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La voz del Magisterio

Deseo evocar las peregrinaciones del Papa por las Iglesias, en los diferentes continentes y en los varios países de la oikoumene contemporánea. El Concilio Vaticano II orientó al Papa hacia este particular ejercicio de su ministerio apostólico. Más aún, el Concilio hizo de este peregrinar del Papa una clara necesidad, en cumplimiento del papel del obispo de Roma al servicio de la comunión. Estas visitas han incluido un encuentro ecuménico y la oración en común de los hermanos que buscan la unidad en Cristo y en su Iglesia. Recuerdo con una emoción muy especial la oración con el Primado de la Comunión anglicana en la catedral de Canterbury, el 29 de mayo de 1982, cuando en aquel admirable templo veía un «elocuente testimonio, al mismo tiempo, de nuestros largos años de herencia común y de los tristes años de división que vinieron a continuación»; tampoco puedo olvidar las realizadas en los países escandinavos y nórdicos (1989), en América, África, o aquélla en la sede del Consejo Ecuménico de las Iglesias (1984), organismo que tiene como objetivo llamar a las Iglesias y a las Comunidades eclesiales que integra «a la meta de la comunión visible en una sola fe y en una sola comunión eucarística expresada en el culto y en la vida común en Cristo». Y ¿cómo podría olvidar mi participación en la liturgia eucarística en el Patriarcado ecuménico (1979), y la celebración en la basílica de San Pedro durante la visita de mi venerable Hermano, el Patriarca Dimitrios I (1987)? No se pueden describir con pocas palabras los aspectos concretos de cada uno de estos encuentros de oración. Por los condicionamientos del pasado que, de modo diverso, pesaban sobre cada uno de ellos, todos tienen una propia y singular elocuencia; todos están grabados en la memoria de la Iglesia, guiada por el Paráclito en la búsqueda de la unidad de todos los creyentes en Cristo.
Juan Pablo II, encíclica Ut unum sint, 24 (1995)
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