Alfa y Omega > Nº 661 > Desde la fe
Testigos en el horror del comunismo
Esclavos de la libertad

¿Sería aceptable hoy ver a un joven por la calle con la cruz gamada sobre su camiseta; o que un periódico regalase Mi lucha, de Hitler; o que ministros de un país democrático canten, con el brazo extendido, el himno nazi? Pues hoy es posible, en España, ver a un joven con una camiseta roja adornada con la hoz y el martillo comunistas; que un periódico regale El manifiesto comunista, de Marx y Engels; y ver a dos ministras cantando, puño en alto, la Internacional. Hablando sólo de cifras, el nazismo causó la muerte a siete millones de personas; el comunismo, a cien millones.
Varios libros han indagado en el sufrimiento de las víctimas del comunismo en la Europa del Este, centrándose en un fenómeno casi desconocido en España: el gulag. El libro de referencia es Archipiélago gulag, de Alexander Solzhenitsin (reeditado por Tusquets), no sólo por su valor documental, sino por ser una obra maestra. Solzhenitsin desenmascara el disfraz del sistema comunista, al que sucumbió la sociedad soviética y, a nivel internacional, muchos Gobiernos e intelectuales que no se opusieron, y aún no lo hacen, a la violación de los derechos humanos en la URSS. Y hay más libros. Gulag (ed. Debate), de Anne Applebaum, describe minuciosamente, con testimonios de exprisioneros, el paisaje del horror: el arresto, el transporte en trenes bajo condiciones pésimas, el trabajo extenuante, la ausencia de comida, la brutalidad de guardias y prisioneros, las estrategias para sobrevivir... Una obra que no se puede leer sin estremecimiento: ¿Cómo fue esto posible?
Tomasz Kinzy, en otro libro también llamado Gulag (ed. Galaxia Gutenberg), reúne un amplio testimonio fotográfico de la existencia de estos campos de concentración soviéticos, que se mantuvieron en secreto mejor que los alemanes. Y aporta una clave fundamental: la actitud servil que se unió, en la mentalidad del pueblo soviético, a los principios revolucionarios. Asusta la colaboración al horror de la sociedad soviética. Archipiélago Gulag, al igual que Vida y Destino, de Grossman, o el reciente Lo que no puedo olvidar de Anna Larina (ambos en ed. Galaxia Gutenberg), reflejan el ambiente de sospecha que se impuso por las denuncias contra los enemigos del pueblo, entre vecinos, amigos y conocidos. Esta dinámica de traición acrecentó el terror, que el Estado nunca antes había usado con tanta habilidad para sus fines.
Los Relatos de Kolimá (Shalámov, ed. Minúscula) ilustran la contradicción de un sistema creado para la destrucción del hombre, porque, inevitablemente, son hombres los implicados en la confección de dicho sistema. Y en una línea más testimonial se encuentran En tierra inhumana (ed. Acantilado), en el que Jósef Czapski cuenta su reclusión en el campo de Starobiellsk y su búsqueda de los oficiales polacos desaparecidos tras la invasión soviética; y Mi siglo (ed. Acantilado), libro de memorias del poeta polaco Alexander Watt, que define el comunismo como un fenómeno que resume todas las aberraciones del siglo XX.
Pero el gulag también dejó huecos para destellos de humanidad. Tal es la experiencia de Esther Hautzig, quien narra, en La estepa infinita (Salamandra), su deportación de niña a Siberia, y escribió un relato acerca de cómo salir adelante en las peores condiciones. En El esbirro (ed. Palabra), Sergei Kourdakov cuenta cómo fue reclutado por el KGB para perseguir a los cristianos que se reunían clandestinamente para vivir su fe, y cómo vivió el don de la conversión. La posibilidad de hacer un camino humano en un sistema inhumano abre una nueva perspectiva sobre la libertad de quien no se resigna a la injusticia y al mal cuando parecen invencibles.
Caty Roa
J. L. V. Díaz-Mayordomo