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El obispo de Cádiz habla sobre la celebración del Bicentenario de las Cortes de Cádiz
La Iglesia, ante La Pepa
«Con sus luces y sombras, podemos decir que la Iglesia, a comienzos del siglo XIX, supo estar a la altura de las circunstancias difíciles del momento», afirma monseñor Antonio Ceballos, obispo de Cádiz y Ceuta, en la Carta pastoral que ha escrito, con motivo de las celebraciones del Bicentenario de las Cortes de Cádiz, de la que reproducimos un extracto, por su interés y actualidad:
Mosaico que recuerda la Constitución de 1812,
en la Plaza de España, de Sevilla
Muy próximamente van a comenzar las celebraciones del Bicentenario de las Cortes de Cádiz, que tuvieron lugar en San Fernando y Cádiz, de 1810 a 1812, y que dieron origen, como fruto más recordado e importante, a la promulgación de la primera Constitución de la Era moderna, el 19 de marzo de 1812, en la iglesia de San Felipe Neri, de Cádiz.
Hoy, mirando hacia atrás, podemos decir que, en los comienzos del siglo XIX, con sus luces y sombras, la Iglesia supo estar a la altura de las circunstancias difíciles del momento, intentó vivir su ahora del mejor modo que supo y que pudo hacerlo.
La Iglesia aportó, en primer lugar, lo que era. Ante todo, el numeroso grupo de personas, obispos y otros eclesiásticos, la mayoría de ellos hijos de la Ilustración, que fueron nombrados, por su preparación y prestigio social, como representantes del pueblo y elegidos como diputados del Congreso. Al considerar que la Iglesia aportó lo que era, no es posible silenciar que la Iglesia ofreció la fe y la visión cristiana de la vida y de la organización social, según los esquemas culturales y religiosos de la época. Ello quedó reflejado en el propio texto de la Constitución, como veremos más adelante. Sólo como ejemplo de esto, se puede recordar que el obispo electo de Cádiz, monseñor Acisclo de Vera y Delgado, a la sazón residente en Sevilla, fue quien convocó a las Cortes; Diego Muñoz Torrero, sacerdote, diputado por Extremadura y Rector de la Universidad de Salamanca, que, nada más comenzar las sesiones, presentó varias propuestas revolucionarias para la época, de carácter liberal: la proclamación de que «la soberanía de la nación reside en el pueblo», o la separación de poderes (una de las señas de identidad del Estado de Derecho moderno); la abolición de la Inquisición, la libertad de imprenta, la inviolabilidad de los diputados; el Magistral de Cádiz, Antonio Cabrera, quien predicó a los diputados y al pueblo, al celebrarse el Te Deum de acción de gracias por la nueva Constitución.
Pero la Iglesia gaditana, en la situación extrema en que vivía España a causa de la invasión de los franceses, aportó también lo que tenía. Los datos históricos que nos han llegado de la época atestiguan que toda la Iglesia gaditana se comprometió con la causa nacional en la lucha contra los invasores. Menguada en sus posesiones por las desamortizaciones, hizo, sin embargo, colectas para pagar las milicias que defendían el puente Zuazo, así como para abonar los alojamientos de los diputados. Los canónigos pusieron en venta algunas piezas del patrimonio catedralicio para ayudar a los gastos de la Nación en aquellos momentos. Puso a disposición de las Cortes sus templos más apropiados para las celebraciones de las Sesiones de Cortes.
Aunque a nuestras mentalidades actuales pueda producir estupor, en cuanto cristianos, nos enorgullece la presencia de elementos de la fe cristiana en el texto de 1812. La propia Constitución se inicia «en el nombre de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, autor y supremo legislador de la sociedad» (Proemio). En el artículo 12 establece que «La religión de la nación española es y será siempre la católica, apostólica, romana, única verdadera. La nación española la protege por leyes sabias y justas, y prohíbe el ejercicio de cualquier otra». De igual forma, se establece que, antes de proceder a las elecciones de diputados, en las parroquias, partidos y provincias, se celebre una Misa del Espíritu Santo, y el párroco, eclesiástico de mayor dignidad o el obispo, «pronuncien un discurso propio de las circunstancias» (Artículos 47,71,86). El juramento de los diputados, al iniciar las sesiones, «se hará poniendo la mano sobre los Santos Evangelios» (Artículo 117). Sobre la instrucción pública, se establece: «En todos los pueblos de la Monarquía se establecerán escuelas de primeras letras, en las que se enseñará a los niños a leer, escribir y contar, y el catecismo de la religión católica, que comprenderá también una breve exposición de las obligaciones civiles» (artículo 336).
Al aportar estos testimonios del texto constitucional, quiero simplemente ser fiel a una verdad histórica que hoy corre el riesgo de ser silenciada por algunas corrientes de pensamiento que pretender hacer de la Historia una lectura sesgada e ideológica. En este planteamiento, no hay nostalgia ni reivindicación, simplemente invitación a reconocer un pasado que a nosotros, en cuanto miembros de la Iglesia, nos llena de sano orgullo.