Alfa y Omega > Nº 662 > Testimonio
Misioneros desde el cole
Cada vez son más los colegios que buscan, no sólo la formación y la excelencia académica de los alumnos, sino que también éstos mismos, o antiguos alumnos, reciban una formación integral en la fe y en los valores de ayuda y socorro al más desfavorecido. En estos dos testimonios podemos ver la experiencia en África y Europa del Este

El verano pasado, la Superiora General de la Compañía del Salvador tuvo conocimiento de la experiencia misionera vivida por un grupo de jóvenes pertenecientes a Fundebe (Fundación para el Desarrollo de Benín), y a la parroquia Bautismo del Señor, de Madrid, en aquellas tierras africanas. Movida por estas experiencias, comenzó a dibujar en su cabeza el perfil de una idea: organizar la posibilidad de que un grupo de alumnas del colegio Mater Salvatoris,de Madrid,entren en contacto y conozcan la cruda realidad del África subsahariana. Encomienda la misión a la Madre Clara, quien se pone manos a la obra, y la idea toma cuerpo y forma: un grupo de veintiséis parten, varios días antes de la celebración de Nuestra Señora del Carmen, hacia Benín.
¡Qué gran diferencia con el África que uno cree conocer desde España a través de los periódicos y de la televisión, sobre guerras, enfrentamientos, catástrofes naturales, hambre, miseria, sequía, corrupción, etc.! Es verdad que eso es África, mas a día de hoy no soy la única que afirma que la otra cara del continente africano es la de una naturaleza salvaje, la de miles de diferentes dialectos, la de olores intensos y no del todo agradables, la de miradas expresivas cargadas de significado, la de sonrisas y carcajadas infantiles, la de partidos de fútbol informales, la del regateo; el África de familias numerosas, de madres trabajadoras, de condiciones precarias de vida y ganas de luchar por sobrevivir, de caos circulatorio y contaminación. Pero, sobre todo y por encima de todo, el África de la esperanza, del color verde de los árboles durante la estación de lluvias; un continente donde trabajan personas extraordinarias, misioneros empapados de la gracia de Dios.
Tuvimos la enorme suerte de poder entablar conversación con varios de estos misioneros: sor Encarna, sor Julia, sor Cristina y algunos capuchinos. Durante estas tres semanas, el Señor ha puesto en nuestro camino grandes testimonios de vidas dedicadas a los más necesitados, a través de la educación (dominicas de la Anunciata), de la prestación de servicios hospitalarios (Hermanos de San Juan de Dios), etc.
Asimismo, hemos entablado una profunda amistad con las Hermanas Misioneras de la Caridad, del orfanato que tienen en Cotonou. Hemos podido meditar, y dejar que lo que Dios iba comunicando a través de ellas, reposase y enraizase en el corazón, disfrutando de la compañía del Señor expuesto en el Santísimo de su sencilla pero acogedora capilla presidida por un Cristo de madera que invitaba a saciar su Sed de nosotras.
Finalizo con unas palabras de agradecimiento al colegio Mater Salvatoris y a la Compañía del Salvador. Aunque por encima de todo, y como es de bien nacidos el ser agradecidos, es al Señor a quien hay que darle las gracias por habernos elegido, con nuestras miserias y torpeza, para salir a nuestro encuentro en Benín.
Fátima Tornero Lora-Tamayo
Voluntariado cultural en Kazajstán
El Santo Padre nos ha regalado la encíclica Caritas in veritate, con un mensaje tan apasionante, que enseguida quisimos ponerle patas. Durante el pasado mes de agosto, Inma, Natalia, Kika, María, Cristina, Analisa, Lucía y Ana, ocho jóvenes de la Asociación de Antiguas Alumnas del colegio Senara, de Madrid, pusimos en marcha el proyecto Kazajstán 2009 con la ayuda de algunas entidades y de muchos particulares.
Kazajstán (ex república socialista) es uno de esos países desconocidos para muchos. Con unas pocas clases de ruso y una gran ilusión nos fuimos a desarrollar un voluntariado cultural. Nuestro proyecto tuvo lugar en el club Irtysh, que está promovido por personas del Opus Dei, y se ubica en Almaty una de las ciudades más grandes de Kazajstán después de la capital, Astaná. Empezamos impartiendo clases de español, porque aunque resulte increíble allí les encanta aprender nuestra lengua. En mayo y junio, aunque estábamos de exámenes finales, planificamos y preparamos durante horas nuestras sesiones, así que todo estaba bien atado. A las clases de español le siguieron las de cocina (no sé cuál de las dos tuvo más éxito), y a las de cocina unos interesantísimos seminarios que preparamos con temas de actualidad. Y se nos pasaban las tardes hablando, filosofando, debatiendo, buscando pros y contras, con la esperanza de que, por encima del país de origen y de las diferentes creencias, estaba nuestra naturaleza humana, y antes o después encontraríamos ese punto de unión, esa explicación que fuera inteligible a todos: universal. Y el miedo a hacer daño a alguien que no tuviera nuestras creencias, o el temor a que nuestras palabras se interpretaran con cierto aire de intolerancia, de pronto se esfumó. Porque Kazajstán es un país modelo y ejemplo de convivencia y respeto para Occidente, en el que musulmanes, ortodoxos, protestantes y unos pocos católicos comparten su día a día pacíficamente, entremezclados entre las más de 130 etnias en un país de 17 millones de habitantes. Cuando alguien todavía pregunta para qué fuimos a Kazajstán, respondemos: A querer a los kazajos. Los quisimos desde el día que nació el proyecto, cuando compartíamos con ellos el tranvía o cuando explicábamos el pretérito perfecto simple; y los queremos ahora; eso es precisamente un voluntariado: querer, como nos dijo el Papa en su encíclica.
Ana Rivera
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid