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Sólo Dios derriba los muros
Dos imágenes de la caída del Muro de Berlín
«El comunismo como sistema, en cierto sentido, se ha caído solo. Se ha caído como consecuencia de sus propios errores y abusos. Ha demostrado ser una medicina más dañosa que la enfermedad misma. No ha llevado a cabo una verdadera reforma social, a pesar de haberse convertido para todo el mundo en una poderosa amenaza y en un reto. Pero se ha caído solo, por su propia debilidad interna»: así lo dejó escrito, en Cruzando el umbral de la esperanza, Juan Pablo II, quien lo sufrió y lo conoció como nadie, quien con toda la fuerza de la verdad, sin violencia alguna, cooperó en primerísimo lugar a la caída del Muro de Berlín, de la que ahora se cumplen veinte años. Anteriormente, en su encíclica Centesimus annus, de 1991, ya dejó claro el porqué de este derrumbe: «El error fundamental del socialismo es de carácter antropológico», como en definitiva el no menos terrible error de la actual dictadura del relativismo. «El hombre -continúa el Papa- queda reducido a una serie de relaciones sociales, desapareciendo el concepto de persona como sujeto autónomo de decisión moral, que es quien edifica el orden social, mediante tal decisión». Y a la raíz de todo: la negación de Dios, que «priva de su fundamento a la persona y, consiguientemente, la induce a organizar el orden social prescindiendo de la dignidad y responsabilidad de la persona».
Nadie como Juan Pablo II, ciertamente, ha desenmascarado tan hasta el fondo la falsedad, con sus letales consecuencias, no ya del marxismo, sino de todo sistema que trata de construir el mundo de espaldas a Dios; más aún: enfrentado contra Él. Y a nadie con los ojos abiertos se le escapa que tal enfrentamiento no se daba sólo al otro lado del Muro. La persecución hoy, con todas las sutilezas que se quiera -y en tal caso quizás su peligro es mayor-, a la Presencia de Dios en el mundo que es la Iglesia de Cristo pone en evidencia a tantos otros muros levantados igualmente con el desprecio a la dignidad de toda vida humana, desde la concepción, hasta su muerte natural. Sólo Dios los hace caer. El anuncio de la acogida, en la Iglesia católica, a los cientos de miles de fieles de la Comunión Anglicana Tradicional, lo es también de nuevas caídas de muros. Éstos tardarán más o menos en caer, pero el camino es el mismo de la fuerza de la verdad que movía a Juan Pablo II.
Poco antes del citado anuncio, durante su reciente Visita a la República Checa, a los veinte años de la caída del Muro, precisamente en el encuentro ecuménico, Benedicto XVI decía: «En este período, los cristianos se han unido a otros hombres de buena voluntad para ayudar a reconstruir un orden político justo, y siguen comprometidos en el diálogo para abrir nuevos caminos. A pesar de ello, están emergiendo, con formas nuevas, algunos intentos de marginar el influjo del cristianismo en la vida pública, a veces bajo el pretexto de que sus enseñanzas son perjudiciales para el bienestar de la sociedad». Ante tamaña falsedad, el Papa no dejaba de marcar el Camino: «Los cristianos tienen el deber de unirse a otros para recordar a Europa sus raíces».

Vale la pena recordar este otro pasaje de la encíclica Centesimus annus: «La solución marxista ha fracasado, pero permanecen en el mundo fenómenos de marginación y explotación, especialmente en el tercer mundo, así como fenómenos de alienación humana, especialmente en los países más avanzados. El fracaso del sistema comunista en tantos países elimina ciertamente un obstáculo a la hora de afrontar de manera adecuada y realista estos problemas; pero eso no basta para resolverlos. Es más, existe el riesgo de que se difunda una ideología radical de tipo capitalista, que rechaza incluso el tomarlos en consideración, porque a priori considera condenado al fracaso todo intento de afrontarlos y, de forma fideísta, confía su solución al libre desarrollo de las fuerzas de mercado». Casi dos décadas después, Benedicto XVI se hace perfecto eco de este análisis de su antecesor, en su Visita a Praga, hace poco más de un mes: «¿Qué es más inhumano y destructivo que el cinismo que quisiera negar la grandeza de nuestra búsqueda de la verdad, y que el relativismo que corroe los valores mismos que sostienen la construcción de un mundo unido y fraterno?»
A los veinte años de la caída del Muro, siguen resonando con fuerza las palabras de Juan Pablo II en la encíclica Centesimus annus: «El marxismo había prometido desenraizar del corazón humano la necesidad de Dios; pero los resultados han demostrado que no es posible lograrlo sin trastocar ese mismo corazón». Ciertamente, sólo Dios puede derribar los muros.
Convenios
Tengo en mis manos un convenio de colaboración entre la Federación estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales, y la Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres de Alumnos (CEAPA), firmado en Madrid, el 8 de octubre del año en curso. No está mal la colaboración en forma de convenios. Lo que llama la atención es lo que ambas entidades exponen como principios, pues hablan de unos temas en los que parece que hay un absoluto consenso en la sociedad española. Claro está que todos los españoles han de ser equiparados en sus derechos civiles, y es bueno erradicar todo comportamiento discriminatorio y sexista de la escuela; pero todos; también los que juzgan que, si muchos millones de ciudadanos no están de acuerdo con una ley, éstos son reaccionarios y anticonstitucionales. La ideología de género es algo que en la sociedad española ha sido programado para que sean aceptados sus postulados porque sí, porque es progresista y científico. Y hay muchos millones de españoles que no estamos de acuerdo con esa visión del hombre y la mujer. Tampoco estamos de acuerdo con que se llame matrimonio a la unión afectiva de personas del mismo sexo, pese a haber sido votado por el Parlamento. ¿No somos por ello democráticos? ¿Acaso somos homófobos? En absoluto. No queremos discriminar, pero tampoco que se nos discrimine. Este convenio expone que «hay que impulsar la educación afectivo-sexual en los centros educativos, ya que en la actualidad apenas se imparten». ¿Qué tipo de educación afectivo-sexual? ¿La que, por desgracia, impulsan algunos funcionarios de Consejerías hartamente discutidas y reduccionistas? Ya conocemos esa deseducación afectivo-sexual que está en la base de un concepto de hombre y mujer muy discutido, y que no tiene por qué ser única y discriminatoria. ¿Qué se esconde detrás de la frase «que los centros educativos deben educar a los menores (...) con diversos recursos sobre la orientación sexual»?
+ Braulio Rodríguez Plaza
arzobispo de Toledo