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Teatro
La Tempestad

No es que me halle en la orilla de los que odian las adaptaciones modernas de los clásicos, nada de eso; sólo que los clásicos llevan en su pecho una perennidad, cuyo contenido tanto vale para su tiempo como para el nuestro. A Romeo y Julieta no les hace falta un disfraz posmoderno para hablarnos del amor, de su desdicha y su drama. Estuve, la pasada semana, en la versión de la compañía Teatro Defondo de La Tempestad, de Shakespeare, una de las obras más interesantes del inglés, la que fuera su último trabajo. Próspero, duque de Milán, es despojado del poder por su hermano Antonio. Condenado a librar una dura batalla por la supervivencia, es arrojado en una barca al mar con su hija, Miranda. Próspero desembarca en una isla desierta a la que había sido desterrada la hechicera Sycorax. Gracias a sus artes mágicas, ya que Próspero siente «éxtasis por las ciencias de lo oculto», libera a varios espíritus aprisionados por la maga, entre ellos a Ariel, y los somete a sus órdenes. Tiene ahora a su servicio al hijo de la hechicera, Calibán. Debido a su conocimiento de lo paranormal, Próspero provoca una tempestad sobre el barco en el que viajan sus antiguos enemigos que, aturdidos, deambulan como robinsones en esta isla mágica.
Lo memorable de La Tempestad es que Próspero trueca su venganza en perdón. Rechaza la magia de la que hacía gala durante su estancia en la isla. El destino, el famoso fatum pagano, del que uno no puede escaparse, se convierte en libertad. Y toda la parafernalia mitológica que hace acto de presencia en la isla en la presencia de las virtudes cristianas que rodean al compromiso matrimonial. El consejo de Próspero a su hija Miranda, para que no se entregue aún a su enamorado, antes del matrimonio, es de una fuerza extraordinaria: «Mira que seas constante. Sujeta firme la rienda de tus apetitos. Recuerda que las promesas más fuertes son paja para el fuego interior. ¡Resiste!, o di: ¡Buenas noches, juramentos!» Y todo esto es obviado en la versión de Defondo. Una lástima, porque una operación de tijera tan inconsciente deja en el escenario a dos enamorados adolescentes, con la sensibilidad de un concursante de Gran Hermano. Decía el Kun Agüero que al Atleti algo le pasa en la cabeza; ¿por qué a las adaptaciones de las grandes obras les ocurre algo similar?
Javier Alonso Sandoica
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