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Con ojos de mujer
Apóstol en tiempos de crisis
Nadie elige el día de su nacimiento, y, sin embargo, el Siervo de Dios Tomás Morales no pudo venir a este mundo en mejor momento. Mañana viernes, 30 de octubre, se cumplen cien años de aquella fecha que daría a España un fundador y movilizador de laicos para el mundo.
En la época de la opulencia eclesial, el Espíritu Santo nos regaló al Poverello de Asís; en la del despiste protestante, los Ejercicios espirituales con el cojitranco de Loyola; y, en la inquisitorial Europa, la mujer Teresa la grande, la de Ávila. En nuestro siglo, el Espíritu Santo suscita santos fundadores de carismas impulsores del laicado.
El padre Morales desempolvó y realzó la vertiente apostólica del bautizado. Sin ella, se ve comprometida la propia santidad y, lo que es más grave, la del prójimo. Esta responsabilidad es la que todavía vivimos los que heredamos el carisma desde las diversas obras que fundó; matrimoniales, apostólicas y de consagración secular. Este jesuita, que no se cansó nunca de repetir siempre: «Nos salvamos en racimo», despertó y sigue despertando esa urgencia de conquistar amigos para Dios, de evangelizar por activa y por pasiva a lo paulino, «no cansándose nunca de estar empezando siempre».
«Los santos son para el cielo», escribió una vez Martín Descalzo, para denunciar lo molesto que resulta vivir junto a uno de ellos. Así ocurrió en vida del padre Morales, que los que tuvimos la fortuna de conocer confesamos que nunca nos dejó regodearnos en nuestras acciones; no había tiempo, porque la meta la ponía siempre más alta, en la misma santidad, y la exigencia no era mucha: era toda.
Precisamente se han celebrado, el pasado fin de semana, en Madrid, los actos de clausura de este centenario. No se habló del padre Morales o de su obra; más bien se vivió a lo padre Morales impulsando su obra. La celebración del centenario ha supuesto una excusa para la gratitud y para la fidelidad creativa. Hijos de nuestro tiempo y depositarios de un carisma, nos sentimos como los primeros cristianos en el siglo veintiuno. Si en la Iglesia primitiva nos echaban a los leones, en la nuestra los leones quieren devorar la raíz de lo más sacro, anulando los derechos a la vida en todas sus etapas y minando la confianza de quien se sabe en la Verdad.
De una celebración como ésta, sientes la fuerza vitamínica necesaria para vivir sobre el pesimismo y la mediocridad desesperanzadora de una época en crisis; y no en crisis económica, en crisis apostólica. San Pablo se removería en su tumba si nos viera dejar pasar tantas oportunidades de evangelizar como tenemos a nuestro alcance.
Escoger lo mejor cuando el cuerpo pide lo más cómodo, y desterrar la cobardía cuando prima el qué dirán, da la libertad del santo. Nos sobran testigos como el padre Morales que Dios nos regala para gritarnos desde el cielo que es posible. Y nos falta arrojo, para vivir desde lo auténtico, con la conciencia siempre intranquila, a lo Francisco Javier y su más, más y más.
Carmen María Imbert