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La materia prima de la ley del aborto

Las salchichas y las leyes tienen esto en común: mejor es no saber cómo se hacen, según la frase atribuida a Churchill. Conviene seguir en la ignorancia para poder disfrutar de un perrito caliente sin que se le revuelvan a uno las tripas, y permanecer ajeno a los entresijos del poder, para preservar la inocencia y conservar la fe en las instituciones de los hombres. Pero a veces se levanta un poco la tapa de la olla y queda expuesta una pequeña muestra de las podredumbres hediondas del poder. Es síntoma inequívoco de tormenta en las alturas. Cuando había paz, reinaba el consenso. Jueces y ministros cazaban juntos igual que hoy, pero nadie lo aireaba; poder y oposición se repartían las prebendas, y quien más y quien menos tenía sus asuntillos de financiación y sus condonaciones de créditos y sus favores a un amigo a cuenta de alguna Caja controlada por el partido; los ejecutivos de los mayores Bancos del mundo percibían sueldos millonarios por avalar las cuentas de unos libros que ni entendían ni se habían molestado en leer... En fin, los hombres se comportan como son, en casa y en la calle.
Conocer estas miserias debe servir para valorar el esfuerzo de mucha gente buena, pero, sobre todo, para que los ciudadanos se involucren más a la hora de fiscalizar la actividad política. Ocurren hechos vomitivos ante nuestros ojos, sin que ningún partido plante batalla digna de tal nombre. El Parlamento se dispone a aprobar que existe un derecho a asesinar. Se les ha adelantado el juez Ramiro García de Dios, instructor del caso de la Clínica Isadora: «Interrumpir el embarazo» es un derecho, dice. Prietas las filas para lavar los trapos sucios. Todos hemos visto las fotos de los restos de fetos en la basura. Ésa es la materia prima con la que se hará la ley del aborto. Y habrá quien siga comiendo tranquilo su salchicha...
Ricardo Benjumea
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