciones opuestas entre sí!
Deben anunciar el espíritu que libera y, al mismo tiempo, predicar al Verbo hecho carne, más aún: al Mesías crucificado, que resucita después de tres días, sin que sus llagas desaparecieran. Ante una doctrina semejante, el materialista hedonista y el espiritualista etéreo, generalmente adversarios entre sí, se respaldan inmediatamente, entre burlas y guiños.
Cuando el hebreo Pablo habla en el Areópago, todos le escuchan, hasta que le oyen hablar de la Resurrección: «Cuando empezó a hablar de la resurrección de los muertos, algunos se burlaban; otros decían: Sobre esto te escucharemos otra vez». ¿Soportan el discurso de Pablo? ¿No permanecen más bien apegados a sus diversas interpretaciones? La predicación del Apóstol supone, para unos, la exaltación del cuerpo y, para los otros, la exigencia del espíritu. Ésta hubiera podido reconciliarles. Pero a quienes permanecen anclados en las reflexiones de una vieja polémica, el anuncio de una concordia superior les resulta incomprensible.
El misterio de la Encarnación sintoniza ciertamente con lo más profundo de nuestro corazón. Pero, de antemano, le parece absurdo a nuestra razón. Los espiritualistas lo encuentran demasiado material: los materialistas, demasiado espiritual, y cada uno le atribuye el error del propio enemigo congénito. La Iglesia, en cambio, conserva la radical tensión de la frase de San Juan: «Y el Verbo se hizo carne». ¿Por qué carne y no hombre? Adviértase que carne designa, a través de una sinécdoque, al hombre en su complejidad, cuerpo y alma, y de todos modos es el término incarnatio el que ha predominado, y no inhumanatio, que el hoy olvidado Facundo de Ermiane trató de introducir en la teología latina. Se trata de una opción bastante difícil, puesto que la palabra carne tiene otras acepciones que dan una extraña connotación a la expresión. Es la misma palabra que se utiliza cuando se habla de los esposos, que son una sola carne (Mc 10, 8); la misma utilizada por san Pablo cuando nombra aquello que se rebela contra Dios: «La carne, en efecto, tiene deseos contrarios al Espíritu» (Ga 5, 17). Contra los espiritualistas, san Agustín subraya que esta última acepción es equívoca. Cuando san Pablo utiliza carne para designar lo que empuja al mal, hay que entender orgullo: «El hombre se ha vuelto similar al demonio, no por el hecho de que tiene carne y el diablo no, sino porque vive según él mismo, es decir, según el hombre» (De civitate Dei, XIV 3, 2). El Nuevo Testamento, sin embargo, en vez de utilizar términos diferentes, utiliza sólo uno, a riesgo de llevar a los lectores al desconcierto y a dar lugar a una errónea interpretación que acerque al cristianismo al desprecio del cuerpo. ¿Está entonces el texto mal escrito? ¿No hubiera sido mejor distinguir con tres palabras diferentes la carne que el Verbo asume, la carne que el hombre y la mujer forman en su unión y aquella carne que es únicamente una inclinación a la ignominia? ¿No se hubieran evitado, de esta forma, desagradables confusiones? Ciertamente. Pero la Sagrada Escritura, entonces, sólo hubiera sido una obra especulativa, en vez de ser, ante todo, un lugar de prueba. Los diversos usos de la palabra carne dependen más de una interrogación decisiva que de una aproximación lingüística: el Verbo hecho carne es, además, el Eterno, que esposando a la Humanidad constituye una sola carne y es también el santo que asume nuestra carne de concupiscencia, rebajándonos a la condición de malhechor. Ecuación tan sobrecogedora que exige, por parte del lector, un acto de fe, más que de una interpretación teórica.
Fabrice Hadjadj
en Avvenire
Traducción: María Pazos Carretero