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Un instante no puede contra la eternidad

La tentación sólo cabe en un instante. El segundo que deba venir después de la ansiada recompensa ya no importa. Castigo y condena no existen para el insensato, que corre hacia su propia ruina.
Hoy los insensatos se cuentan por millones. No hay novedad en que la lujuria eche a perder a un hombre. La peculiaridad de nuestra época es que la imposibilidad de resistirse a ese impulso sea asumida por la generalidad. Se presupone a los demás incapaces de ver más allá del instante tentador del orgasmo: porque las adolescentes no son más que tormentas de hormonas; porque la voluntad es quebradiza y no es posible la fidelidad... El drama que viene después pertenece ya a un futuro demasiado lejano: la sensación de vacío de la chica que, una vez más, se despierta en cama ajena; la infinita tristeza de quien creía haber conquistado su libertad, y descubre que sólo es un desgraciado infeliz; los niños privados de padre y los niños privados del derecho a nacer; la culpa, los remordimientos...
El enemigo gana batallas a miles, pese a jugar en total desventaja. Contra toda la eternidad, sólo puede ofrecer un instante. Sabe que tiene la guerra perdida, pero su entrega es tal, que convence a millones de que el feo y sucio aborto es un avance social, y, puesto ya en faena, se permite exhibiciones como transformar ante nuestras narices la fiesta de Todos los Santos -de todos los bellos y resplandecientes santos- en una especie de celebración de todos los pobres diablillos y almas condenadas del infierno.
Pero en la medida en que se hace la oscuridad, la luz llega al mundo con más fuerza. Conviene no celebrarlo, porque la causa del apagón no es otra que el que haya hoy menos hombres en estado de gracia. Nada puede contra ellos. Nadie deja de sentirse interpelado por su testimonio de una vida superior.
Ricardo Benjumea
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid