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Solemnidad de Todos los Santos
Los anticrisis
Ilustración de Time
Bienaventurados los que tienen el corazón ilimitadamente bueno como el de Cristo. Las Bienaventuranzas reflejan una persona, un corazón, el de Cristo. A través de las Bienaventuranzas, descubrimos el fruto que debe dar nuestra vida si vivimos el Bautismo, raíz de donde nace nuestra santidad. La santidad que reflejan las Bienaventuranzas es el proyecto de nuestra vida, porque, como dice san Bernardo, el único error que tiene consecuencias infinitas en nuestra vida es no ser santo. El corazón manso y humilde de Cristo, misericordioso, que llora, limpio, justo, es el objetivo que debe impregnar toda nuestra vida. No somos inmensamente felices porque no somos santos, porque no reflejamos en nuestra vida el amor de Cristo. Lo verdaderamente esencial es vivir, hasta los últimos poros de nuestra existencia, la identificación con el Corazón ilimitadamente bueno de Cristo, fuente de una felicidad desbordante, es decir: vivir las Bienaventuranzas.
Un autor actual cuenta que en su país, que se caracterizaba por estar cerrado al cristianismo, promocionaron una obra de teatro en la que, desde el principio hasta el final, ridiculizaban a Cristo. Durante la obra de teatro se reían de todo lo humano y lo divino. En un momento de la obra, aquel Cristo profanado se puso a recitar las Bienaventuranzas para seguir provocando la risa, pero, de pronto, sucedió algo inaudito y extraño: la gente entendió el mensaje y muchos comenzaron a llorar. Aquel mensaje les resultaba Buena Noticia a los que habían ido a reírse de Jesús. La obra de teatro consiguió lo contrario de lo que pretendía.
Los santos han sido los que han vivido las Bienaventuranzas a tope. Ha sido el programa de su vida, reflejado en el camino del Señor. No se han ido por las ramas. Existe una santidad que es para todos; seguramente, muchos de los que ya no están con nosotros, o que caminan a nuestro lado, la viven con auténtica sencillez y alegría. Los santos son siempre los que nos sacan de todas las crisis; los que encuentran el camino de salida. Son aquellos hombres y mujeres que nos han descubierto cómo sabe Dios, y han reflejado las actitudes que nunca pasan de moda.
En las Bienaventuranzas, el Señor nos descubre el secreto del cristianismo, el verdadero sentido de la vida, aquello a lo que tenemos que aspirar porque ahí nos lo jugamos todo. Son reflejo de que el cristianismo no es al estilo del mundo, que llama felices a los ricos, a los poderosos, a los incrédulos, a los duros de corazón, a los que no carecen de nada. Por una paradoja que sólo entienden los sencillos, se puede ser feliz aunque tengamos dificultades, aunque lloremos, aunque no nos salgan bien las cosas en la vida, aunque seamos perseguidos. Porque nuestra felicidad brota del verdadero amor que reflejan las Bienaventuranzas y que, cuando uno lo ha descubierto, estrena cada día una felicidad que no se achanta con nada y que está al alcance de todos. Esa felicidad se llama Jesús y se refleja en las Bienaventuranzas.
+ Francisco Cerro Chaves
obispo de Coria Cáceres
Evangelio
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y Él se puso a hablar enseñándoles:
«Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.
Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.
Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos vosotros cuando os insulten, y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».
Mateo 5, 1-12a