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No es verdad

El Roto, en El País
La verdad es que no sabe uno ni hacia dónde mirar: lo que con tanta sagacidad y verdad caricaturiza El Roto, en la viñeta que ilustra este comentario, igual puede referirse a lo del PP que a lo del PSOE, que a lo del PNV, que a lo de Izquierda Unida, que a lo de los separatistas catalanes... Efectivamente, todo se tambalea, pero hacen como que bailan. Lo curioso, sorprendente y hasta repugnante es que, en la inmensa mayoría de los medios de comunicación, del único baile del que se habla es del PP, como si el baile de los demás no existiera y no fuera tan ridículo y tan esperpéntico como el del PP. Yo ya comprendo que, cuando hay empresas periodísticas que le deben 500 millones de euros a Caja Madrid, todo paripé es poco, con tal de lograr que se encarame a la suculenta y decisiva poltrona de Caja Madrid quien más y mejor pueda perdonar, o condonar, o reducir, o esconder, o birlibirloquear la deuda. Pero llama muchísimo la atención y -¿para qué vamos a andarnos con matices y distingos?- da asco que los editorialistas de esos medios tengan todavía la cara de cemento de pretender dar lecciones de ética y de moral, de libertad y democracia, de decencia y de respeto a la verdad. No cabe mayor cinismo ni hipocresía. Si corrupción hasta los tuétanos es la de determinados políticos, y complicidad nauseante la de los respectivos mariachis que merodean en su entorno, no menor corrupción es la de esos medios de comunicación que aventan la basura y le proporcionan altavoces.
Es muy triste que, hasta hace poco, hubiera en España un partido unido y español, y que ahora esté dividido y que no se sepa si es español, o qué. Y a nadie debería caberle la menor duda de que es muchísimo mejor quedarse sin determinadas personas y personajes y personajillos en un partido, que quedarse sin partido. ¿O no? ¿O vaya usted a saber? A lo mejor, de lo que verdaderamente se trata -o debería tratarse- es de volver a los tiempos de la transición política, a aquellas virtudes cívicas, a aquel espíritu de reconciliación y de constructivo consenso; a lo mejor, de lo que se trata -o debería tratarse- es de volver a empezar de cero, con una nueva ley electoral que haga imposible el chalaneo político que hoy tenemos que soportar; a lo mejor, de lo que se trata -o debería tratarse- es de desterrar de nuestros usos y malas costumbres la politización de todo: de las Cajas de Ahorros, de los sindicatos, de los Tribunales de Justicia, del Constitucional, de los periódicos. Porque, evidentemente, una cosa -noble, justa y necesaria- es la Política; y otra, bien diversa y cutre y despreciable, es la sucia politización de todo, hasta de lo que jamás tendría que tener ni sombra siquiera de politización. Porque, por muy justa y noble y digna y necesaria que sea la política, con mayúscula y hasta con minúscula, hay cosas en la vida mucho más importantes que la política, anteriores y superiores a ella, y a las que una política digna de tal nombre tiene que servir.
Yo ya comprendo que, tal vez, exigir esto es como pedir peras al olmo en la España actual que, como decía el llorado don Sabino Fernández Campo, ha perdido lo mejor de sus valores y ha olvidado que los deberes humanos son correlativos de los derechos humanos; y que, sin deberes, exigidos y cumplidos como Dios manda, no hay derechos que valgan. No digamos ya lo que algunos, como la Aído, quieren convertir en derechos, cuando se trata de crímenes abyectos, carne de Código Penal -escribo estas líneas mientras empieza a discutirse en el Parlamento la intolerable ignominia del aborto que este Gobierno quiere convertir en Ley-. Es más que probable que, por desgracia, hagan el paripé de ceder en lo de los 16 años, como si eso fuera el quid de la cuestión, y hasta es probable que quienes desde la oposición nunca debieran tragar tal cosa vuelvan a tragarla. Sólo será una prueba más de hasta qué punto de indignidad se está llegando hoy en esta España que cree que va a arreglar algo reabriendo fosas, 70 años después de una guerra incivil, que unos creen que ganaron y otros perdieron, pero que perdimos todos y que, naturalmente, todos volveríamos a perder.
Gonzalo de Berceo
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid