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La verdad completa, sin rebajas

«Juntamente con vosotros doy gracias por el don de este encuentro de oración común. Veo en él una de las etapas para realizar el firme propósito que hice al inicio de mi pontificado: considerar una prioridad de mi ministerio el restablecimiento de la unidad plena y visible entre los cristianos»: así decía Benedicto XVI en la iglesia luterana de Varsovia, cuyo recuerdo fotográfico ilustra este comentario, ya en mayo de 2006, durante su Viaje apostólico a Polonia, el primero fuera de Italia, tras el inmediato a su elección a la sede de Pedro para celebrar la Jornada Mundial de la Juventud de Colonia 2005, convocada por su predecesor. Hoy, con la acogida en la Iglesia católica a los miles de fieles de la Comunión Anglicana Tradicional, cobran toda la fuerza de la verdad aquellas palabras del Papa, a las que añadía el perenne testimonio sobre el verdadero origen de la unidad: «Mi amado predecesor el Siervo de Dios Juan Pablo II, cuando visitó esta iglesia de la Santísima Trinidad, en el año 1991, subrayó: Por mucho que nos esforcemos en lograr la unidad, ella es siempre un don del Espíritu Santo. Sólo estaremos dispuestos a recibir este don si hemos abierto nuestra mente y nuestro corazón a él a través de la vida cristiana y especialmente a través de la oración».
En la encíclica por excelencia de la unidad de los cristianos, Ut unum sint, de 1995, ya en el mismo inicio, Juan Pablo II lo subrayaba con toda claridad: «El compromiso ecuménico debe basarse en la conversión de los corazones y en la oración». Y más adelante insistía en la clave del auténtico ecumenismo: «Por medio de la oración, la búsqueda de la unidad, lejos de quedar restringida al ámbito de los especialistas, se extiende a cada bautizado. Todos, independientemente de su misión en la Iglesia y de su formación cultural, pueden contribuir activamente, de forma misteriosa y profunda». Es encomiable, sin duda, el estudio y el diálogo de los especialistas, porque el Señor hace que todo concurra para el bien, pero nunca hemos de olvidar precisamente eso: ¡que es el Señor!, es decir, que la clave de la unidad de los cristianos, y en ella de la unidad de todos los hombres, es la profunda unión con Él. El anuncio de la vuelta a Casa de miles de anglicanos, hoy bien que lo pone de manifiesto. Sólo Dios puede cumplir el deseo de una unidad que ya no puede parecer a nadie una quimera imposible. Lo expresó admirablemente Benedicto XVI, el año pasado, durante la Jornada Mundial de la Juventud de Sydney: «El movimiento ecuménico ha llegado a un punto crítico. Para avanzar hemos de pedir continuamente a Dios que renueve nuestras mentes con la gracia del Espíritu Santo, que nos habla por medio de las Escrituras y nos conduce a la verdad completa».
La verdad completa: he ahí la meta de la unidad. Y el Camino. Es decir, el mismo Señor. Olvidarlo tan sólo un instante, hace interminable todo trabajo y todo diálogo ecuménico. Como bien ha mostrado el Papa en su última encíclica, Caritas in veritate, sin la verdad todo está hueco: la caridad «cae en mero sentimentalismo, se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente»; y todo «el progreso humano en este mundo se queda sin aliento». Nada más equivocado que la rebaja, por mínima que sea, de la verdad completa. Es la ley del Evangelio. Y, por tanto, de la vida entera. Así lo dijo Juan Pablo II en la encíclica Ut unum sint: «Mantener una visión de la unidad que tenga presente todas las exigencias de la verdad revelada no significa poner un freno al movimiento ecuménico. Al contrario, significa no contentarse con soluciones aparentes, que no conducirían a nada estable o sólido. La exigencia de la verdad debe llegar hasta el fondo. ¿Acaso no es ésta la ley del Evangelio?» El Evangelio, en efecto, es Él, el Camino, la Verdad y la Vida, que sólo se alcanza como un don, y sólo lo recibe quien, haciendo justicia al deseo infinito de su corazón, lo suplica y lo acoge por completo, sin rebaja alguna.
El derecho a tener esclavos
Aunque parezca extraño, todavía no está lejos la época en la que poseer otros seres humanos se veía tan normal como poseer cabezas de ganado. Más extraño es, si cabe, que esta postura se defendiera en un país como los Estados Unidos. Sin embargo, así ocurría hasta poco antes de 1860. En aquel momento, la aceptación de la esclavitud era asumida por los sureños de los Estados Unidos de cualquier clase y condición. Sólo los integrantes de un pequeño sector, llamados abolicionistas, eran partidarios de acabar con una lacra social tan brutal. Éstos eran tachados de extremistas por la mayor parte de la sociedad. Fueron necesarios cuatro años de guerra para acabar con un levantamiento armado, que invocaba palabras como derechos y libertad para defender una brutal forma de opresión. Porque eso era y es la esclavitud. Hoy la historia se repite. Pero no sólo en los Estados Unidos, sino en todo el Occidente, incluidas Europa y España. También hoy se habla de derechos y de libertad para matar a los niños aún no nacidos, sobre todo, si son deficientes. Que eso es el aborto. España lidera esta postura, como lo demuestra la ley que actualmente está en curso para ser aprobada por el partido gobernante y con el asentimiento de muchos votantes del partido de la oposición. Una minoría cada vez más numerosa, integrada por hombres y mujeres de diversos colores políticos y religiosos, sostiene la misma postura de quienes se oponían a la esclavitud en los Estados sureños. Como ellos, también son tachados de extremistas y enemigos de la libertad. No importa. Llegará un día -pienso que está cada vez más cercano- en el que se verá la degradación ética de una sociedad que mata a sus hijos en el seno de sus madres. Y los abortistas de hoy se avergonzarán de haber militado en ese ejército. Como se avergüenzan hoy los que lo hicieron en el nazismo. ¡La verdad siempre termina imponiéndose a la impostura! Como en el caso de la esclavitud.
+ Francisco Gil Hellín
arzobispo de Burgos